patosa
Relaciones

Soy muy patosa

Qué tontería esa. Qué tontería. Como si sentir sólo sea válido si es en la dirección correcta.

La vulnerabilidad está infravalorada. Cuando nos ponemos en “peligro”, nos arriesgamos y- ¿quién se atreverá a decir que no?- nos hacemos daño. Pero sufrir es como arrancarnos un trozo de piel.

Yo soy muy patosa, físicamente y emocionalmente hablando. Me hago daño. Siempre me hago daño. Me hago daño porque mis movimientos son bruscos. Mis movimientos son bruscos porque camino rápido. Camino rápido porque tengo claro qué es lo que quiero, y corro. Corro para llegar pronto. Y, a veces, me encuentro con una puerta entrecerrada. No bajo la velocidad: miro hacia delante. Con una sonrisa de idiota. Me engancho con el pestillo. Y me hago daño.

Luego me siento en unas escaleras, repaso la herida y me veo bien. Todo porque llegué a tiempo. Dañada, pero llegué, a fin y al cabo.

Mis brazos siempre están llenos de moretones. Mi corazón, de cicatrices. Mi cara, de recuerdos. Mis labios de “no ha podido ser”. Malditos labios. Siempre tan cortados de morderlos. Por la emoción. Por la incertidumbre. Por el dolor. Y por el placer.

La vulnerabilidad está infravalorada. Cada día lo tengo más claro.

Endiosamos a los de la cáscara dura. A los que son fieles a sí mismos (y, a veces, tan infieles a los demás). A los cuidadosos. A lo que practican el olvido. A los que aprenden a pasar página. A los racionales. A los que saben lo que buscan y encuentran lo que saben. ¡Qué tontería esa! Qué tontería. Como si sentir sólo sea válido si es en la dirección correcta.

Sentir en la dirección indicada es ensayar. No es sentir.

No echo de menos a mis veinte: esos juegos de quién llama a quién; esas inseguridades en forma de intentos; esos abrazos intencionados; esos tacones para impresionar; esos cuerpos perfectos e incultos; esos besos pensado en qué vendría después; esos hombros de hombres y esos corazones de niños; esas promesas aprendidas delante de un espejo; esos “qué dirán”; esos “te follo pero soy libre y necesito aclarártelo”.

No. No los echo de menos.

No echo en falta esos inicios pretensiosos de los treinta: esas búsquedas de lo intelectual como parte de autoafirmación; esas citas “de verdad”; esas miles de historias escondidas; esas noches demostrativas; esos libros que nadie lee; esos besos sin pasión pero en un piso en propiedad; esa música de vinilos; esos contactos que te llevarán a donde quieres estar; esas sonrisas distraídas; esos ejercicios para el alma (y, de paso, para el cuerpo); esos vinos de más; esos planes que corren prisa y las despedidas sin razón.

No. No los echo en falta.

La vulnerabilidad está infravalorada. Pasamos tantos años ensayando la vida que queremos tener que nos olvidamos de olvidar de las normas. De lo correcto. De no hacernos daño.

Yo me hago mucho daño y no tiene nada que ver con autolesionarse. Yo corro. Yo intento de pasar por la puerta entrecerrada. Yo me arranco la piel.

Pero lo hago con sonrisa. Porque he aprendido que aunque las cicatrices tengan una piel más fina, ésta resulta más bonita. Más blanca. Más pura. Más virgen.

La vulnerabilidad está infravalorada (no sé si te lo había dicho).

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Alena KHPor
Alena KH

La palabra “ex” me ha acompañado durante gran parte de mi vida. Soy la ex-soviética, la ex-esposa, la ex-bailarina.

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  1. Avatar de Ronronia AdramelekRonronia Adramelek

    Voy a contarte un secreto. Es algo que he descubierto ya de muy mayor. Bueno, lo cierto es que lo he aprendido observando al montañés, que parece que nació ya psicoanalizado: a la gente le gusta ayudar, dar, serte útiles y, sin embargo, hay poquísima gente que sepa aceptar con alegría un regalo sin tratar de corresponder enseguida, siempre demasiado rápido. Como si necesitaran equilibrar la balanza con demasiadas prisas.

    Yo hacía eso también. Ante un regalo que me encantaba, empezaba a buscar algo con lo que corresponder. ¿Me invitas a cenar en tu casa? Te llevo algo caro. Siempre “a la próxima pago yo”. Y un día su hermano nos hizo un regalo hermoso que se veía que era pensando en mí también y mi máquina de devolver se puso en marcha, y el me dijo: si te gusta, acéptalo y ya está. No le quites mérito y belleza tratando de equipararlo. Lo más generoso que puedes hacer para agradecer es quedar en deuda, pero la gente no sabe porque les hace sentir vulnerables.

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