Y-ahora-que
Relaciones

¿Y ahora qué?

A veces te ve triste e intenta abrir tus cajones con sus llaves, averiguando cuál es la correcta. Unos días le sale bien. Otros no. Y se frustra.

¿A ahora qué?

Dices que estás muy bien sola. Hace tiempo que te habías acostumbrado a solucionar tus cosas por ti misma, sin contar con la ayuda de nadie. A llorar en tu propia cama cuando algo no salía bien. A celebrar tus victorias y aprender de tus propios fracasos. Te había costado años volver a ser íntegra: con cada recuerdo en su archivo, con cada archivo en su cajón, con todos los cajones con su propia llave y con todas las llaves en tu bolsillo.

Hace tiempo que ya no confundes las llaves y cuando metes la mano en el bolsillo, sacas la correcta.

Pero un día- un precioso y soleado día- las cosas cambian. Una mañana te despiertas sin ningún presentimiento. Compruebas, antes de salir de casa, que el pesado llavero sigue en su sitio, sales a la calle y, doce horas más tarde, tus manos ya están temblando. No puedes abrir ni un solo cajón porque no consigues distinguir una llave de la otra. Pero ÉL te echa una mano:

- Creo que es ésta. Yo tengo una igual, mira- te dice sonriendo. Y te enamoras. De ÉL, de su sonrisa, de sus seguras manos y de su juego de llaves.

¿Y ahora qué?

Tú lo tienes muy claro: éstas puertas las abrimos los dos, pero otras tantas tienes que seguir abriéndolas por ti sola. Es la única manera de que no pierdas el control ante la situación. Cada noche os amáis con más intensidad que la anterior: experimentáis, disfrutáis, tembláis, os abrazáis y no importa nada más. Todo lo demás carece de sentido. Lo que hay ahí fuera ya no es relevante. Habías leído en algún lado eso de que “el amor es la única cosa que al dividirla en dos, se multiplica”. Y el vuestro se reproduce con velocidades sorprendentes.

- ¿Sabes qué?

- ¿?

- Te quiero.

Juntáis los llaveros.

¿Y ahora qué?

Eres feliz. Sois felices. Compráis muebles, adoptáis mascotas, compartís espacios, os mostráis vuestras estanterías llenas de libros y repletas de polvo, y estornudáis al unísono. Los limpiáis uno por uno, os pica la nariz, tiráis a la basura los que ya aprendisteis de memoria y compráis unos nuevos. A veces, a medianoche, bajáis a la calle para recuperar algunos de ellos. Os arrepentís, os reís, os ponéis tristes y os abrazáis.

Un día de invierno decidís que aquel juego de llaves conjunto no es suficiente. Y encargáis un duplicado. Desde entonces tú tienes la tuya y ÉL la suya. Tu bolsillo pesa el doble. El suyo también.

¿A ahora qué?

A veces te ve triste e intenta abrir tus cajones con sus llaves, averiguando cuál es la correcta. Unos días le sale bien. Otros no. Y se frustra. Tú haces exactamente lo mismo, sin siquiera parar a pensar si es lo que quieres, si es lo que ÉL quiere. Algunas veces fuerzas la madera y lo rompes. Le pides disculpas y haces lo posible para arreglarlo.

Pero llega un día en el que te das cuenta de que ÉL tiene una afición que desconocías y la que no compartes: ÉL bebe y coge el coche borracho. Le divierte. El riesgo le llena de adrenalina y le hace sentirse más vivo. Cada vez que empieza a beber, coge ambos juegos de llaves y los esconde. Al salir, te encierra en tu casa- en vuestra casa- y se marcha para conducir. Tú lloras, le pides que no lo haga, pero no sirve de nada. Entonces buscas una caja de cerillas y enciendes vuestro hogar. ÉL, cuando vuelve, ve el humo y corre a salvarte. Meses más tarde se le ocurre llevarse las cerillas con él.

¿Y ahora qué?

 - ¿Cuándo vas a dejar de beber?

- Cuando algo bueno suceda.

- ¿ Y si no sucede hasta el año que viene? ¿Y si sucede en dos años? ¿Y si no sucede nunca? ¿Y si te estampas con el coche?

- Me estamparé varias veces, tenlo por seguro. Pero te tengo a ti y me ayudarás. ¿Me ayudarás?

- Te ayudaré-  le dices. Pero no quieres imaginártelo. – Ten cuidado. En el peor de los casos podrías matar a alguien, ¿sabes?

- Lo sé- responde y te besa.

¿Y ahora qué?

Aquel día decides irte a la casa de campo por un tiempo.

- Yo te llevo, te dice.

- ¿Vas sobrio?

- Ya no bebo más.

Llegáis al destino. Abres el maletero para recoger la pequeña bolsa con las cuatro cosas que vas a necesitar para pasar unos días fuera de casa. Miles de botellas de whisky vacías y otras por vaciar llenan el maletero entero. Lo cierras sin decirle nada. Le das un beso y te marchas.

ÉL arranca el coche, le da al gas y se estampa contra la primer obstáculo que encuentra en su camino. Corres hacia ÉL para ayudarle.

- Creo que me he roto las piernas-  te dice llorando.

Te giras. Sabes que ÉL es la persona a la que más quieres en esta vida.

- No te vayas, por favor-  te suplica.- No puedo salir del coche. No me dejes.

Suspiras.

- Tendrás que aprender a caminar con las piernas rotas-  le respondes y lo dejas allí.

¿Y ahora qué?

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Abandono  Amor  Tristeza  

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Alena KHPor
Alena KH

La palabra “ex” me ha acompañado durante gran parte de mi vida. Soy la ex-soviética, la ex-esposa, la ex-bailarina.

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“Un día te toca aprender a caminar con las piernas rotas.”

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