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Relaciones

Whitney Houston y el mal de aquellos que escriben. Y aquellos que no

Las mejores canciones, los libros más míticos y las pinturas más célebres hablar de dolor.

Si un viernes cualquiera llamas por teléfono a partir de las cinco, no responderá nadie. De hecho, te saldrá directamente el mensaje automático del servicio de noche. Si miras a través del balcón desde la calle, tampoco verás las luces encendidas en el interior. ¿Los ordenadores? Apagados. El fin de semana ha comenzado y nadie en su sano juicio se quedaría anclado a su escritorio de manera voluntaria. O casi nadie.

Y es que, contrario a lo que todos piensan, sigue habiendo vida en esta oficina. Mientras escucho por encima de la música de fondo el sonido de la máquina filtrando el café desde la cocina, me asomo a través del cristal de la ventana y me pierdo en los tonos anaranjados que van tiñendo el cielo e iluminando, tímidamente y con escasez, la estancia. Y pienso: qué a gusto estoy y qué paz siento ahora mismo.

Ay, pero todos sabemos lo poco que duran siempre esos instantes de felicidad.

En cuanto desvío la mirada de la ventana y la devuelvo a la pantalla del ordenador, mi paz se ve interrumpida de repente. Ahí está, esperándome impasible. Dispuesto a perturbarme y recordarme qué he venido a hacer realmente. Tirando de prosopopeya, noto cómo la mirada de ese folio en blanco se clava en mi rostro sin parpadear.

Y, casualidad o no, el modo de reproducción aleatoria de Spotify decide que es el momento ideal para que empiece a sonar I didn’t know my own strength, de Whitney Houston.

Já, la música. Esa es otra que se las gasta con cuidado. Incapaz de escribir más de dos palabras seguidas, decido prolongar un rato más mi dispersión mental y escuchar- que no sólo oír- lo que está cantándome Whitney. Y boom, de repente ahí lo tengo.

Al igual que ella, perdemos el contacto con nuestra alma. Me da igual lo que digan Paulo Coelho y el resto de la gente, yo soy de la opinión que el ser humano es trágico y pesimista por naturaleza. Lo que pasa es que hay personas que luchan contra esa condición y otras que no.

Admitámoslo: nos encanta abrazarnos a nuestros sentimientos de miedo, inseguridad y tristeza. Muy en el fondo, encontramos cierto morbo y fascinación en sentirnos hundidos, aislados e incomprendidos porque, curiosamente, son esos y no otros los estados que mayor fuerza tienen, que ejercen de motor de búsqueda de nuestra felicidad y que más verdad sacan a relucir de nosotros. Pensadlo: las mejores canciones, los libros más míticos y las pinturas más célebres no hablan de felicidad. Hablan de dolor, de incertidumbre. Hablan de una verdad tan atroz que causa estupor tanto para el que la libera como para el que la percibe. Y es que tiene lógica: una persona feliz no es una persona con afán de crear, tampoco de investigar. ¿Investigar para qué, para ir dónde? Soy feliz aquí, tal cual; no necesito ir a otra parte ni estar haciendo otra cosa que no sea precisamente lo que estoy haciendo ahora mismo. La felicidad te proporciona otras cosas, también muy válidas, pero no ese empuje necesario para dar tu próximo gran salto.

Por todo ello, nos encantan esos momentos de sombras siniestras. Y no sólo nos encantan, sino que también los necesitamos. Sin excepciones. Aferrarse a ellos está bien, ¡claro que sí! Excepto cuando pierdes la capacidad analítica de ver su funcionalidad: esa oscuridad que los caracteriza ha de ser lo que te lleve a querer perseguir la claridad, no lo que te impida verla. Y aquí es donde viene la parte importante del artículo, léeme con atención:

Eres real, eres válido y, por encima de todas las cosas, eres suficiente. Y créeme, conforme escribo estas líneas me siento el mayor hipócrita del mundo intentando persuadirte de algo en lo que ni siquiera yo mismo creo, pero tenemos que hacer un esfuerzo. A ver dime, ¿qué otra opción tenemos si no? Basta ya, joderostia. Dicho así todo junto, joderostia.

Basta de esa presión que te encoge el pecho cuando sientes que no estás a la altura (¿a la altura de qué? ¿De quién? Y ya que estamos preguntando, ¿qué fue primero, el huevo o la gallina?), de esa impotencia que te inunda cuando crees que podrías haberlo hecho mejor. ¿Podrías? Quizás sí, quién sabe. Pero lo has hecho como has podido dadas tus circunstancias; has sobrevivido “de aquella manera”, como diría mi madre. Y cualquier frase que lleve incluida la palabra y el acto de sobrevivir no sólo es suficiente, sino que es más que de sobra.

Fácil de decir, difícil de hacer, ¿no es cierto? No te preocupes. No necesitas creerme. Tampoco necesitas creerte todo lo que te he contado sobre ti, para eso ya hay otra gente en tu vida. De hecho, es hasta preferible que no lo hagas: así seguirás luchando por hacerlo. Y como dice Whitney en su letra- vale, sí…reconozco que no es el mejor ejemplo teniendo en cuenta que recayó en las drogas y terminó muriendo de sobredosis, pero no por ello el mensaje es menos potente-, “I didn’t know my own strength and I crashed down, and I tumbled. But I did not crumble. I got through all the pain. I didn’t know my own strength”.

Este es mi particular homenaje a Whitney, a los que como yo conocen de cerca el síndrome del folio en blanco y, en general, a todos aquellos que no conocen su propia fuerza. Y es que yo soy como Céline Dion- otra grande-, que en los conciertos dice “esta próxima canción quiero dedicársela a todos los padres que haya entre el público…y también a los hijos”. Vamos, a todo el puto mundo, Céline.

Pero chico, así somos la Dion y yo; no nos gusta excluir a nadie.

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Dave SantlemanPor
Dave Santleman

Diseñador de moda y estilista. Andaluz, pero trotamundos. Habré tocado techo cuando me propongan rodar el anuncio de Navidad de Canal Sur.

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