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Cosas que pasan

Veinte años no son nada

Veinte años después le escribo a ese chico de diecisiete años y le digo que no se preocupe por nada.

Hace unos días me cambié de habitación en el piso donde vivo. Un cambio que me ha servido para hacer balance de la cantidad de porquería que he ido acumulando en estos últimos cinco años, y así deshacerme de ella.

Entradas de cine, tickets de compra, tarjetas de sitios a los que no he vuelto a ir, revistas, velas, cajas que crees que vas a encontrarles un uso, medicamentos caducados y un largo etcétera de cosas que han ido desfilando hasta el contenedor de la basura.

Entre todas esas cosas, una maravilla: mi mochila roída del instituto con dos de las carpetas que usé allá por el año 1995, cuando era un rebelde respondón que se creía el rey del mundo porque era el único de la clase que había leído a Kafka, Joyce y Shakespeare. El típico enterado que alquiló todas las películas que tenían en el videoclub que había al lado de su casa y que decidió un día dedicarle unas horas a usar dos reproductores VHS para montar Pulp Fiction en riguroso orden. Ese tipo era yo. Esa clase de adolescente fanático de los Hermanos Marx que recitaba Miguel Hernández a ritmo de Serrat, mientras dedicaba horas a escribir historias que no valían absolutamente nada, solo por el placer de hacerlo.

Al abrir una de las carpetas, viajé en el tiempo de una manera increíble porque entre los deberes de geografía encontré unas libretas y unas cartas que nos escribimos mi primera novia y yo. El funcionamiento era muy sencillo: yo escribía algo y le entregaba la libreta, ella me contestaba al día siguiente y así sucesivamente. En ella hablábamos de lo que esperábamos de la vida, de los libros que nos gustaban, de sexo, del aburrimiento, del futuro, de nuestros padres y básicamente de todos los dolores de cabeza que podían tener dos adolescentes de diecisiete años que vivían en un mundo en el que no existía internet.

Volver a tener la palpitación en el pecho de ver ese sobre rosa con mi nombre es algo que no esperas casi veinte años después. Tampoco esperas encontrarte con ese ‘yo’ que escribía en una libreta como si el mundo fuera tan pequeño que comérselo iba a ser una tarea de lo más fácil. ¡Valiente iluso!

Devoré cada palabra que ella me dedicaba, inmerso ahora en el mundo atormentado en el que vivíamos entonces metidos en dos cuerpos indomables superados por el drama, la pasión, el odio, el aburrimiento y la nostalgia.

Existía una libreta, que no he logrado encontrar, en la que le escribía sobre cómo había sido estar por primera vez con ella, abrumado por ese primer contacto con su cuerpo desnudo y esa curiosa sensación de sentirte desbordado por tantas cosas que suceden de repente en un pequeño espacio de tiempo. Esa hermosa sensación juvenil de sentir que el corazón anda a un paso de estallar por completo. Esa perfecta y bella torpeza adolescente.

Un par de cartas perfumadas dentro de una de las libretas llevan en su interior una dulce ruptura. En una de ellas hay poemas que me transportan a ese momento de separar caminos y decidir que lo mejor que podía hacer ese adolescente era guardar la carpeta, cerrar la cartera roída y así volverla a abrir en 2015.

«Si fuesen míos los paños bordados en los cielos,
tejidos con luz de oro y plata,
los paños azules, sombríos y oscuros
de la noche, la luz y el crepúsculo,
a tus pies los tendería.
Pero pobre, cuento sólo con mis sueños.
A tus pies los he tendido.
Pisa con tiento porque pisas mis sueños.»

William Butler Yeats

Veinte años después le escribo a ese chico de diecisiete años y le digo que no se preocupe por nada. Que la vida le dará palos tremendos, pero también le regalará momentos inolvidables. Que esa libreta que escribió de puño y letra esconde la esencia de lo puro de este viaje y que seguirá siendo el niño que latía detrás de cada una de las palabras que su primera novia le dedicó. Y le pido que siga escribiendo, que nunca pierda las ganas de explicar historias. Y que aunque pasen los años, nunca se haga mayor.

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6 comentarios

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6 COMENTARIOS

  1. Avatar de KK

    Cada vez que vuelvo a casa de mi madre, me tomo una tarde libre para releer esos diarios que mantuve durante varios años cuando adolescente. En ese caso, nunca deja de sorprenderme como las notas, el contenido y la forma de escritura, iban evolucionando con el paso de los años (20032-2008 aprox) y como de repente un dia, asi sin mas, simplemente deje de escribir.
    Creo que deberia empezar un diario. (o mejor dicho a rellenar el que tengo como debe ser)
    :)

  2. Avatar de María Joséanonymous

    Abres la cápsula del tiempo y me llevas de nuevo a los besos en la puerta del instituto, a tardes de playa, a películas de Tarantino y a mi odio por el fútbol; a aquel día en Calafell, a Serrat, a Miguel Hernández, a Alanis Morissette, a los K7 de Nirvana que me grabaste…A tu letra, rara como tú.
    Gracias por conservar una parte de mí. Gracias por traerla de vuelta de vez en cuando.
    Veinte años no son nada: sigues haciéndome sonreír con lo que escribes tal y como hacías entonces.
    Beso. Nos vemos pronto.

  3. Avatar de Albaanonymous

    Me acuerdo con mucho cariño de ese rebelde respondón con el que me escribía notitas en clase para acelerar las horas (sobretodo de las clases del pesado de geografia), compartiendo pensamientos e intentando arreglar el mundo. Me gustaba exprimirme el cerebro con ese chico raro e interesante. Seguro que todavía conservo alguna en casa de mi madre, tendré que buscarlas. Gracias por llevarme a esa época. Cuanto ha llovido! Besos, Batet!

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