una nave espacial para masturbarme
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Una nave espacial para masturbarme

Viendo la estantería de los vibradores de nueva generación, empezaba a tenerlo poco claro. Lo de las funciones, digo. Todas esas cosas que, supuestamente, deberían parecer penes, tenían forma de naves espaciales. No eran pollas, eran obras de arte. ¿Qué mal había en mantener la forma de un pene?

Yo lo estoy mirando. Y él me está mirando. Ella también me está mirando. Ella con una sonrisa y con ganas de ayudarme a elegir. Elegirlo a él. A mí me cuesta un poco decidirme. Me gusta. Pero me gusta más o menos como todos los demás. Es normal. Todos los demás son similares. Muy similares. Demasiado similares. Y exageradamente modernos e incomprensibles.

Ella es la vendedora en un sex shop. Es rubia y amable. Lleva la ropa muy discreta. Curioso, ¿verdad? Siempre he pensado que las vendedoras de una tienda como ésta deberían llevar ligueros, tener caras claramente satisfechas y unas miradas de viciosas. Ya lo sé, suena a tontería. Pero es como todo lo demás: nadie se fía de un dentista con los dientes torcidos o una dependienta de una tienda de ropa que lleva una bata de estar por casa. A mí me pasa con todos los profesionales de cualquier sector. Cuando veo a un cocinero gordo, se me quita el hambre. Y es que me lo imagino con una cara de cabrón, poniéndome litros de aceite en la ensalada, bañándola en grasa y, si le digo algo que le desagrada, también escupiendo por encima de ésta.

Ella se presenta. Dice que su nombre es Amor. De acuerdo, a pesar de de que lleve puestas las braguitas de corazones (se le transparenta levemente la falda), empiezo a confiar en ella inmediatamente.  Sigue mi mirada con su mirada.

“Tienes buen gusto”- me dice- “es uno de los más populares entre las chicas”.

Él es el vibrador. Mi futuro amante para las próximas noches. “Hace muchos años que no me compro ninguno”, le digo a la de las braguitas coloridas, sonriendo tímidamente. No me da vergüenza, pero finjo de que sí. Es el código de cortesía. La veo con ganas de escucharme, tranquilizarme y aconsejarme. No creo que vaya a decir nada que le haga sentir incómoda y quiero que se alegre por hacerme sentir cómoda a mí, a pesar de que yo ya lo esté, aunque ella no lo sepa. Me gusta observar a la gente que disfruta de su trabajo. Es tan poco frecuente hoy en día, que estoy dispuesta a interpretar que soy daltónica, sólo para que esa vocacional vendedora que me pregunta con sonrisa “¿En qué puedo ayudarle?” pueda echarme una mano. Lo normal, ¿cómo puedo no pedirle algo significante después de eso? Algo como “¿me podría enseñar todos los vestidos rojos de la tienda, por favor? Es que soy daltónica.”

Pero volvamos a la doctora Amor, porque me está mirando impacientemente. Le digo eso de que hace mucho tiempo que no visito un sex shop. Es verdad, no la engaño. Hace exactamente cinco años. Y no es por la cantidad de amantes que había tenido. De hecho siguen existiendo las mujeres que creen que un dildo es el sustituto de sexo. Nada más lejos de la realidad.

No aparecía por un sex shop porque tenía a Negrito, mi vibrador de toda la vida. (Escuché en una peli tonta que si tu dildo tiene nombre, es que estás demasiado aficionada a él. Gilipolleces.) Negrito era negro, como os lo podréis imaginar, en forma de pene y funcionaba con un botón. Tú lo ponías en marcha y él hacía gran parte del trabajo. Pero un día se cansó de satisfacerme y se convirtió en una polla sin vida. Amor seguía sonriendo y me “ayudaba” a sentirme cómoda.

-  Haces mal. Tienes que venir más. No sólo tenemos vibradores, tenemos bolas chinas, plugs anales…

- No, no. Yo de eso no uso (tenía que seguir con el juego). Sólo quiero un vibrador. Explícame un poco la diferencia entre todos estos.

-  Primero decirte que un vibrador nunca es un sustituto de pareja. Es algo complementario y cumple funciones muy distintas. Con el mismo objetivo, obviamente.

Viendo la estantería de los vibradores de nueva generación, empezaba a tenerlo poco claro. Lo de las funciones, digo. Todas esas cosas que, supuestamente, deberían parecer penes, tenían forma de naves espaciales. No era pollas, eran obras de arte. ¿Qué mal había en mantener la forma de un pene?

Tenían tantos botones y trozos de acero, plástico y veteasaberquémás, que podía, sin problema ninguno, prepararme un café, hablarme sobre cómo le había ido el día e, incluso, dirigir una empresa. Ya no menciono lo de satisfacerme a distintas velocidades, de varias formas y con diferente intensidad. No daba crédito.

- El que más te ha llamado la atención tiene 12 velocidades distintas y 20 formas de vibrar. Es precioso, ¿verdad? Es sumergible, se recarga como un móvil, con un cable, y tiene esa forma porque así puede llegar a tu punto G sin ningún problema.

Seguro que tiene una radio incorporada. Qué menos.

Yo, ante la duda, he elegido el que tiene la mitad de velocidades. De color blanco, negro y plateado. Me lo pusieron en una caja negra y preciosa, con un lazo de raso y las instrucciones dentro. Amor me aseguró que tiene garantía de 5 años y que si me pasara cualquier cosa, podría devolvérselo sin problemas (me cuesta imaginármelo, pero bueno…)

Llegué a casa con la cajita. Deshice el lazo perfecto, abrí la tapa y me lo quedé mirando. Parecía a cualquier cosa menos a un pene. Podría pasar por un un mueble de diseño: algo entre la silla de Marc Newson, del vídeo de Madonna “Rain”, y la cuna Cáscara de Babycotpod. Era tan perfecto y tan poco parecido a todo lo que había tenido anteriormente, que me daba pena meterlo de nuevo en la caja, ya no hablo de utilizarlo para lo que sirve.

Se quedó ahí, en una estantería, hasta que un día planeé una noche romántica con mi amigo de carne y hueso. Íbamos a hacer un trío: él, la nave espacial y yo.

-   ¿Qué cojones te has comprado?- me dijo observando el aparatito con seis botones y una placa de acero brillante.

-   Mi nuevo vibrador.

-   ¿Y cómo funciona? No pienses mal, pero nunca he visto una polla así… Así de… pija.

-   Va con botones. Prueba, prueba.

Los siguientes diez minutos fueron un suplicio: mi amante apretaba todos los botones posibles, volviéndome completamente loca, en peor sentido de la palabra. Pasaba de una vibración normal a una con un ritmo creciente. El vibrador, en este caso, hacía un sonido amenazante. Cada tantos segundos yo esperaba que fuese a despegar. Finalmente decidimos ir a lo seguro y lo apagamos. Nunca llegué a probar su capacidad de sumergirse bajo el agua. Por si acaso.

Yo quiero que el mercado nos devuelva las pollas de plástico y sin demasiado diseño. Puede que los extraterrestres tengan una así, súper multifunción y con megavelocidades, pero yo quiero una copia de un pene. Porque lo que me gustan a mí son los penes, no los muebles. De lo contrario me follaría una silla.

Aquel día entendí que me estaba haciendo mayor. Pero también descubrí que todavía quedaban por mi barrio unas tiendas de esas, “cutrangas”, con látigos de plástico y máscaras “Made in China”, pero que seguían teniendo los vibradores de pilas y en forma de polla. Normal y corriente. Lo malo es que dentro de la silicona había trozos de purpurina. Pero prefiero a un pene con purpurina que a una cafetera con millones de velocidades.

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Alena KHPor
Alena KH

La palabra “ex” me ha acompañado durante gran parte de mi vida. Soy la ex-soviética, la ex-esposa, la ex-bailarina.

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“Lo que me gustan a mí son los penes, no los vibradores-muebles. De lo contrario me follaría una silla.”

3 COMENTARIOS

  1. EspoirEspoir

    Hahahaha, me encanta. Y sí, probablemente nos hacemos mayores, y gruñonas.

    Pero sí hay una cosa que me tiene intrigada. Mi experiencia empírica me lleva a afirmar, de forma generalizadora y probablemente falsa -y ahora entra Ronronia y me deja la teoría por los suelos- que las mujeres rechazan las sofisticaciones que distraen del uso básico de un artefacto, el que sea. Mi reciente experiencia en un antro de perdición a la caza de una pieza similar (también por defunción del miembro anterior tras una larga y honrosa vida de servicio a la más alta causa), me hace pensar que esos cacharros no están pensados para que los compren las mujeres, que probablemente retrocedan horrorizadas ante la perspectiva de tener una batidora espacial entre las piernas, sino para que los hombres los regalen. A la vista de lo que había en la tienda, ocurre también con la lencería: las mujeres rara vez compran cosas susceptibles de estrangular.

    El caso es que un segundo intento me vino a dar la razón. En la capital del único país de Europa que no permite el aborto, y donde conseguir condones era difícil hasta mediados de los 90, los sexshops no abundan. Así que después de visitar un par que me deprimieron un poco acabé en Ann Summers, una tienda de lencería con sección placer incorporada. Pues oye, se me hizo la luz: en un entorno habitualmente frecuentado por mujeres y donde son ellas las que compran, los vibradores eran sencillos, de líneas limpias, de colores claros, de formas redondeadas y de funciones limitadas.

    Todo esto me lleva a pensar si la libertad sexual femenina está en nuestras manos… o no tanto.

  2. Avatar de Ronronia AdramelekRonronia Adramelek

    Yo te llevaría muy a gusto la contraria, Espoir, que ya sabes lo que me gusta a mí eso, pero
    la única teoría que tengo sobre este tipo de cacharros es que a mí todo lo metálico me da dentera, empezando por los portátiles con carcasa de aluminio, los móviles ídem y ni te digo las encimeras de las cocinas, de manera que no me compraria uno plateado ni de coñaaaaa.

    Pero el problema es que con las pollas color rosa excesivamente realistas me ocurre como me pasaba de pequeña con los muñecos bebés que meaban y lloraban, que me daban repelús porque se me antojaban niños muertos. Pollas muertas, en este caso.

    De manera que a mí lo que me gusta es esos vibradores de plastiquete mate y colorines. Morado, rosa fuerte, pistacho,… De esos que no sabes si es un vibrador o un exprimelimones moderno, que te los puedes poner de adorno en una estantería de la cocina y te hacen juego con la vaporera, la bolsita para el té o la cosa esa para hacer el pescado en su propio jugo al microondas.

    Lo del dildo con radio yo creo que lo deberíais patentar. O podríamos hacer uno que se conecte a internet vía wifi y se lo puedas dejar controlar a otra persona desde su navegador. ¡Ostras! Como aquellas bolas que llevabas puestas y le dejabas a tu “cómplice” un mandito para que las hiciera vibrar cuando le apeteciese, que estabas comiendo con unos amigos, le daba al botoncillo y ahí estabas tú tratando de untar la mantequilla en el pan con el meneíto y sin saber si le acertarías al pan o se lo pondrías a la de al lado por sombrero. Lo mismo pero en la nube. ¿No mola?

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