Mujer-duerme
Relaciones

Una mañana… ¿cualquiera?

Llevo un rato siguiendo con el dedo índice los huesos de la espalda desnuda de una preciosa mujer que duerme a un metro escaso de mí.

Ser soltero implica dormir la mayoría del tiempo solo. Por eso, cuando abrimos los ojos y observamos que alguien duerme a nuestro lado, la sensación es increíblemente extraña.

No recuerdo en qué momento me he despertado, pero llevo un rato siguiendo con el dedo índice los huesos de la espalda desnuda de una preciosa mujer que duerme a un metro escaso de mí. Se da la vuelta y me regala una hermosa mueca de sueño profundo mientras aprieto con mis dedos la punta de su nariz.

Ver a una mujer durmiendo es una maravilla que un soltero debe dosificar, porque en el fondo somos unos románticos que vamos en busca de una perfección que no queremos encontrar. Justamente por eso, la mayoría de los solteros tenemos gato. No existe otro animal con ese nivel de perfección. Y encima tampoco exige un gran compromiso con sus cuidados y sus atenciones porque, generalmente, van totalmente por libre.

Sigo apretando la nariz de la preciosa mujer mientras le tiro de una oreja. Ahora parece que se está despertando. Con los ojos cerrados alarga la mano y me da un tortazo sin querer. Se acerca, me da un abrazo, me pide perdón por el tortazo y vuelve a dormirse. Le abro un ojo y escucho entre bostezos la palabra “desayuno”.

Despertarse en casa ajena tampoco es una tarea fácil para un soltero. Tampoco lo es no dormir con tu cojín, aunque eso es extensible a solteros y casados. Echar de menos el cojín es algo realmente curioso, porque puedes obviar todos los detalles del mundo cuando estás fuera de casa menos ese. El cojín es sagrado.

Me levanto de la cama de la mujer que da tortazos mañaneros y paseo por su casa en busca de mis cosas. No puedo evitar curiosear. Hay fotos por las paredes y la casa huele agradablemente a plantas. En el comedor me encuentro a su compañera de piso que me saluda con una sonrisa y me da la mano para presentarse. Me ofrece zumo de naranja pero le digo que mi cuerpo no tolera demasiado ese tipo de zumo, que la naranja y yo tenemos una relación de amorodio, y me dice «ostras, si que eres raro». Nadie antes me había calado tan rápido.

Hablamos un rato de nuestra vida sin entrar demasiado en nada concreto, como si nos estuviéramos mirando desde un escaparate. Es agradable y extraño a la vez.

La compañera de piso me aconseja que vaya a despertar a la mujer que da tortazos porque los sábados y los domingos le dan ataques de narcolepsia. Me voy a verla y, efectivamente, sigue durmiendo.

Se ha hecho un poco tarde y ambos tenemos compromisos para comer, así que nos despedimos con un abrazo mientras vuelve a estirarse para quedarse nuevamente dormida a una velocidad asombrosa. Ahora le tiro de la oreja, le aprieto la nariz, le doy un beso y me voy.

Llego un poco tarde a la comida pero mis amigos aún están liados con el vermut en una terraza de un bar en la que pega un sol tremendo. Recibo un whatsapp en el que la mujer de la narcolepsia me pregunta si me lo he pasado bien, junto con el emoticono de la cara con la gota en la frente. Le contesto que ha sido genial y añado la cara con las mejillas rojas. Me manda la flamenca y un bombardeo de carasbeso.

Una amiga que observa la escena se me queda mirando y me dice:

- Tú has dormido con alguien hoy, ¿no?

- ¿
Lo dices por mi cara?

- No, lo digo por esto-  y me estira del jersey un pelo rubio larguísimo

- La vida del soltero es muy dura.

- Ya lo veo, ya.

Entre el vaso de vermut y las bravas la conversación va sobre la felicidad. Una de mis amigas vive obsesionada con querer ser feliz siempre, le preocupa tanto que a veces se pasa los días simplemente pensando en qué porcentaje vive de happyflowers. A mí, particularmente, me hace feliz no pensar en nada que no sea el día a día, me fascina la tranquilidad y no hay nada que me obsesione más que poder hacer lo que me de la gana la mayoría del tiempo. Esa es mi felicidad.

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