un-extrano-en-mi-casa
Relaciones

Un extraño en mi casa

No me da vergüenza emborracharme en mis cumpleaños. Sé que, cuando lo hago, soy triple de graciosa y jamás, repito, jamás pierdo la compostura. Incluso, siendo una pelusa.

Nunca olvidaré al hombre que estropeó la celebración de mi 28 cumpleaños. Se llamaba Iván, tenía unos diez años más que yo y, creo, que fue el mayor desagradecido que he conocido jamás. Si os soy sincera, yo fui un poco idiota. Un poco bastante. No sé, algunos diréis que la línea entre “buena” y “tonta” es muy fina. Lo diréis porque os caigo bien. Pero yo estoy convencida: la que es buena, es buena. La que es tonta, es tonta. Y yo fui tonta. Las cosas como son.

25 de abril del 2010. Estaba muy feliz. Bien maquillada y muy feliz. Un poco borracha y muy feliz. Y además, muy feliz por estar bien maquillada a pesar de estar un poco borracha. Una de las cosas que aprendí hace muchos años es utilizar maquillaje waterproof la noche de mi cumpleaños: acabo llorando de emoción, tristeza, dolor de pies, hambre, sueño, ardor de estómago, agradecimiento, amor (siempre acabo emocionada por sentir mucho amor, independientemente de si tengo delante a un hombre, una amiga o un Donut, los quiero a todos por igual y a la vez), de sentirme mayor, pequeña, adulta, cría, desgraciada, exitosa, guapa, fea y, en casos de las borracheras memorables, acabo confesando que el sueño de mi vida es ser una pelusa.

Una vez, incluso, me caí de la cama haciendo el amor con mi novio de aquel entonces y me quedé allí, en el suelo. Me negué a levantarme: decidí que iba a convertirme en una pelusa y ser feliz. “Las pelusas no tienen que pagar facturas y tienen una vida ligera”, le dije. Una hora más tarde el pobre me repetía que ser una pelusa, en realidad, era lo más aburrido del mundo. Me dio mil y un argumentos que no me servían de nada, hasta que me soltó lo de “las pelusas no follan. No sé si te convence”. Y sí, me convenció. Volví a la cama y me dormí.

No me da vergüenza emborracharme en mis cumpleaños. Sé que, cuando lo hago, soy triple de graciosa y jamás, repito, jamás pierdo la compostura. Incluso, siendo una pelusa.

Pero volvamos a mis 28 primaveras. Aquel año decidí celebrarlo con una sola amiga. Lo típico: una cena tranquila, una copa, y a dormir.

Sí. Cada año decía lo mismo y acababa bailando como si no hubiera mañana. Aquel año no fue una excepción. Después de una botella de vino entre las dos, fuimos directamente a un club: no cualquier discoteca, sino un club con música en directo. Todo muy civilizado y muy chic.

“¿Vas al baño? Pues yo estaré en la barra. Voy a pedirnos un par de Gin Tonics, ¿vale? Nos vemos aquí. Yo no me muevo”, le dije a mi amiga Marta y me fui a por las bebidas.

Curiosamente no había casi nadie. Yo creo que todas las discotecas funcionan más o menos igual. Al principio cola para pedir, porque todos llegan y beben a la vez. Luego hay demasiada gente en la pista porque a todos se les ocurre bailar al mismo tiempo. Después todos ellos se dirigen al baño, y tanto la pista como las barras se quedan vacías. Me alegré al ver que no había cola, pero también entendí que me iba a dar tiempo a tomarme tres copas antes de que Marta volviera del baño.

Así que pedí las bebidas, me senté en una silla, me armé de paciencia y empecé a observar a la gente. Justo a mi lado estaba sentado un hombre: no era demasiado guapo, vestido con una camisa blanca perfectamente planchada y una americana, estaba bebiendo whisky. Llevaba más de diez minutos mirando al vacío sin parpadear. Sin expresión ninguna. Cuando acababa un whisky, se pedía un otro. Con un gesto raro y sin mirar al camarero. Cerraba los ojos con fuerza, vaciaba la copa, la dejaba en la barra, se mordía el labio inferior y se quedaba igual que antes: con la mirada clavada en la barra, a veces en la pared, otras en el vaso.

Llegó Marta y nos fuimos a bailar. Una hora más tarde volví a la barra por la siguiente copa. El tipo de la camisa blanca seguía allí, tal cual lo vi la última vez. Con un whisky y sin parpadear. Me sentí mal. No sabía muy bien por qué, pero me senté a su lado mientras esperaba al camarero. Sí, entendía perfectamente que no tenía que decirle nada. Sí, era mi cumpleaños y quería pasármelo bien. Pero no pude resistirme.

- ¿Estás bien?

- ¿Tengo pinta de estar bien?

- Hmmm, no.

- Pues eso.

Fue el momento perfecto para marcharme tranquila: lo he intentado. Puedo seguir celebrando mi cumpleaños sin pensar en el de la camisa. Pero no. Obviamente. Si no me meto en un follón, no me quedo a gusto.

- No estás bien. Llevas una hora bebiendo como un desgraciado.

- Porque soy un desgraciado.

Ya está. La he cagado. Me voy y no le hago LA pregunta. A ver, camarero: aquí tienes los 20 euros y me voy. Es mi Cumpleaños y me lo voy a pasar de maravilla. Suspiré. Dejé las copas en la barra. Me giré. Y sí, lo pregunté. La muy imbécil:

- ¿Qué te ha pasado?

Desde aquel momento la cosa fue de mal en peor. Como era de esperar, claro.

Iván, el de la camisa, empezó a parpadear. Parpadeaba tanto que se echó a llorar. Yo, con dos copas en las manos, no sabía qué es lo que tenía hacer primero: dejar las copas o la esperanza de seguir celebrando mi aniversario, buscar servilletas o a mi amiga para explicarle por qué tardaba tanto… Lo que sí tenía claro es que no lo podía dejar solo, porque era yo la que me había metido en el asunto. Así que tenía que asumir las consecuencias. Le dije: “Ahora vengo, no te vayas” y fui a por Marta que, por suerte, estaba hablando con un amigo. “Mira, te presento a Miguel. ¡Qué ilusión, no nos habíamos visto desde hace siglos! Ey, que te he visto ligando. Tú a lo tuyo, que es tu cumpleaños, bonita. Me quedo con ellos”, me dijo guiñándome el ojo. Menos mal.

Volví a la barra. Iván se estaba levantando.

-  ¿Dónde vas?

-  Donde sea. No tengo dónde ir, pero ya me busco la vida, tranquila. Hoy voy a ir a un hotel. Soy un mierda. Le he puesto cuernos a mi mujer. Y tenermos un hijo de cinco meses, ¿sabes? No merezco perdón. No sé en qué cojones estaba pensando.

- Tranquilo. Oye, lo que necesitas es tranquilizarte.

- ¿Me acompañas fuera? Quiero fumar un cigarro.

Mientras fumaba, me lo explicó todo otra vez y con más detalles. Entendía perfectamente a su mujer. Yo también le habría echado de casa. Iván tenía 39 años, era director de un banco y le puso los cuernos con la secretaria. Vamos, más tópico no podía ser. La mujer se enteró pillándolos ‘in fraganti’. Un culebrón de los clásicos. No me daba pena, a pesar de que no sabía el resto de la historia. Yo soy de las que piensan que las cosas o se hacen bien, o no se hacen. Sin embargo, no podía dejarlo en ese estado. Y, por si fuera poco, tiró el cigarro y gritó: “¡Voy a suicidarme!”

Sí, claro. Lo que me faltaba. En unos segundos Iván ya se estaba tirando bajo el primer taxi que pasaba por la calle. Me lancé detrás de él, lo agarré por la camisa, lo metí en el taxi que estaba a punto de atropellarlo, me senté a su lado y le di mi dirección al taxista. Todo sucedió en cuestión de diez segundos. Una vez el coche estaba en marcha, mientras el taxista nos miraba con la cara asustada, me di cuenta de lo que estaba haciendo: iba con un tío loco a mi piso. Cuando llegamos eran las cuatro de la mañana. Le preparé un café y unas tostadas para que se le fuese pasando la borrachera. Mientras tanto, y hasta las siete, me estaba explicando toda su vida: cómo escalaba las montañas, cómo conoció a su mujer, cómo se enamoró de ella, cómo la besó por la primera vez, cómo se casaron, cómo tuvieron el hijo y, otra vez, cómo le puso los cuernos. Luego, sin venir a cuento, me dijo:

“¿Sabes o que más me enorgullece de mí? Mi pecho. Tengo pelos en el pecho y me hace sentirme más hombre”. Ahí es cuando me di cuenta que lo que acababa de hacer fue una auténtica locura.

Iván se arrancó la camisa, me miró con una cara seductora y me dijo:

- Fóllame.

- No, hijo mío, por aquí no paso. Ponte la camisa y vete.

- Pero estoy mal.

- Ponte la camisa y vete ahora mismo.

- Vale.

Me dejó su tarjeta de visita. Cogió la mía de la mesa del comedor, sin siquiera pedírmela, y se marchó. Eran las ocho de la mañana. Después de las cinco horas de sus historias y un buen desayuno, el suyo, obviamente, yo me sentía idiota. Una idiota algo asustada y, a la vez, cabreada como una  mona.

Me fui a dormir sin más. Si pensar en nada. Sin intentar sacar ningún tipo de conclusiones. Era mi cumpleaños. Nada más. Cumpleaños. Empezábamos bien el año.

Nunca me llamó. No esperaba menos. De hecho hasta se lo agradecí.

Supongo que esperabais un final diferente por toda la duración de su histeria. Pero una vez terminadas las quejas, se acabó la historia. Y menos mal. Menos mal.

Sin embargo, dos semanas más tarde, me lo encontré en pleno centro de la ciudad. Con su mujer y su bebé. Felices. Comiéndose a besos. Los tres. Mi cara fue un poema, supongo. Por la duda: ¿fue mentira todo lo que me contó o su mujer se lo había perdonado? En aquel momento opté por pensar que prefería que su mujer fuese así de débil (enamorada, frustrada, ilógica, pobre, inteligente o calculadora) como para perdonarle, que tener que imaginarme que montó todo el espectáculo para poder follar aquella noche. Estropeándome el cumpleaños.

Llamadme egoísta.

¿TE GUSTA?  

+0 -0

Crisis  Historias reales  Hombres  

10 comentarios

COMPARTIR


Alena KHPor
Alena KH

La palabra “ex” me ha acompañado durante gran parte de mi vida. Soy la ex-soviética, la ex-esposa, la ex-bailarina.

ÚLTIMOS POSTS

“Soy de las que piensan que las cosas o se hacen bien, o no se hacen.”

10 COMENTARIOS

  1. Make Art not WarMake Art not War

    Querida Alena y lectoras,

    No hace mucho te descubrí por casualidad, bueno, te descubrí a la desesperada buscando alguna explicación a cierta conducta de alguien que me ha tratado bastante mal y, cómo no, mi cerebro obcecado a analizarlo todo era incapaz de encontrar una respuesta a todo lo que me estaba pasando.

    Que si vampiro emocional, que si hombres tóxicos…bufff …no entendía nada. ¿Cómo alguien era capaz de decirme una y otra vez que queria “mantener una relación conmigo, construir algo sólido” cuando yo no le había pedido que fuéramos nada? (aún hay tios que no entienden que no es necesario que nos prometan una casita en el campo para hechar 4 polvos). Me fué comiendo la cabeza hasta que me enganché y luego resultó ser incoherente, lo que decía y lo que hacía no tenia nada que ver, me proponía pasar maravillosos fines de semana y luego me dejaba colgada (para que te hagas una idea, no he llegado a pasar un día entero con él después de 5 meses, eso sí, me ha llevado a un hotel por horas para follarme). No entendía cómo podia ser que después de mandarlo a la mierda por tres veces siempre volviera a buscarme con la misma historia y vuelta a lo mismo (¡qué estúpida, por dios!)…al final, después de salir muuuuy quemada de todo esto y de leer muchas de tus historias descubrí que aunque había tenido la mala suerte de dar con un tío exageradamente egocéntrico y egoísta con, seguramente, tantos problemas con él mismo que ni él se aclaraba, la culpable era yo.

    A estas alturas sé muy bien que se trata de alguien que se dedica a vender humo para evitar darse de narices con su triste realidad, que es una persona vacía, incapaz de ser honesto consigo mismo ni con los demás, incapaz de construirse una vida sentimental sólida hasta el punto de llegar a coleccionar idiotas como yo que le suban el ego. Aunque todo esto es así, y es triste conocer a gente que malgasta su vida de esta manera, engañándose a sí mismo y a los demás, tengo que reconocer que el problema no era él. La que realmente estaba jodida era yo. Dejé que alguien que no estaba mostrando ni una pizca de respeto hacia mi persona, entrara en mi vida y que mi falta de seguridad y estima por mi misma y mi puñetera manía de querer creer que esta vez era la definitiva y que no la había vuelto a cagar, me cegaran ante la evidencia de que no era el tipo de persona con la que yo podría jamás de los jamases compartir mi vida.

    Conclusión: ¡Cierto! Hay muchos cabrones mentirosos, fantasmas con cadenas y sin castillo que se dedican a fabricar cortinas de humo a su alrededor, pero ojo, lo más importante es saber a quién le abres tu puerta y ser consciente de si estas preparada para ello. Y nunca, nunca dejar que nadie decida por tí cuando claramente estas viendo el final.

    ¡Vaya rollazo he pegado! …me he quedado agustito de narices y eso que me he guardado las palabrotas…bueno, que cojones….MALDITO HIJO DE PUTA,…¡ahora sí! XD

    Muchas gracias Alena por aportar realidad a este mundo “disneyficado”y ayudar a abrirnos un poco más los ojos y, sobretodo, poder compartir nuestras experiencias y opiniones.

    Besos

  2. CristinaCristina

    Las mujeres listas a veces somos tontas .
    Si .
    Fuiste tonta .
    ¿Te dijo “fóllame” ?
    Jajaaaa jaaaaaaajjjjjjj
    Eso por lo menos fué divertido , la típica cosa que la compartes con una amiga y te mondas ¡menos mal que tuvo el detalle de dejarte un recuerdo así ¡
    No soporto a los llorones .

  3. La GraduadaLa Graduada

    Fíjate, pues yo pienso que ese hombre que describes en realidad lo estaba pasando bastante mal ese día… nadie se tira una hora bebiendo whisky y mirando al vacío “con la esperanza” de que una chica joven y guapa se acerque a preguntarle qué le pasa, pues eso es altamente improbable.

    El tipo lo estaba pasando mal… posiblemente su historia fuese cierta… cuando tú le invitaste a tu piso probablemente él estaba tan sorprendido por el rumbo que habían tomado los acontecimientos que del “alegrón” le subió la libido.

    Prueba de que no es un loco es que no te volvió a llamar, ni insistió en quedarse cuando le dijiste que no.

    Y francamente, en parte me alegro de que se haya reconciliado con su mujer. Vale que lo de la infidelidad fue muy feo, pero cansadísima estoy de esas mujeres que perdonan que las traten como basura, que pasen de ellas, y que no les hagan ni caso, y con las infidelidades no transigen ni un milímetro. No sé, igual la mujer después de dar a luz al niño tenía al marido “a dos velas” y él, tonto, cayó en brazos de otra.

    Pues eso :)

    1. Alena KHAlena KH Autor

      Probablemente. Vamos, al menos hasta hoy estaba convencida de ello.
      Y lo de dejar marido “a dos velas”: todo es relativo. Cuando estás todo el puñetero día sin dormir y sin que te ayuden, cualquiera estará apática, supongo.

      Otra cosa es que hay que saber repartir las tareas.

  4. EspoirEspoir

    Ais, lo que más echo de menos de mi vida en provincias son las historias raras que empiezan vés a saber adónde y acaban en un taxi. Qué queréis que os diga? Un tipo seguramente normal en horas bajas y que sentía mucha pena por sí mismo. Nos puede pasar a todos, pero la mayoría nos quedamos en casa con pijama y sin ducharnos en tres días. No sé, hasta cierto punto hay que tener una extraña valentía para salir a la calle y exhibir sin pudor el dolor, ese aura amarga que te envuelve cuando todo está jodido.

    A Graduada: eres mi ídola. La frase “cansadísima estoy de esas mujeres que perdonan que las traten como basura, que pasen de ellas, y que no les hagan ni caso, y con las infidelidades no transigen ni un milímetro” es digna de una mujer de bien. Pero en lo de a dos velas estoy con Alena; digo yo que tampoco se trata de estar siempre a disposición no vaya a ser que el muchacho no pueda contenerse.

Deja un comentario

TE PUEDE INTERESAR

rechazos
Relaciones

Mujeres holandesas de Amsterdam

Por Edu Batet | 13 mayo, 2016

Dice Joaquin Sabina que amor se llama el juego en el que un par de ciegos juegan a hacerse daño. Igual no hace falta llegar hasta el amor. A veces, e...

CONTINÚA LEYENDO >
relaciones toxicas
Relaciones

Yo soy tóxica. Pero tú también

Por Alena KH | 9 mayo, 2016

Hay tres cosas que están muy de moda últimamente: meditar, comprar libros para fotografiarlos y aislarse de las personas tóxicas. Lo de meditar tie...

CONTINÚA LEYENDO >