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Sociedad

Un “buen” día

¿Qué demonios me está pasando que de repente necesito ponerme más filtros que una maldita piscina olímpica?

Me despierto porque suenan enormemente fuertes los primeros acordes de “Empire State of Mind” de Jay-Z al otro lado de la pared de mi habitación, con mi vecina haciendo la entrada de Alicia Keys con un talento realmente superlativo. El día parece que empieza gracioso hasta que enciendo el teléfono, curioseo por Facebook y la primera foto que se estampa en mi cara es la de un animal muerto horriblemente por un energúmeno en algún rincón remoto del planeta. Quiero comentar esa foto y decir que estoy harto de ver cómo se hace el foie de hígado de pato o los nuggets, pero el mini-Edu del hombro izquierdo le dice al mini-Edu del hombro derecho que se calle, que deje de escribir tontadas mañaneras y siga adelante.

Y allá voy.

Voy al baño y me miro al espejo mientras voy bajando por el timeline hasta que leo que por cinco mil dólares te cambian el color de ojos, porque se ve que todos tenemos un ojo azul debajo de una capa de pigmento que te pueden sacar con láser en un procedimiento que no dura ni veinte segundos. Entre los comentarios del post leo los típicos críticos con la estupidez humana y esa defensa rara sobre invertir tiempo y dinero en las cosas que realmente pueden cambiar el mundo, hasta que aparece un comentario-meme que siempre me arranca una carcajada: “Cada sesenta segundos, en África pasa un minuto.”

Me pongo a escribir un post y cuando lo tengo acabado me parece que habrá gente que no va entender nada de lo que digo. Lo borro. Escribo otro pero el tema que elijo creo que puede ofender a alguien. Lo borro también.

Unos amigos de viaje están colgando unas fotos realmente increíbles, las comento sin mojarme ni decir nada realmente fuera de lo que pueda quedar encajado perfecto en un emoticono. Igual me he pasado con tanto emoticono. Mierda.

Una amiga recomienda una película que es una basura. Me callo y tampoco entro, pero esta vez reconozco que me estoy mordiendo tanto la lengua que me estoy autoenvenenando.

Ojo, ahora si que alguien ha tocado un tema que me está poniendo a dos mil por hora. Venga Edu, tu puedes entrar al trapo sin que se te vaya la cabeza, puedes hacerlo. Vaya, parece que se me ha ido el comentario un poco de la manos. Escribo una disculpa. Joder.

Me parto con una viñeta de Miguel Noguera y me alegro tanto de que saque libro nuevo que me pongo a escribir un post sobre él. Lo borro también. ¿A qué viene esta autocensura?

Sigo bajando por el timeline y apago el teléfono mientras me estiro en la cama, agarro a mi gata y me la pongo en el pecho. La miro fijamente y le pregunto: ¿qué demonios me está pasando que de repente necesito ponerme más filtros que una maldita piscina olímpica? Se me queda mirando y me suelta un “maaaaooo” larguísimo, a lo que le contesto: «Sí claro, ¡y qué más!»

Suena el teléfono. Es una amiga que me cuenta que no le va nada bien con su novio, mientras me explica que le ha entrado una depresión de caballo cuando ha leído que ya hace veinticinco años que se estrenó “Pretty woman”. Le explico lo que me ocurre y me dice que mi problema es que siempre hago lo que quiero, que tendría que buscarme ‘pareja’.

Se pone a reír a carcajadas mientras me diagnostica con una solemnidad asombrosa: «Edu, lo que te pasa es que eres un quejica».

Touché.

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4 comentarios

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Edu BatetPor
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4 COMENTARIOS

  1. monsieur le sixmonsieur le six

    Bueno, en este tipo de cosas siempre es cuestión de llegar a un equilibrio.

    Por un lado, yo soy el primero al que le fastidia toda esta moda de lo políticamente correcto que nos avasalla desde hace más o menos una década. A veces parece que no puede uno abrir la boca sin que alguien se sienta ofendido, y las redes sociales, al hacer visible lo que escribimos para miles de personas, multiplican ese efecto y nos hacen creer que es una buena parte de la sociedad la que nos ataca, cuando en realidad sólo son los cuatro gatos de siempre los que se molestan, mientras centenares de personas “normales” no le dan más importancia a nuestro comentario. Pero claro, para nosotros aquello ya es disuasorio, y la próxima vez, nos lo pensaremos dos veces antes de decir algo. La “mayoría silenciosa” pasa desapercibida, sólo hacen ruido los cafres.

    Pero por otro lado, vivir en sociedad es también entender que cada persona es un mundo de opiniones, y que lo que para nosotros no es más que un chiste sin importancia, para otro puede ser una ofensa inaceptable, o que lo que para nosotros es una observación razonable, para otro es un radicalismo o una insensibilidad flagrante. Quizás mañana seamos nosotros los ofendidos, y quizás tengamos que practicar la misma tolerancia que les pedimos a los demás.

    Creo que el equilibrio es posible, pero no siempre resulta fácil encontrar la línea que separa los momentos en que hay que plantar cara a las tonterías y aquellos otros en los que hay que dejar a los demás con sus cosas, sin darles más importancia ni molestarles con sarcasmos. Conseguir esto es un arte cuyo aprendizaje dura toda la vida.

    1. Avatar de Ronronia AdramelekRonronia Adramelek

      Totalmente de acuerdo, que hay gente que confunde la sinceridad con la impertinencia.

      Ahora, que la gente me ofende continuamente a mí, colocando símbolos religiosos en lugares públicos, por ejemplo, o himnos en manifestaciones deportivas, y me aguanto como una campeona.

  2. Avatar de Ronronia AdramelekRonronia Adramelek

    Por convivencia, prácticamente todos los días me muerdo la lengua. Me la muerdo en el trabajo, cuando me hablan de comuniones y procesiones, y me la muerdo con las amigas cuando me hablan de homeopatías y neurobioemociones (que no lo hacen más que cuando se les escapa, porque ellas también se muerden la lengua para no fastidiarme a mí, es lo que tiene quererse). Me la muerdo con mi madre cuando acomoda los recuerdos a su conveniencia, porque veo que es más feliz dulcificando lo malo.

    Yo decido cuándo mordérmela y cuando ya no paso por ahí. No me la mordí con mi suegro la primera vez que me quiso mandar a la cocina “con las mujeres”, ni me la muerdo si alguien traspasa y me dice que yo debería hacer esto o lo otro.

    Convivir es morderse la lengua. Ya lo dicen, que las opiniones son como el pompis (¿se puede decir culo en este blog? :-P Es broma, ya se que sí, pero como estamos mordiéndonos la lengua…), que todo el mundo tiene uno pero tampoco es necesario que te lo enseñen todos.

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