todo va bien
Cosas que pasan

Todo va … ¿bien?

La vida no es más bonita porque hagas que aparente serlo. La vida es como es. Y hay que saber quejarse.

Con todas ellas habíamos coincidido en más de una ocasión. Normalmente en algún que otro evento y en un par de cumpleaños. Jamás fuimos amigas, pero siempre teníamos temas de conversación: que si “¡cuánto tiempo sin verte!”, que si “tengo mucho trabajo”, que si “los hombres son un mundo aparte” o, como no, “este país se va a la mierda”.

Un día, después de volver a encontrarnos, una de ellas tuvo una estupenda idea (¡no sabía cuán estupenda!) de que fuéramos a cenar “en plan amigas”. No eramos amigas, pero compartíamos muchas cosas en común. Al menos eso parecía.

Una cena ligera, un par de copas y pasamos de ”este país es una mierda” a “Bueno, ¿qué? ¿Cómo estáis?”.

La primera en hablar fue María, administrativa de 30 años, rubita de pelo ondulado con un lunar a lo Marilyn, un vestido rojo y mirada triste:

- Ay, muy bien. Tengo trabajo nuevo y estoy ilusionada,- nos decía mientras miraba al suelo, intentando averiguar por qué narices la mesa cojeaba un segundo sí, otro también.- ¿Y tú, Patricia? ¿Qué tal con el negocio?

Patricia, la más mayor de todas, pero no por eso mayor de verdad (apenas rozaba los 40) “confesó” con mejillas rojizas:

- Creciendo. Éramos 10 y ahora somos 20. Poquito a poco.

Françoise, francesa de pelo corto, pestañas y piernas largas y unos brazos extremadamente delgados, miraba al vacío.

- ¿Estás bien?- le pregunté.

- Oh, oui. Perdón, estaba pensando en mis cosas, – me contestó sonriendo de lado enseñando la mitad de sus preciosos dientes.- Yo bien, claro. He acabado la carrera y ahora estoy haciendo prácticas.

Todas sonreíamos emocionadas por el éxito de las demás. De repente Patricia se acordó de algo muy importante:

- Vero- le dijo a la pelirroja de camisa de lunares que no paraba de pedir un whisky detrás de otro, – ¿tú no te casabas?

- Sí!- exclamó casi gritando. Preferí pensar que le salió así por casualidad, porque respondió justo en uno de esos momentos en los que todo el restaurante se calla de golpe y empiezas parecer la escandalosa del local.- Ups, perdón. Digo, sí. De aquí a unos meses. Ahora estoy liadísima con el tema de los vestidos, las invitaciones y todo eso. Ya me entendéis.

- Alena, ¿y tú? ¿Alguna novedad?-  Me preguntó María, mirándome fijamente. Nunca he sabido cómo era capaz de aguantar tanto tiempo sin pestañear. ¿O no fue tanto?

Yo habría podido contar muchas cosas buenas. No tenía ninguna necesidad de soltar mis preocupaciones, pero quise hacerlo. No sé si para diluir tanta positividad forzada o para compartirlo porque sí. En estos casos no sabes si te guías por el estrés, por llevar la contraria, por necesitar un abrazo o porque te sale y punto. En las situaciones de máximo estrés, en general, uno nunca sabe cómo va a actuar. Y el que diga lo contrario, miente.

- Yo estoy triste -dije apagando las ocho sonrisas de la mesa de un solo soplido. Un resoplo. Un suspiro. Un trago de licor y unos ojos llorosos.

- ¿Qué te pasaaaa?- gritaron al unisono. El resto del restaurante seguía hablando. Menos mal.

- Mi amiga tiene cáncer y no sé cómo superarlo- dije sin ser todavía del todo consciente que podía pronunciarlo en voz alta. Siempre he creído que si determinadas cosas no las cuentas a alguien, es como si no hubiesen sucedido. Un autoengaño de esos, estúpidos, sin sentido, infantiles. La sacarina del día a día.

Se quedaron calladas. Por un momento me arrepentí. Sólo por un momento. María notó que el momento tenía que durar lo suficientemente poco como para que nadie se sintiese demasiado incómodo:

- Mi madre tiene cáncer de mama. Estoy destrozada- soltó con tanta velocidad que nos costó entenderla.Y no nos dio tiempo a reaccionar. Menos todavía, a digerirlo.

Antes de que alguien pudo decir algo, Françoise disparó:

- No creo que os sirva de consuelo lo que os voy a contar. Ya lo decís en España: “Mal de muchos…” pero somos tontas, ¿no? Así que os diré la mía: no he terminado la carrera, porque estaba ingresada. Acabo de superar la anorexia. Sé que no es tan grave como lo vuestro, pero algo es algo, ¿no?- y nos miró con cara esperanzada y el plato lleno.

- De acuerdo.  - Vero apartó el vaso.- Me toca. No me caso. Juan se fue con otra hace una semana.

Nos quedamos mirando unas a las otras. Primero calladas, luego repasando, una tras otra, los detalles de las demás. Mientras una se explicaba, el resto de las chicas repartían “losientos” e intentaban arreglarlo acordándose de las cosas mínimamente desgraciadas como si sirvieran de consuelo. Y nos servían. Nos servían mucho. Nos servían tanto que con cada palabra, con cada gesto el alivio se hacía más y más grande. En los postres hasta reímos un rato y, antes de irnos, volvimos a hablar de “La mierda del país” y “Lo poco que nos vemos”, evitando el tema de “Los hombres son un mundo aparte” para no herir más a Verónica. Acabamos dándonos besos, abrazos y promesas de vernos más.

Y nunca más nos volvimos a ver.

Es curioso. En Rusia es “todo mal”. En España, “todo está bien”. En Rusia la gente intenta decir que está peor de lo que está. No sé exactamente si es para no hacerles sentir mal a los demás, sabiendo que ellos podrían estar peor. Pero yo creo que es más bien la superstición, el mal de ojo y esas chorradas que suele temer la gente de allí. No quieren que nadie les envidie y prefieren decir que todo es una mierda. En España, en cambio, la gente te dice que todo le va bien, con un heroísmo incomprensible, como si “estar mal” fuese un crimen.

Pero ni tanto, ni tan poco.

El principal problema de la gente que teme confesar sus desgracias no se limita a su inseguridad, a las ganas de aparentar, al miedo de no ser aceptados o a la falsa teoría que el buen humor atrae cosas buenas. Es algo más. Lo intuyo. Todos creen, en cierta manera, que son los únicos que tienen problemas. Lo vi claro en el post sobre los orgasmos vaginales: mentimos a las demás mujeres, porque creemos que somos monstruos, o desgraciadas, o desafortunadas,o vete a saber qué. Pero un día, leyendo a alguien por ahí o hablando porque no aguantamos más, nos damos cuenta de que muchísima gente tiene los mismos problemas que nosotros: que no pueden pagar una vivienda, que no tienen sexo con su pareja, que no sienten deseo, que se han desenamorado, que no quieren tener hijos, bodas, compromisos o hambre. Que tienen enfermedades o que, simplemente, se sienten fuera de lugar. Todos, absolutamente todos cojeamos en algo. De lo contrario, ¿de dónde sale tanto éxito de Lady Gaga? ¿por qué se reúnen tantos “monsters”? Porque por fin no se sienten solos.

Hinchamos las redes sociales con palabras grandiosas: comunicación verbal, no verbal, online, asertiva, audiovisual y su puta madre. ¿Comunicación? ¿En serio?

Menos hablar de comunicarnos y más comunicarnos hablando.

Es como el efecto domino: una vez que cae una ficha, caen las demás. A veces hace falta darle un empujón, pero muchas otras veces, por un soplo de viento, la primera se inclina, y el resto cae gracias a ella. Caen, pero no para mal. Porque, al fin y al cabo, su papel es caerse. Y, tarde o temprano, tienen que caerse. Porque significará que todo va tal y como tiene que ser.

Necesitamos liberarnos de prejuicios. Necesitamos darnos cuenta de que contar las desgracias es un desahogo. Que, aunque nos parezca extraño, casi nadie se negaría a escucharte y, lo más probable, hasta harás sentir especial a ese alguien. A unos por tu confianza depositada en ellos, a otros, por hacerles hablar también.

La vida no es más bonita porque hagas que aparente serlo. La vida es como es. Con sus alegrías y sus desgracias. No se puede estar constantemente feliz. Hay que saber quejarse. Con elegancia, sin exagerar, pero hay que aprender a caer y a levantarse.

Porque una cicatriz es una experiencia. Porque un moratón es feo, pero inevitable. Porque explicar la razón de ambos es valiente.

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Comunicación  Hablar  Realismo  

10 comentarios

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Alena KHPor
Alena KH

La palabra “ex” me ha acompañado durante gran parte de mi vida. Soy la ex-soviética, la ex-esposa, la ex-bailarina.

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10 COMENTARIOS

  1. Avatar de Ronronia AdramelekRonronia Adramelek

    Jolín, qué curioso. Yo tengo la impresión contraria, precisamente, que la gente no desaprovecha ocasión alguna de quejarse. Que si mi marido es un egoísta, que si mi jefa es una borde, que si el niño es problemático, que si me duele esto, pues a mí más… un plastazo.

    Las únicas que no se quejan son mis amigas que tampoco responden al prototipo que describes porque ellas lo cuentan todo, bueno y malo, pero con tanta gracia y capacidad de reírse de sí mismas que acabas mondada con sus penurias.

    Pero a lo mejor con problemas realmente graves como los que dibujas sí somos pudorosos, quizás sea así. Con la duda sembrada tengo muchas ganas de leer los comentarios y saber la opinión de los demás.

    1. Alena KHAlena KH Autor

      Yo tengo dos apuntes: por un lado creo que la gente cercana está más suelta, más acostumbrada al “vómito emocional” (eso no quita que lo cuenten de una manera graciosa y que, además, cuenten cosas positivas).

      Por otro lado, lo que comentas sobre la impresión que tienes, es cierta. Pero creo que es bastante reciente. Desde qué empezamos con la crisis, estábamos callados. Pero hubo un momento (no me preguntes cuál, pero lo noté mucho), en el que todo Dios empezó a sacar su vómito de una manera exagerada. Pero repito, yo tengo la sensación de que es bastante reciente.

      Hasta entonces, y desde que llegué a España, notaba todo lo contrario. Como si tener un problemilla fuese de apestosos.

      Eso sí, quitando el tema económico, laboral y, quizás, familiar, yo no noto que mi entorno cuente problemas personales.

      1. Avatar de Ronronia AdramelekRonronia Adramelek

        Le he preguntado a mi mejor amigo y dice que estas cosas solo me pasan a mí y que me las busco porque tengo una actitud de escucha activa demasiado empática que provoca que la gente me use como paño de lágrimas. Y recuerda un día en que subíamos juntos a mi casa y la vecina, con la que apenas había cruzado hasta entonces dos palabras empezó a contarnos que lo peor de que el marido tuviera cáncer era que estaba de una mala leche que no había quien le aguantara. Y otra vez que nos encontramos a la vecina de mi madre y nos contó la operación de próstata de su santísimo de cabo a rabo (nunca mejor dicho) y que ahora el pobre hombre tenía que llevar pañales. Y una tercera que nos encontramos con una compañera de carrera y nos contó que lo había dejado con el novio porque le había pegado una ETS. “Estas cosas a la gente normal no nos pasan, tía,” (sic) me ha dicho el muy cabrito :-)

        1. CristinaCristina

          Jajajaaaaaa
          ¡Menos mal que no eres enfermera! Yo tampoco soy. Normal y a mi también me pasan .
          De hecho ha habido momentos en mi vida que no podía sobrellevar tantos secretos desgraciados , cuando veía venir a un amigo con cara de cordero degollado huía .
          ¿No será que hay determinadas personas que tenemos la mala suerte de ser contenedores y otras no ?
          Quizá la gente se hace la feliz con personas que se creen que son felices también y si te ven reconociendo lo malo de tu vida se abren .
          Aunque esta sociedad está montada para presumir de felicidad .
          No se .
          Yo no me quejo mucho , soy asquerosamente ( a veces me doy grima ) positiva pero como tus amigas reconozco la verdad con cierto sentido del humor

  2. m!m!

    Si, creo que como dice Alena podríamos diferentes entre la gente con la que se tiene muchísima confianza (mejores amigos, pareja…) que tienden al “vómito emocional”, con el que casi resultan cansinos y nos da la sensación de que sólo nos utilizan para desahogarse de energía negativa.

    Por otro, creo que abunda mucho el intentamos mostrarnos bien, que todo va bien… sobre todo con amigas o familia que no ves tan a menudo… y a no ser que alguien comience a ser sincero en el grupo no se profundiza en la conversación ni un poquito.

    Curioso…

  3. Pintalo de Rojoanonymous

    Yo estoy mal. Y lo digo por aquí y mo en una cena con conocidas-amigas. Hace tiempo que lo estoy, y aunque a veces tengo rachas buenas, siento que no lebanto la cabeza.¿Motivos? Por todo. Y por nada. Nada en concreto pero mucho sentimiento negativo, miedo e inseguridad.

    Entonces.. Qué me pasa? Que siento que no puedo contrarle a todos como me siento. Ni a todos ni a los pocos que ya me han escuchado y, por falta de consejos y cansancio, no saben qué hacer para ayudarme. Al final, recurro al l ‘sisi, muy bien’ mientras intento superar mis barreras que me hacen poco feliz. Porque de veras lo intento. Pero me lo callo para mi. Tampoco quiero recrearme en mi estado ni hacerme la víctima. No es necesario. Aunque a veces se apreciaría algo más de calor humano.

    Como ha dicho Alena, tengo la sensación de ser la única que está jodida. Y que nadie me entenderá. Sé que todos tenemos nuestras cosas y que muchas personas, como yo, esconden cosas.

    No sé. Me parece muy curisoso todo esto.. Como intentamos mostraros a los demas, lo que decimos, lo que no y lo que verdaderamente nos ocurre.

  4. Avatar de Anita Patata Frita

    A mi no me gusta contar mis penas porque son mías, es egoismo puro, no creo que nadie deba tener cierta información de mi, eso me hace débil (o eso pienso) y no me deja superar mis dificultades, alguna vez doy el petardazo y las suelto en una “cena de amigas” pero pocas veces. No lo hago por los demás o por el qué dirán, lo hago porque desde pequeña soy así, tampoco se si es bueno o malo, es como es.

  5. Infinito SiempreInfinito Siempre

    Pues yo estoy dividida en mi opinión. Respecto a mi misma y por extensión respecto al mundo. Creo que se actúa depende del momento, de lo que necesites y de cómo de empático sepas que es o presientas que es tu interlocutor. Hay veces que me desahogo sin más porque intuyo que va a caer en saco roto y no van a opinar porque no les interesa pero yo siento liberación, hay veces que me callo porque me da apuro martirizar a mi gente con más mierda, hay veces que me mandan callar porque sólo hago que decir lo feliz que soy, hay veces que me tienen que sacar con paciencia y espera mis males, hay veces que omito información porque la bronca va a ser monumental…. No sé, creo que ni yo ni nadie sigue un patrón siempre (excepto la gente supersuper-reservada y su antítesis) respecto a contar su mierda o su alegría.

    Y yo querría hablar de mi mecanismo de defensa, para lo malo, has hablado de problemas muy duros: cáncer, abandono, pérdida de trabajo, anorexia… Al principio me lo callaba todo, a día de hoy he aprendido que el mundo está igual o más fastidiado (“en todas las casas se cuecen habas” dicen por ahí) y supone una grandísima liberación y SIEMPRE he sentido que ha sido un triunfo, nunca una derrota, contar a la gente lo que he vivido o vivo actualmente (cánceres, rupturas, paro, enfermedades crónicas, fallecimientos, engaños…) Hay más gente en nuestra situación, desdramatizas mucho tu vida y a veces arrancas una sonrisa. La vida jode a todo el mundo por igual.

    Y no lo hago por sentir admiración, sino porque tu mierda es una parte muy muy muy importante de tu ser, y ayudas a gente que quiere quererte o que ya te quiere a comprenderte y a facilitar vuestra comunicación y relación.

  6. EspoirEspoir

    Um, voy a tirar de tópico, pero hay que tener en cuenta la variable catalana. Se dice, se comenta que somos más discretos que allá en las Españas. Hay quien opina que simplemente somos más estirados. Sí que es cierto que la sabiduría popular catalana es pródiga en relatos sobre el valor de la discreción y la importancia de que los demás no sepan ni de tu prosperidad ni de tus problemas -sin ir más lejos, las casas catalanas, incluso las de las familias más pudientes, eran muy poco vistosas hasta el siglo XIX, cuando los que se fueron a hacer las Américas volvieron y construyeron las majestuosas villas noucentistes clasificadas ahora y siempre como casas de nous rics. De pequeña enseguida me di cuenta que los críos de familias catalanas, a diferencia de la mía que es charnega, eran mucho más discretos respecto lo que sucedía en sus casas. Me consta que así los aleccionaban. Bien, ahí lo dejo y que empiece la polémica :)

  7. Nerea del Moral AzanzaNerea del Moral Azanza

    Yo no soy muy de contar mis penas, así, por las buenas… pero cuando tengo confianza sí hablo de todo, de lo que me va bien y de lo que me va mal… ahora lo hago hasta en el blog y he notado que, contar tu experiencia, es como un catalizador: en seguida se llena el post con comentarios de personas, ya felices, ya tristes, que tienen que contanter algo similar a lo que tu les has contado…

    Hay mucho postureo… esa es la verdad… pero también coincido con comentarios anteriores en que hay gente que posturea de feliz y luego no para de quejarse… aunque creo que compartir una pena y quejarse son cosas diferentes…

    Gracias y un gran beso Alena

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