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Relaciones

Todo se merece un asterisco

Cada día lo veíamos poniéndose a tono en el bar de enfrente. A veces, cuando me lo cruzaba por la calle, me decía: “Me voy de farra, nena”, me guiñaba el ojo y encendía un porro.

La semana pasada conocí tres historias distintas. Las tres tuvieron un final muy feo. Ninguna de las tres se parecían: relación, trabajo y salud. Sí, ninguna de las tres se parecían, pero las tres tenían en común que el trágico desenlace tuvo algo que ver con la forma de ser de los protagonistas, pero ninguno de ellos fue capaz de reflexionar sobre ello. Sólo importaba el final de la historia.

Alex.

Tanto a él como a su novia los conocí en el bar del barrio. Me gusta llamarlo “bar del barrio” (algún que otro día nos habíamos pegado nuestras fiestas memorables. Todas, con la gente del barrio. Ahí está la gracia.)

Alex y yo coincidíamos bastante los fines de semana. Nos tomábamos un vinito y hablábamos de la vida. Su novia siempre llegaba un poquito más tarde. Esa chica no me caía demasiado bien. La gente tan introvertida, tan asocial y tan celosa, nunca me ha hecho demasiado gracia. Ella me odió desde el primer día que apareció por la puerta. No son imaginaciones mías, Alex me lo confirmó una noche, la de Aniversario del bar en la que todos íbamos bastante tocaditos.

- Te odia, sí, -me dijo- pero no tienes la culpa. Odia a todas las mujeres en general. Y si se acercan a mí a más de tres metros, ya saca la pistola del bolsillo.

- ¿Y cómo la aguantas? Yo no podría estar con una persona así.

- Uy, eso no es nada. Además de celosa, es follonera. Discutimos cada dos por tres y estoy bastante harto. No sé hasta dónde va a llegar mi paciencia pero de momento…

Hizo un trago.

- Joder, la quiero, ¿sabes?

“Qué bonito”, pensé.

La semana siguiente lo vi llorando en el bar. “Me ha puesto los cuernos, la muy zorra,”- me dijo nada más verme- “¿Por qué? Pero si estábamos tan bien juntos”. Alex y ella lo dejaron.

He intentado resumir la historia lo máximo posible. Dejamos, de momento, a Alex con su odio y su incapacidad de reflexión y pasamos a la siguiente historia.

Olga.

Mi ex compañera de trabajo. Llevaba trabajando dos años en la empresa. Era mi supervisora directa. Una tipa maja y muy humana, pero irresponsable como las haya. Me gustaba trabajar en turno con ella, porque nunca me ponía malas caras y me dejaba a mi aire. Pero, cuando necesitaba su ayuda, nunca estaba. Siempre me la encontraba en el fumadero, en el “lavabo”, en la máquina de café- donde fuese menos en su puesto. Egoístamente la prefería a ella que al tirano del otro turno que no me dejaba ni abrir la boca, aunque siempre estaba para ayudarme. Un punto intermedio entre estos dos había estado bien.

Algunas veces Olga llegaba tarde a trabajar, otras, todavía estaba borracha de la juerga de la noche anterior. Pero bueno, nos llevábamos bien, a pesar de todo.

Me fui de la empresa unos meses antes de su despido. El día que la echaron, me llamó. Supongo que yo era la única que la podía “entender”:

- ¿Te lo puedes creer, Alena? Después de haber pringado dos años, haciendo miles de horas extras sin cobrarlas jamás, sin haber estado de vacaciones en todo este tempo, me despiden. Así, sin más. Dicen que no trabajo bien. No, ahora en serio… Tengo una hipoteca que pagar, a mi madre enferma. Menudos hijos de puta.

Dejamos a Olga junto con Alex. Que se tomen un par de copas juntos. Y vamos a conocer a Ivan. Su historia sí es bastante más trágica.

Iván.

Iván es un vecino del barrio. Viene de una buena familia, pero les salió algo rebelde. Nunca acabó los estudios, de pequeño tuvo problemas con todo el mundo, se echó una novia cantante, se fue con ella de gira, volvió sin ella y con una cicatriz en la cara, recuerdo de la pelea con el nuevo novio de la cantante. Jamás había trabajado de nada. Cada día lo veíamos poniéndose a tono en el bar de enfrente. A veces, cuando me lo cruzaba por la calle, me decía: “Me voy de farra, nena”, me guiñaba el ojo y encendía un porro.

Hasta que me di cuenta que llevaba meses sin verlo.

El otro día me lo encontré en una silla de ruedas. No me saludó. Nada más verme, escupió en la acera y cruzó la calle. No entendía nada.

Los chicos del bar me explicaron la historia. Una noche, como de costumbre, Ivan se emborrachó en el bar de la competencia. Luego salió de marcha: más alcohol, drogas de todo tipo y… nadie sabe cómo acabó a las afueras de la ciudad en medio de una carretera. Allí estaba, intentando cruzarla, cuando un coche, con una chica igual de borracha y colocada al volante, se lo llevó por delante.

“Esa hija de puta va a pagar por lo que le hizo a mi hermano”, me dijo la hermana de Iván el otro día.

¿Le invitamos a Iván a unos chupitos con Alex y Olga? Yo pago la ronda.

El ser humano, ya de por sí, es victimista. Ellos, además, son víctimas absolutas. Da igual el porqué de los desenlaces. Da igual la historia en sí. Lo más importante es encontrar al culpable y, por supuesto, de la misma forma que queremos ser víctimas absolutas el culpable también lo es.

Sin embargo, son pocas las situaciones en esta vida que admiten culpabilidad universal. Entre ellas, las enfermedades (no siempre), los asesinatos, la violencia o la muerte de un niño. Lo demás, todo lo demás, tiene dos caras de la moneda. La mayoría de las cosas no admiten un solo responsable.

Para Alex es evidente: él, que quiere tanto a su novia, no merece ser traicionado. Probablemente, nadie se lo merece, pero… ¿hasta qué punto no tiene él parte de la responsabilidad de lo sucedido? Y cuando hablo de “lo sucedido”, no me refiero a la infidelidad de ella que, en este caso, es algo secundario, por muy fuerte que nos lo parezca. Lo “sucedido” es la ruptura, sea cual sea su detonante. ¿Creéis que Alex, después de romper con su novia, se ha parado a pensar por qué discutían tanto y por qué la quería a pesar de odiarla tanto?

Para Olga su despido es incomprensible. Yo, que conozco a su jefa, os puedo asegurar que es de las peores personas que me he cruzado en mi vida. Pero, a pesar de que Olga había sacrificado toda su vida a lo largo de los últimos dos años, no era productiva (parece que hay mucha gente que no se da cuenta de que trabajar más horas no significa hacer más cosas). Olga se ha encerrado en odiar a la ex jefa, a su ex empresa, a maldecir, a quejarse de su situación. Pero no ha sido capaz de darse cuenta de sus propios fallos. No, probablemente no se merecía estar despedida. Al menos sin haber tenido una charla de aviso. ¿Creéis que Olga ha sido capaz de ver sus fallos y sacar conclusiones?

Para Iván no hay nada más importante que el hecho de no poder volver a caminar nunca más. Su existencia, desde ese momento, está basada en venganza. La prioridad de su vida, igual que la de su hermana, es encarcelar (cuantos más años, mejor) a la joven borracha que estaba al volante. Y harán bien, claro. En este caso nadie se merecía ese desenlace. Iván, alcohólico y drogadicto, tampoco. Pero… ¿creéis que Iván va a dedicarse a recordar de las veces que condujo completamente ebrio o hacer algún tipo de introspección al respecto?

Y yo me pregunto: ¿cuándo vamos a dejar de centrarnos en el resultado en vez de aprender de las experiencias? ¿Por qué no somos capaces de deshacernos del odio y permitirnos evolucionar, crecer y aprender?

Buscar culpables es lo más sencillo. No perdonar nos parece lo más lógico aunque, a la larga, resulte destructivo. Ser víctima es más fácil y está socialmente bien aceptado. Esta sociedad acoge a las víctimas y machaca a los culpables. Pero en la mayoría de las situaciones cotidianas casi nunca hay víctimas absolutas. Y casi cualquier comportamiento humano merece un asterisco para ser tratado con más detenimiento, una vez se termina la página. Para las notas del autor. Y las aclaraciones del traductor.

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Introspección  Venganza  Victimismo  

4 comentarios

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Alena KHPor
Alena KH

La palabra “ex” me ha acompañado durante gran parte de mi vida. Soy la ex-soviética, la ex-esposa, la ex-bailarina.

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“Cualquier comportamiento humano merece un asterisco para ser tratado con más detenimiento.”

4 COMENTARIOS

  1. Inma

    Muy interesante Alena, me ha recordado a una frase que dice mi madre: “Todos llevamos la joroba detrás”. Nos lamentamos de lo que nos pasa pero pocas veces somos capaces de mirar hacia atrás y vernos la joroba, ver qué es lo que hemos podido hacer para que eso sea así. Buen post, ¡un beso!

  2. Avatar de Ronronia AdramelekRonronia Adramelek

    Complicado.

    Por un lado, nunca he visto a nadie que diga “me comporté como una mala persona y una arpía y le hice a fulanito esta putada” o “trabajo poco y mal”. Como nunca he visto a nadie que piense que conduce mal.

    Por otro, sospecho que una cosa es lo que por dentro sabemos de nosotros mismos y otra lo que reconocemos ante los demás. Yo, por ejemplo, soy totalmente capaz de reconocer cuándo me he portado como una perfecta zorra pero seguramente no “confesaré” si alguien me pide que le cuente qué paso en esa situación sino que embelleceré la verdad hasta que consiga caer de pie.

    Que tenemos muy poca capacidad de autocrítica, desde luego. Que habría que ver qué parte de las mentiras con las que nos autojustificamos son porque nos las creemos y qué parte para la galería, también. Aunque supongo que habrá gente con un talento natural para el autoengaño que, con la práctica, aún habrán consegido pulir y perfeccionar.

    Es complicado. :-D

  3. Avatar de anonymous

    Desde mi punto de vista… como decía Van Gogh, no hay un color blanco, sino 21 tonalidades de blanco… no entiendo esta tendencia por contar algo y decir “la culpa fue de”, no entiendo por qué siempre tiene que haber un culpable, cuando al final, todo lo que ocurre es un cúmulo de circunstancias, y quizás lo que haya que analizar sean las causas de estas.
    Justo la semana pasada, dije “La he cagado contigo, me porte mal en… perdona por…”, yo ya sabía lo que me venía después, “Lo siento, pero ya es tarde”, y es que poca gente hay que en ese momento hubiera dicho, “Bueno, yo también tengo parte de culpa por…”, y no vamos a poner ahora los hechos en una balanza y ver cuales han sido los fallos con mas peso, se trata de reconocernos a nosotros mismos, pero si al final todos somos los mas listos y los mas guapos… no estamos siendo honestos ni con el de enfrente ni con nosotros mismos.

  4. Audrey_RocksAudrey_Rocks

    Es interesante el tema, porque habitualmente tendemos a echarle la culpa de todo lo que nos pasa al otro. En eso creo que mejoraríamos bastante si fuéramos capaces de reflexionar más cuando nos encontramos con algún hecho que le da la vuelta por completo a nuestra vida..
    En cierta época de mi vida cometí un par de errores y, he de decir que sí que los admití. Aunque no delante de la persona implicada, porque tampoco tuve ni he tenido la oportunidad de hacerlo. Ése creo que es el gran problema de nuestras relaciones: la comunicación entre nosotros y la reflexión.
    ¡Un besazo!

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