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Sociedad

Tiempo de reencuentros

Para mí, la Navidad es mucho más que todo eso: es, en general, tiempo de reencuentros.

Señoras y señores, desde hace como una semana y media ya es más que oficial: la Navidad ha llegado. Las colas empiezan a ser interminables en todas partes, la hora punta del metro se prolonga a lo largo de todo el día y el precio del marisco ya ha pasado de “uff” a “bueno, cenar pavo tampoco está mal, ¿no?”. Y aún así, reconozco que me encanta. A los que me conocéis, os advierto: dejad de intentarlo. Nada ni nadie va a conseguir que deje de gustarme la Navidad.

Y es que es verdad, hostia, estoy harto de que la gente mire con escepticismo mi fanatismo por éstas fechas y hagan comentarios del tipo “ya dejarán de gustarte, tranquilo” o “si te faltase gente como a mí…”, ¿pero qué os creéis, que mi familia es la de Hércules y aquí no muere nadie? A mí también me faltan tíos, abuelos o personas queridas. De hecho, me faltan hasta mis padres, porque aunque sigan vivos hace cuatro años que no me siento con ellos a compartir una Nochebuena. Cuatro años en los que he trabajado jornadas interminables en veinticuatros y treinta y unos de Diciembre en el frenesí de última hora para que gente como tú no se quedase sin regalarle un jersey de lana a su suegra. Y luego he vuelto solo a una casa vacía, he cenado una lasaña precocinada y me he quedado dormido viendo una peli y con una copa de vino en la mano. Así de triste. Y no pasa nada.

Porque sí, la Navidad es tiempo de estar en familia y bla, bla, bla. Pero para mí, la Navidad es mucho más que todo eso: es, en general, tiempo de reencuentros.

La palabra reencuentro ha sido siempre una de mis favoritas. Llegué incluso a titular así uno de mis blogs. Significa que no sólo has hallado algo, sino que además es algo que ya encontraste en su día y que, a pesar de encantarte, dabas por perdido. Y si hay algo de lo que está llena la Navidad es, sin lugar a dudas, de reencuentros; y no me refiero sólo a reencuentros familiares. Está llena de reencuentros con uno mismo:

- Te reencuentras con tu yo del pasado cuando sacas hueco de donde no lo tienes para cumplir un año más esa costumbre que tanto te gusta. En mi caso, sentarme una tarde manta en mano a hacer un maratón de las películas de Sólo en casa que con tanto cariño atesoro desde la infancia. En el de otros, puede ir desde tomar chocolate con churros el día de la Cabalgata de Reyes hasta no perderse el concierto especial que ponen cada año en La 2. Pero todos tenemos alguna que otra tradición que llevar a cabo porque nos trae maravillosos recuerdos de tiempos mejores.

- Te reencuentras con tu esperanza. Sí, la de que te toque el Gordo de la Lotería y puedas mandar a tu jefe a recoger coquinas. Vale, quizás este punto sea un poco más discutible porque todos compramos billetes sabiendo perfectamente que no nos va a tocar y que probablemente caiga en un pueblo inhóspito cuyo nombre no habías escuchado antes en tu puñetera vida (de esos en los que las señoras siguen sacando la silla a la puerta para sentarse a charlar en verano), pero estaréis mintiendo como bellacos si afirmáis que al comprar el boleto no preguntáis “perdona, ¿y de cuánto es el premio?” y empezáis a hacer números mentalmente pensando en cómo lo gastaríais. Ansias, que sois unos ansias.

- Te reencuentras con tu paciencia. En casos que van desde hacer cola en el supermercado hasta comprobar un año más lo inútil que eres envolviendo regalos, pasando por el tener que estar recogiendo cada cinco minutos las hojitas muertas que se le van cayendo al árbol y que sabes vas a seguir encontrando por partes de la casa hasta bien entrado Febrero.

Y podría seguir enumerando ejemplos eternamente, pero lo único que pretendo es, en definitiva, explicaros el por qué esta época es mi preferida del año: porque hace florecer en ti cosas que, aunque el resto del tiempo también están ahí, a veces olvidamos que tenemos. O no lo olvidamos, pero no las dejamos florecer del mismo modo en el que lo hacemos en Navidad.

Y sino, seguid mi consejo y haced lo que siempre recomiendo: aprended de los niños. La Navidad está más hecha para ellos que para nosotros, es cierto, pero yo creo que es simplemente porque ellos tienen una capacidad de síntesis que nosotros perdemos una vez nos hacemos mayores. Bien sea porque aprendemos aspectos menos encantadores de la Navidad que ellos por su edad desconocen, bien sea por lo del precio del marisco. Vaya usted a saber. El caso es que desarrollamos la idea principal con sub-ideas secundarias, mientras que ellos van al grano y se quedan con lo que verdaderamente importa: la magia.

La Navidad es una época mágica. Y la vida es (aquí me pongo rollo Federico Moccia), en general, pura magia. Todo depende de cómo nos tomemos las cosas. De modo que ya sabéis, este año podéis quejaros una vez más de lo insoportable que es vuestra cuñada Reme, de lo capitalistas que son estas fiestas o de la pereza que os va a dar después desmontar el árbol. O podéis hacer algo diferente y adoptar una actitud que os invito a prolongar durante el resto del año: intentar ver el lado bueno de cada cosa y saber encontrarle eso, la magia.

¡Felices fiestas a todos!

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Dave SantlemanPor
Dave Santleman

Diseñador de moda y estilista. Andaluz, pero trotamundos. Habré tocado techo cuando me propongan rodar el anuncio de Navidad de Canal Sur.

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