Camison-lobos-y-huevos
Cosas que pasan

Sobre el camisón, los lobos, las risas y los huevos

Fue una sensación desconocida para mí. El hospital estaba en medio de un bosque y por las noches escuchaba aullidos de lobos.

Ayer fui a ver a Mi Maga. Y me dio tres consejos.

Su nombre es Olga y es mi osteópata. Pero yo, desde que la conozco, la llamo “Mi Maga”.

Dado que mi cuerpo, por alguna “extraña” razón ha decidido enfadarse conmigo, lo ha manifestado en forma de unos cuantos pinzamientos bien repartidos: cadera, brazo y cuello. No me he portado demasiado mal últimamente, así que el enfado no es justificado. En el fondo creo que, cuando mi mente empieza a echar de menos a Olga, le envía una señal a mi cuerpo y ese hace todo el trabajo. Y es que visitas que hago yo a la Maga terminan en una especie de terapia vomitiva combinada con las hostias agradables que me regala esta pequeña mujer rubia y sonriente. De hecho, cuando llegué a España, a los osteópatas yo los llamaba “hostiópatas”, pensando- absolutamente en serio- que se llaman así por las hostias que reparten mientras te arreglan la existencia.

Mi Maga es especialista en terapias chinas y “noséquémás”, cosa que, al conocerla, me produjo una desconfianza desmesurada. Todo tipo de terapias “raras” me hacen sentir el mismo escepticismo que cuando alguien se hace llamar “emprendedor” o dice dedicarse al “coaching”. Sin embargo, entre los emprendedores hay los que emprenden de verdad, y esos son los que jamás fardan de ello. Mi Maga es igual: no supe de su especialización hasta que, un día, me planté en su consulta con un dolor insoportable en la espalda y una decepción interior enorme. Ahí es cuando empezó a hacerme cosas raras y hablarme de mis problemas mientras me palpaba el hígado, los riñones y el corazón.

Desde aquel día aparte de ser mi osteópata, es también mi psicóloga, lo que la convierte en Mi Maga.

Ayer entré en su consulta diciendo: “Maga, estoy fatal. Me duele todo y apenas puedo caminar. Por favor, quítame esa mierda de encima. Quiero vivir.” Y se puso manos a la obra. Media hora más tarde yo estaba inundando la camilla con lágrimas agrias mientras que ella, sin hacerme ni más mínimo daño físico, tenía sus manos en mi cabeza. Después de unos minutos en los que me explicó todo lo que yo sentía y todo lo que me preocupaba, me dio tres consejos. Uno para mi espalda, otro para mi mente y el último para ambas cosas.

El primero no os va a interesar en absoluto, pero ya que estamos, lo cuento: “No levantes mucho peso y haz estiramientos”, me dijo. El segundo iba dirigido a la mente: “Busca algo que te haga desconectar. Meditación no le va bien a todo el mundo y, dado que eres muy irónica con esos temas, vete a pasear, busca algo que te gusta mirar o, simplemente, encuentra un espacio o una actividad que sólo sean tuyos y que te hagan olvidar de todo por unos diez minutos.” Y el último consejo fue revelador, no por enseñarme nada nuevo, sino por hacerme recordar lo que había olvidado: “Tu cuerpo es el responsable de enviar mensajes a tu mente, no al revés. Nos equivocamos si pensamos que cuando estamos más animados, nos sentimos mejor físicamente. No es cierto. Fíjate: si vas curvada, le estás enviando el mensaje a tu mente de que estás triste. Si sacas pecho y caminas mirando hacia delante, tu ánimo mejora. Y así en todo.”

Esta frase me trasladó al año 2008- un año después de haber salido viva y supuestamente intacta del accidente de coche. Digo “supuestamente”, porque la cosa empeoró de tal manera que un mes de octubre tuve que dejarlo todo y volver a Rusia para que me ingresasen en una clínica rara. Fue el lugar más extraño en el que había estado.

Llegué a Rusia sin poder levantar los brazos, y cojeando. Los médicos decían que no se trataba de un pinzamiento, pero que tampoco sabían qué me pasaba exactamente. Fue una especie de estrés postraumático: una mezcla de lo emocional con lo físico. Que sí, que tenía un par de contracturas, quizás alguna que otra hernia, pero nada tan grave como para que no pidiera mover la mitad de mi cuerpo.

Mi madre me habló de un médico extraño con una clínica todavía más rara, perdida en medio de un bosque. El “gurú” que había levantado de la silla de ruedas al mejor amigo de mi padre, era un señor muy singular: ex-cirujano y traumatólogo que abandonó su carrera para ayudar a la gente en estado crítico. Había inventado un medicamento (su “know how”, su secreto que jamás reveló a nadie) y lo inyectaba a la gente que se quedaba en su hospital. Empezó a recibir a los pacientes en su casa y sólo les cobraba 100€ por el tratamiento y la estancia de una semana. Su mujer cocinaba para todos. Gracias a la cantidad de gente a la que curó y unas donaciones de éstos, construyó una clínica. Tenía meses de espera de la gente de todo Europa, y sólo se hacía conocer de boca en boca.

Tenía mis dudas: “¿Una medicina de veteasaberqué? “. Pero llegué a la conclusión que quería probarla.

Me instalaron en una habitación con una cama de madera en vez del colchón: sin enchufes para el móvil o portátil, sin televisión, ni radio, ni reloj. Fue una sensación desconocida para mí. El hospital, como ya lo había dicho antes, estaba en medio de un bosque y por las noches escuchaba aullidos de lobos. Nunca supe si realmente fueron imaginaciones mías. Cada vez que conseguía dormirme, soñaba que me escapaba. Me veía corriendo por el bosque, en un camisón de flores, perseguida por las enfermeras con una gran jeringa en la mano y aterrorizada por los lobos. Como en las películas de miedo.

Estuve allí cuatro semanas. Nos levantaban cada día a las 7. Desayunábamos y volvíamos a la cama. A las 11 me tocaba mi sesión con el médico: él me tumbaba en la camilla y hablábamos de la vida. Primer día tuvimos una conversación de dos minutos, segundo- de cuatro, tercer día- de seis, y así sucesivamente. Después de la charla me inyectaba un líquido amarillo en el cuello. Todavía recuerdo ese amargo sabor que tenía constantemente en mi boca. Volvía a la cama, luego comíamos, paseábamos por el bosque. Por la tarde teníamos tiempo libre: para leer o para hablar con los demás pacientes, cenábamos, teníamos una clase de chistes y nos íbamos a dormir. De esa manera conseguíamos reír a carcajadas unos diez minutos al día.Y así 28 días. Al principio pensaba que acabaría volviéndome loca pero, dos semanas después, me sentía tan a gusto que no quería volver a casa. Las charlas con el médico eran mágicas, tranquilizantes e igual de vomitivas que las que tengo suerte de compartir con mi Maga.

El último día no me dolía nada. Me sentía eufórica, libre, feliz, vacía de la negatividad, el odio y la rabia. El “maestro”, por llamarlo de alguna forma, se me acercó y me dijo lo siguiente: “Espero no volver a verte nunca más. Eso significaría que estás bien. Para ello debes asumir que: nunca tienes que levantar más de 5kg de peso, no puedes llevar tacones más que un par de veces por semana, no puedes correr, saltar y bailar. Por lo demás, puedes hacer la vida normal y corriente. A partir de ahora tú decides si quieres volver a pasar por esta pesadilla o no. Ahora me vas a decir que seguirás las instrucciones que te acabo de dar. Pero, pasados unos meses o años, hay una probabilidad de que vuevas a hacer todas estas cosas. Es como cuando una persona que ha tenido un infarto vuelve a fumar hasta que muere del segundo infarto. Pero es una elección tuya y, por desgracia, el ser humano prefiere sufrir en vez de ser feliz. El 30% de mis pacientes vuelven porque no hacen lo que deben hacer. No sé qué porcentaje de personas no vuelven aunque están jodidos. Lo que sí sé es que algunos tratan mal a su cuerpo y éste se los devuelve el golpe en lo emocional. La mayoría de mis pacientes tienen mucho más que un problema físico. El cuerpo jode a la mente. Nunca al revés.”

Curioso, ¿verdad? Nosotros, que siempre decimos que todo viene de la cabeza, tenemos razón, pero sólo en parte: una gallina aparece de un huevo y éste, a su vez, de una gallina. Nuestro malestar físico, en muchas ocasiones, está provocado por lo emocional. Pero lo emocional está sujeto por la mala apariencia física: caminar mirando hacia abajo, no sonreír, arrugar la frente, arrastrar los pies, curvar la espalda…

Nunca sabré qué era aquel líquido que me inyectaba el médico. Quizás eran unas simples vitaminas. Pero sí sé que los diez minutos de risa al día y la posibilidad de no pensar en nada durante un tiempo hizo que pudiese recuperarme del todo.

Ayer fui a ver a Mi Maga. Y mi dio tres consejos.

La necesito, porque sigo poniéndome zapatos de tacón a diario. A veces bailo, a veces salto. Y, por si fuera poco, levanto dos garrafas de agua semanalmente.

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7 comentarios

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Alena KHPor
Alena KH

La palabra “ex” me ha acompañado durante gran parte de mi vida. Soy la ex-soviética, la ex-esposa, la ex-bailarina.

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“Recuerda que si tratas mal a tu cuerpo, éste te devuelve el golpe en lo emocional.”

7 COMENTARIOS

  1. EspoirEspoir

    Quizá tengas razón. Yo me he preguntado varias veces, en esos momentos de la vida en que te das cuenta que llevas cinco días sin levantarte del sofá, ducharte o comer algo que se pueda considerar comida y no un producto procesado no inmediatamente tóxico. Pero si el cuerpo jodiera a la mente, los deportistas (será por runners hoy día: o empiezo a correr o me suicido por asfixia social) serían prodigios de equilibrio y salud mental, y si bien ya se sabe que mens sana in corpore sano y blablabla, conozco yo unos cuantos que podrían pasar por una puesta a punto en el loquero.

    Por cierto, hola de nuevo :)

    1. Alena KHAlena KH Autor

      ¡Hola, Espoir!

      Qué contenta de verte de nuevo por aquí. Y eso que aseguras que siempre dices lo mismo… ¡Mentira! :)

      El ejemplo con los deportistas es bueno, pero ¿quién no ha tenido estos momentos de no querer levantarse del sofá? Pero lo cierto es que cuando menos te levantas, menos te apetece hacer algo y acabas amargándote (no tú, hablo en general).

      Y una vez sales de paseo o hacer deporte, te animas.

      Mi madre siempre me dice: si estás depre, levántate, dúchate, oblígate a maquillarte y a la calle.

      Y oye, qué razón tiene.

      (No te desaparezcas mucho, ¿eh?)

  2. Avatar de Ronronia AdramelekRonronia Adramelek

    Aunque soy más de tacón gordote de bota vaquera que de aguja, puedo llegar a entender el empecinamiento en calzar zapatos de tacón. Lo que no puedo entender es la necesidad de comprar agua embotellada siendo la del grifo perfectamente potable.

    Pero como soy la primera en comprar cosas absurdas que no necesito, voy a respetar tu deseo de comprar garrafas. Pero, criatura, ¿por qué tienes que cargarlas? Todos los super tienen servicio gratuito de entrega a domicilio. Planifícate, alma de cántaro, y haz una o dos compras grandes al mes que incluyan la leche, botes de conservas, botellas, detergentes y tus amadas garrafas de agua embotellada.

    Organízate, criatura, que te vas a lisiar.

    Mi experiencia personal es que a los veintimuchos-treintaypocos estaba siempre jodida de la espalda. Médicos, radiografías, antiinflamatorios,… Es tu trabajo, decían, o un poco de lordosis. O aquí esta forma rara del hueso sacro por dentro… Reposo, pastillas. Hasta que me harté y decidí estirar todos los días y hacer todo el deporte posible, de cualquier tipo: tenis, nadar, montaña, gimnasio, correr. Suave, sin pasarme. Se me pasó completamente. Ahora hago menos ejercicio pero sé de dónde cojeo y cómo estirar al instante lo que se me engancha, y sigue sin dolerme nada.

    No será tu caso, lo que quiero decir es que un médico no te conocerá como tú misma y si le vas con dolor te dará medicamentos, no subirá la pierna a la mesa para enseñarte a estirar el piramidal cuando a lo mejor eso es lo que necesitas.

    Así que no renuncies a lo que te guste pero trata de darle la vuelta para hacerlo con toda la inteligencia posible porque la vida es larga y hacer el burro se acaba pagando.

    Cuídate, jodía, que te queremos.

    1. Alena KHAlena KH Autor

      Oye, Ronro, me acabas de dar unos ánimos con eso de la espalda. Sé que lo de los estiramientos suena a lógico, pero nunca me lo había planteado. Empiezaré mañana mismo a hacerlo. Y lo de deporte: aparte de montar la bici, volveré a apuntarme a pilates. Como dice Mi Maga: busca algo que te hace desconectar. Y creo que va a ser eso.

      Lo del agua, lo comento respondiendo a Monsieur :)

  3. monsieur le sixmonsieur le six

    Lo que no puedo entender es la necesidad de comprar agua embotellada siendo la del grifo perfectamente potable.

    Perdona, eso será en Zaragoza, intenta sobrevivir en Barcelona más de 48 horas bebiendo agua del grifo (sin aparato de osmosis, claro).

    Nuestra cultura occidental es muy pobre en combinar el desarrollo de cuerpo y alma. Se promociona el deporte, sí, pero bien como diversión, bien como método para reducir grasas o para estar guapo, con lo cual, aún lo jodemos más con esfuerzos excesivos. Envidia me dio una vez ver a unos chinos en Montjuïc haciendo esos ejercicios tan “a la oriental” que ayudan a relajarse, a estirar músculos, a tener el cuerpo en sintonía. Nada que ver con los corredores que ahora ve uno por todas partes, intentando batir records y publicando en twitter que han rebajado su marca en la media maratón.

    Lo de que el cuerpo influye en la mente me ha recordado un comentario que escuché una vez de alguien que decía que los guapos tenían tendencia a ser también más simpáticos y agradables que los feos: Como su aspecto les ayudaba ganarse el interés de la gente, esto les hacía sentirse más confortables y tendían a ser más amables. En cambio, el feo, al notar el rechazo y las miradas de muchas personas, y la indiferencia de las del otro sexo, tenía más fácilmente una tendencia a ser melancólico o irritable. Naturalmente es matizable, pero quizás algo de eso haya.

    A lo mejor por eso eres tan simpática :P

    Yo lo he notado siempre: las épocas en las que he ejercitado el cuerpo me sentía mucho mejor. La vida sedentaria, en cambio, me hacía sentirme flojo, triste, y eso repercutía en mi carácter. Estar bien físicamente ayuda a ser mejor, es indiscutible.

    Por cierto, mejórate pronto ;)

    1. Alena KHAlena KH Autor

      Estoy contigo: el agua de Barcelona es imposible de beber. Es lo primero que pensé al leer el comentario de Ronronia. En Madrid, por ejempl, la gente pide un vaso de agua en el bar y de los dan del grifo. Aquí te envenenas. No es un capricho, es. Una necesidad.

      Sí que es verdad que se puede pedir por internet y si superas un importe, tienes la gran “suerte” que te lo envían gratis. Pero si sólo podes esto (que el resto lo compro en el mercado), es un gasto.

      Acerca de los guapos y feos, te doy la razón. Quizás, cuando tienes una “predisposición”, llamémosla así, es más fácil. Pero es como todo. ¿Te acuerdas del post en el que contaba que dejé de ser guiri cuando me planteé que lo era por mi propia decisión? En cierto modo es lo mismo. No del todo, pero como un ejemplo, vale.

      Uno es guapo cuando se cree guapo. Porque la “guapura” es tan relativa…

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