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Cosas que pasan

Sífilis equina

Durante un glorioso mes, fui el mejor padre al sur del río Bravo.

Convertir a los hijos en depósito de nuestras frustraciones es, sin lugar a dudas, una de las posibilidades más gratificantes que ofrece la paternidad. Jugarás al fútbol o tocarás el piano porque yo no pude; con tu cerebrito en formación, tierno, esponjoso, deseoso de ser programado, serás (hija mía, hijo mío) el arma perfecta en mi revancha contra la cochina vida.

Por eso le ofrecí a mi vecino, el del rancho de alquiler de caballos, el campo de mi casa como zona de pastoreo. “A mis hijos les haría gracia”, le dije, en vez de decir: “De niño mis ídolos eran el Zorro y el Llanero solitario, amo a los caballos y siempre quise tener uno, pero nací en un suburbio, no en el campo, y en la clase media, no en la alta. Deme un caballo, por favor, se lo ruego, aunque sea apenas por un breve lapso de tiempo, aunque sea el que padece sífilis equina”.

Una semana más tarde mi vecino me trajo dos ponis, un macho y una hembra.

Cuando llegaron los animales mis hijos estaban en la escuela, así que tuve que esperar una eternidad antes de poder gozar del instante más glorioso de mi carrera como progenitor. “Miren, retoños míos”, les dije, “Miren lo que consiguió su padre, desinteresadamente, movido solo por el amor que siente por ustedes: dos caballos tamaño small de carne y hueso, uno por cabecita”. “¡Ponis!”, gritaron ellos al unísono y corrieron hacia los bichos agitando los bracitos en el aire.

Esa tarde estuvieron un buen rato acariciándolos y hablándoles, mientras yo disfrutaba de la postal desde cierta distancia, bajo la luz rojiza del crepúsculo, con una sonrisa de publicidad de seguros de vida.

Esa noche soñé con el Zorro y el Llanero Solitario; estábamos tomando Caña Legui en un bar de la estación de Temperley (conubarno bonaerense), ya un poco entonados, y ambos coincidían en señalar que yo era el mejor padre al sur del río Bravo.

Al día siguiente, lo primero que hice, antes incluso de lavarme la cara, fue salir a ver cómo estaban los ponis. Faltaba el macho.

Hijita e Hijito se levantan a las ocho y eran las siete de la mañana: tenía una hora. Me lancé a las colinas boscosas que lindan con mi casa a la desesperada, gritando el nombre del poni como si estuviera buscando a un gatito. Cuarenta minutos más tarde, cuando ya estaba agotado, traspirado, rasguñado por las zarzas y angustiado por lo que iban a pensar de mí el Zorro y el Llanero, encontré al poni en el corral de otro vecino (John, el ex monje budista). Me había mandado un guasap para avisarme que lo tenía, pero yo no suelo mirar el teléfono cuando entro en pánico.

Los ponis vivieron un mes con nosotros, durante el cual se escaparon una media de cuatro veces por día porque a mi campo pronto se le acabó el pasto. El objetivo de mi existencia pasó a ser construir una valla que pudiera retenerlos y recoger carretillas mierda (aprox: una y media por día). Mi consorte comenzó a odiarme cada vez menos disimuladamente, porque cuando se escapaban destruían su huerto. Y todo valió la pena.

Hijita se convirtió en una gran jinete principiante. En la víspera del día Sant Joan hicimos una excursión al bosque, ella montada y yo a pie. Cuando llegamos al claro del molino, dejamos a los ponis pastando e hicimos balance de su primer año en la nueva escuela (y país). Hijita manifestó que, aunque sigue extrañando a sus amigas de Argentina, fue un lindo año. A Hijito le gustaron mucho los ponis (me llevaré a la tumba su sonrisa de cabalgar como uno de mis tesoros más preciados), pero, todo hay que decirlo, no pudieron competir en interés con su nuevo pasatiempo favorito: tocarse el pito mirando dibujos animados.

En la mañana del día de Sant Joan, los animales habían vuelto a desaparacer. Los busqué durante una hora y media, una vez más, por las colinas, transpirando y lastimándome con las zarzas. Y cuando me di por vencido fui al rancho de mi vecino, el dueño, a comunicarle que ya no tenía ponis. “Aparecieron aquí esta mañana”, me dijo el hombre, sin levantar la vista de la herida que le estaba curando a un caballo, “Es que allí ya no hay comida”

Ayer volví a soñar con el Zorro y el Llanero; otra vez tomábamos caña en el bar de Temperley, otra vez estábamos entonados, y ambos coincidían en señalar que el mejor padre al sur de río Bravo no tiene derecho a rendirse.

Así que acá estoy, esperando que crezca el pasto.

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ValdearenaPor
Valdearena

Es argentino, guionista de cómic y escritor, en ese orden. Vive con su familia en una masía del Maresme catalán. Huraño y desaliñado, desea secretamente que el mundo lo ame para darse el gusto de recharzarlo. En Intersexciones habla de la vida con sus hijos.

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