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Sociedad

Ser valiente

Una de las cosas más difíciles de cambiar de lugar es hacer nuevas amistades.

Voy a confesaros una de mis manías. Me corto el pelo en la misma peluquería desde que tenía 8 años. Este podría ser un dato sin importancia si no fuera porque vivo a casi 200 km de mi peluquero.

Hace muchos años que volé del nido, de esa pequeña y gris ciudad de provincias del norte, donde nada pasa y nada se espera. Uno de esos sitios en los que la claustrofobia te invade y solo sueñas con salir corriendo. Una Vetusta cualquiera. Seguro que muchos me entendéis. Pues bien, en mi última visita no pude evitar poner la oreja al escuchar una conversación familiar y curiosa. Una señora de edad incierta y muchas mechas rubias, lo cual suele ir ligado, le contaba a la peluquera que su hija estaba estudiando fuera, pero que tenía muy claro que volvería a su casa una vez que acabara. Un coro de señoras asentía, alabando al unísono las virtudes del lugar y lo importante de tener a la familia cerca. La de las mechas contaba cómo una sobrina suya se fue a otra ciudad por amor y, oh Dios mío, la cosa salió mal: se quedó compuesta y sin novio lejos de los suyos. Pongamos aquí caras de espanto y asentimiento. Y esa mañana el salón de peluquería en pleno decidió que no había nada como el hogar y que las aventuras eran solo eso, aventuras.

Al salir necesitaba tomar el aire. Si aquellas mujeres supieran las vueltas que había dado mi vida, hubieran echado mano al ansiolítico de emergencia. Por el contrario, yo sentí una paz y una alegría infinita. ¿Por qué? Porque yo soy valiente. Porque siendo muy jovencita supe qué es lo que quería y no dudé en luchar por ello, saliéndome del camino de baldosas amarillas y manchándome los pies. Mi primo decía que las personas se dividían en dos grupos: Las que les gusta Amélie y las que no. Bueno, pues yo pienso que la línea divisoria está en la valentía, en luchar por lo que quieres, y no por lo que de ti se espera. Hay jóvenes viejos que, a los veintitantos ya pueden dar por acabada su vida: un amor de instituto, la carrera que tocaba estudiar, la hipoteca eterna, etc, etc. Sin lugar a la ilusión, ni al riesgo. Simple, plano, aburrido. La vida solo será esperar veranos en la playa y ver a los hijos crecer, tan aburridos y tan lineales como ellos. Mi más sentido pésame.

Y después de décadas proclamando mi independencia y las virtudes de liarse la manta a la cabeza, el otro día, por primera vez, dudé de mis palabras. Os cuento. Una de las cosas más difíciles de cambiar de lugar es hacer nuevas amistades. De joven se está más abierto a conocer gente, pues el ritmo de vida y la vida social dan pie a ello. En cambio, pasados unos años, en esa franja de vida asentada, la cosa se pone difícil: cuesta salir de la zona de confort. Hace un par de años yo conocí a Daniela. Una mujer increíble de la que estoy muy orgullosa de ser su amiga. La semana pasada, Daniela nos dijo que se mudaba con su familia a Portugal. Casi se me llena de mechas rubias el pelo, como a la señora de la pelu, pues no podía entender porqué dejaba la ciudad y a toda la gente que la queremos, rumbo a lo desconocido. Sentí rabia, pena, dolor, incredulidad. Pasados unos días, he entendido su decisión y la aprecio más como amiga. Ella sí que es valiente.

Mientras escribo estas palabras estoy pensando en Daniela, en Alena, en Dave, en algunos de los que nos leéis. Y en mí misma. En toda esa gente, vividora, inconformista, rebelde. Gracias por levantaros cada vez que os caéis, gracias por protagonizar vuestras vidas. Gracias por ser valientes.

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Sashimi BluesPor
Sashimi Blues

Madre, esposa, profesora de secundaria y otras etiquetas al uso. En Intersexciones doy mi visión sobre esa vida estable que algunos anhelan y otros demonizan.

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2 COMENTARIOS

  1. Dave SantlemanDave Santleman

    Cuando tenía 17 años e hice las maletas para irme de mi pueblo, mi madre- que bien podría encajar dentro de ese perfil de señoras con mechas que describes- no quería que lo hiciera. Porque, a diferencia de las mujeres de tu peluquería, ella sabía que si lo hacía era para no volver nunca. Y aunque sé que no lo entendió, que a día de hoy sigue sin entenderlo y que le rompí el alma… me apoyó en mi decisión.
    No podemos culpar a este tipo de gente por ver la vida como lo hacen: ellos han nacido con una personalidad, una circunstancia y unas expectativas completamente diferentes a las de la gente como tú y como yo, Sashimi. No obstante, el que no podamos pedirles que lo entiendan no quiere decir que no debamos exigir que lo acepten como una opción tan válida como otra cualquiera. Ni somos más sibaritas ni le concedemos menos importancia a la familia por el mero hecho de haber escogido estar lejos de ella y hacer nuestra vida en un lugar con posibilidades que van más allá de, como bien dices tú, pasarnos los días esperando esos veranos en la playa y ver a nuestros hijos crecer, tan aburridos y lineales como nosotros.
    Va a ser un muro formado por un perfil de persona contra el que, desafortunadamente, nos vamos a seguir topando el resto de nuestras vidas. Y sí, es uno de los tantos precios que hay que pagar por querer comprender el mundo a través de nuestros propios ojos y no de los de nadie más. Pero sé que a pesar de ello ni Daniela, ni Alena, ni tú ni yo cambiaríamos ni una de las decisiones que hemos tomado.

    Enhorabuena compañera, mientras siga habiendo gente tan vividora, inconformista, rebelde y valiente como tú merecerá la pena vivir un poquito más y mejor cada día :)

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