se busa el amor de verano
Relaciones

Se busca el amor de verano

Los amores de verano tienen esa gran ventaja: duran poco, pero son intensos. Aportan tanto felicidad como un poco de drama. En verano todo es fantástico y a la vez efímero. Ya se sabe: nunca nos acordamos de los días, sino de los momentos. Mis veranos me los regalan. Más bien yo me los busco.

Las dos cosas más empalagosas de este mundo son los dátiles y mi amiga Bea.

Bea vive en un pueblucho, a treinta kilómetros de San Sebastián, y es tan asquerosamente romántica que todos los hombres que se cruzan en su camino le parecen demasiado sosos. Dice que nunca le pasan cosas divertidas, amorosamente hablando, por dos razones: porque vive en un pueblo y porque vive en un pueblo vasco. Pero, en realidad, Bea está en un mundo en el que las parejas se enamoran a primera vista, tienen hijos rubios, una casa al lado del lago, desayunos en una mesa redonda e interminables besos las 24 horas al día. Ha visto todas las películas ñoñas del mundo mundial y yo, que la conozco desde hace más de cinco años, todavía no he podido sorprenderla con ninguna. Os lo juro: las ha visto todas. Ocho veces.

Cuando sale de fiesta es una rancia de cuidado. Conoce a hombres y los descarta de diez en diez. Eso sí, los motivos son variados: porque son demasiado serios, muy poco responsables, chulos, arrogantes, bajos, altos, no leen suficiente; o porque tienen un hamster, un pasado oscuro, dos piernas o dos brazos.

Luego, a la hora de la verdad, es una mujer fantástica, sólo que dice que le cuesta conectar con la gente. Sus amigas sabemos la razón por la que no tiene romances pasionales e historias que contar: es tan increíblemente independiente y constantemente ocupada que no lo necesita. Así de simple. Sus quejas acerca de los vascos es una especie de juego entre ella y yo: ella es una pueblerina que vive en una casa de madera con vistas al bosque, yo- una mujer con una vida social y sexual extremadamente desarrollada.  No hace falta que os diga que ni ella tiene casa de madera, ni yo follo todas las noches.

Bea y yo hablamos por teléfono una vez por semana. Ha conseguido lo que nadie ha podido lograr jamás: que cambie de compañía telefónica. Antes tenía Orange porque sabía que era la única operadora que no tenía cobertura en mi edificio. Sí, es ridículo, pero me encanta que nadie pueda llamarme. Si es algo urgente, mis amigos más cercanos me llaman al fijo, por lo demás- whatsapp, estoy constantemente conectada al wi-fi. ¿Tontería? Cada uno tiene sus manías. A mí me apasiona escuchar mensajes en el contestador y decidir a quién le devuelvo la llamada, y a quién no. Pero claro, las veces que le preguntaba a Bea: “¿Tienes teléfono fijo?”, me respondía: “Sí, pero es demasiado fijo”, y no la entendía hasta que me fui de vacaciones a su casa de no-madera y lo vi con mis propios ojos. Tenía el recibidor completamente vacío, salvo cuatro cosas: un teléfono de los antiguos pegado a la pared, una silla al lado del teléfono, un chucho pegado a la abuela que estaba sentada en la silla y hablaba sin parar por el teléfono que estaba pegado a la pared.

Volví a Barcelona y cambié de operadora. Ahora ya tengo cobertura y hablamos cada semana. Nuestras conversaciones empiezan siempre igual. Eso también forma parte del juego “pueblo- cuidad”:

-  Hola, Bea. No te vas a creer lo que me acaba de pasar.

Pero su respuesta varía según la estación del año. De Septiembre a Mayo responde:

- ¿En qué fiesta has estado y a quién has conocido?

De Junio a Agosto la cambia por:

-   ¿Cómo se llama? ¿Crees que es él? ¿Cómo lo sabes?

Y es que una vez comienza junio, damos por abierta la operación: “Se busca el amor de verano”.

Bea y yo sabemos que enamorarse en verano es imprescindible. Cualquier cosa que sucede en verano, se queda en el verano. Y ahí la gracia. Para mí un romance veraniego es como alquilar un piso nuevo. Esa sensación sólo la tengo en estos dos casos. Seguro que conoces ese sentimiento: entras en tu piso nuevo, sonríes y pasas tres meses sin salir de él: comprando más y más cosas para decorarlo, amándolo con toda tu alma, explicándoles a todos lo feliz que estás y colgando en Instagram cada nuevo objeto de decoración que acabas de comprar. Tienes tantas ganas de estar allí que, una vez sales de la oficina, pasas de las propuestas de amigos de ir a tomar algo para volver a casa, sentarte en tu nuevo sofá y ser feliz. Pero, unos meses más tarde, Te cansas del piso, de tanta pasión por algo que nunca va a ser tuyo y sigues con tu vida normal y corriente, hasta que decides buscar una vivienda distinta (sea por cambio de ciudad o porque el barrio ya no te convence).

Los amores de verano tienen esa gran ventaja: duran poco, pero son intensos. Aportan tanto felicidad como un poco de drama. En verano todo es fantástico y a la vez efímero. Ya se sabe: nunca nos acordamos de los días, sino de los momentos. Mis veranos me los regalan. Más bien yo me los busco.

Los amores de verano son mis pisos de alquiler sin derecho a compra. Son de todo menos la hipoteca. Son una opción maravillosa, dado que, una vez te hipotecas, te obligas a quedarte en la misma cuidad. Y una es muy viajera a mi edad.

Mis rollos de verano también son la alegría de Bea: por un momento todas aquellas películas y libros le parecen tener una parte de certeza. Y eso la entusiasma. Nos olvidamos por un tiempo del juego de “Bosque vs. Rascacielos” para sumergirnos en una explosión de amor, las teorías y, sobre todo, en la búsqueda de él: EL rollo. EL protagonista. EL gran descubrimiento del año. Y nos encanta.

Pero luego, cuando llega el otoño, volvemos a las llamadas de “¿En qué fiesta has estado y a quién has conocido ?”, y seguimos con el juego abandonado en la primavera. El juego en el que nuestras despedidas telefónicas suenan más o menos así:

-  Te dejo, Bea, tengo un evento importantisimo con un cóctel carísimo en mis zapatos altísimos.

-  Yo tengo que irme a recoger el agua del pozo y dar de comer a mis pollitos.

Pero esta vez algo ha cambiado. Sí, ya estamos emocionadas con la llegada del verano, pero ayer Bea reflexionó. Y este tipo de reflexiones no deberían salir a la luz en mes de mayo:

“¿Sabes por qué funcionan los amores de verano? Porque sabemos que tienen su fecha de caducidad y los disfrutamos. Pero no somos conscientes de que cualquier amor es exactamente lo mismo.”

Preferiría que me dijera lo del pozo.

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6 comentarios

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Alena KHPor
Alena KH

La palabra “ex” me ha acompañado durante gran parte de mi vida. Soy la ex-soviética, la ex-esposa, la ex-bailarina.

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“Los amores de verano son pisos de alquiler sin derecho a compra. Son de todo menos la hipoteca.”

6 COMENTARIOS

  1. Ido_IdoIdo_Ido

    Ay ay ay ay… Cuánta razón en esa última frase… Pero prefiero seguir pensando que son distintos… De el aliciente de cada salida, plan, etc de cada día del verano, porque estamos ademàs más predispuestos a saltar os nuestras rutinas, dias organizados… Y a abrirnos un poco más… Amores de verano ;-) ¿qué sería de nosotros sin ellos?

  2. CristinaCristina

    Bea es muy inteligente .
    Se enamorará seguro a lo bestia de un apartamento en la playa y lo comprará y convertirá en un palacete en la ciudad con una hipoteca carísima .
    Porque es lo que nos pasa a todas
    Primero la tabla de cortar el pan de Ikea , luego un sofá más cómodo , luego fotos y por último las cortinas .
    Estás perdida .
    Pasar de Octubre con un amor de verano es comprar la cortinas .
    Pero …..¡que difícil es no caer en la tentación de seguir ahí si estas encantada!
    Es una pena no valorar más los apartamentos sin complicaciones ……

  3. Avatar de Ronronia AdramelekRonronia Adramelek

    Qué buena la frase final, lo de que todo amor es en realidad un amor de verano porque, aunque no queramos verlo así, es efímero. A lo mejor por haber conocido al montañés ya mayorzotes, siempre tengo muy presente que si tenemos mucha, mucha suerte vamos a poder estar juntos cinco décadas y de ellas dos como mucho en buenas condiciones físicas y otra en condiciones aceptables, quedando las dos restantes para tratar de endulzarnos mutuamente la decadencia total.

    Para mí eso es un verano. Un verano corto y cálido.

  4. Avatar de Anita Patata Frita

    Fan de los amores de verano… Creo que es lo que más se echa de menos en la vida en pareja, esa tontería todo el día encima y qué te pones, ir a donde crees que lo verás, noches enteras sin dormir con las sandalias en la mano por la playa… Aaaaaaiiiiinnnnssss Alena que bien me lo he pasado yo en la vida jajajaja… Y lo que me queda, claro está, pero ahora es otra cosa.

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