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Relaciones

¿Salir con las amigas o acompañar a las “salidas”?

¿Qué les pasa a las mujeres repentinamente solteras a los 30-35 años? ¿En qué momento los sábados de su vida se convierten en una caza interminable del polvo perfecto?

Mis amigas, cuando salen de marcha, funcionan igual que la cocina. Yo no sé cocinar, me hago un par de huevos fritos, una buena ensalada, carne a la plancha, y ale. Cuando mi madre me pregunta cómo es posible que a mis treinta y pico años sea así, le digo que cuanto menos sabroso está lo que preparas, menos ganas tienes de seguir comiendo. Una excusa de éstas, de las baratillas, de las que descargan el ambiente. Que por cierto mi madre, seguramente igual que las vuestras, recuerda mi edad en función de lo que le apetezca. Si le digo que me duele la espalda, responde: “Vaya, por Dios. Si con los veinte y pico años te encuentras así, ¿cómo vas a estar a mi edad?”. En cambio, si se trata de la cocina, resulto estar llegando a la década de los 40. En realidad tengo 30: la perfecta edad en la que ya no eres tan tonta para creer todo lo que te dicen, pero todavía estás en una buena forma para hacer lo que te da la gana. Sin excepciones. En todos los aspectos.

La cocina… Admiro a la gente que se dedica horas y horas a elaborar un plato. La admiro. Mi mente no llega a entender cómo una persona puede ser capaz de gastar dos horas en preparar una cena para los invitados. No, así no. Mi mente no llega a entender cómo una persona puede ser capaz de disfrutar las dos horas que le ocupa preparar una cena para los invitados. A mí cocinar me agobia, me pone de mala leche, me quita la poca paciencia que me queda después de malgastar media hora en las colas de los supermercados para elegir los ingredientes.

Pero lo más irritante llega “un poco” más tarde, después de los 120 minutos de preparación de aquellos platos maravillosos, los invitados los prueban, te sueltan los cuatro piropos del turno y… los meten en el estómago en cuestión de veinte minutos, mientras siguen hablando de Rajoy o, aún peor, de Mourinho. Y se acabó. No hay nada más. No lo entiendo. Con lo fácil que es encargar una pizza (eso sí, comer bien es mi debilidad…) En fin, el que cocina lo hace por placer, me imagino y sabe a qué se enfrenta.

Las “salidas” de marcha con mis amigas son más o menos iguales. Los preparativos son dignos de Arguiñano, los resultados- de Lady Gaga. La última vez que decidimos “salir por ahí a bailar como en los viejos tiempos”, no me acordaba de la parte más desquiciante de aquellos “viejos tiempos”: la de los preparativos. Unos días antes ya habían creado un grupo en whatsapp que se llamaba “¡A por ellos!”. Con “ellos,” me imagino, que se referían a los hombres. Cosa que no me parecía muy de los viejos tiempos en los que salíamos a cenar, a bailar y a pasarlo bien sin ánimo de nada. Pero claro, no me acordaba que en aquel entonces todas tenían novios. Ahora- ninguna.

Cada vez que miraba mi móvil, el contador de los mensajes del grupo se aumentaba con tanta velocidad que, por un momento, creí que habían unas interferencias de las raras y que mi iPhone se había vuelto loco. Pero no. También descubrí que cuando whatsapp llegaba a 100 mensajes, se reiniciaba. Como cuando pasas de un millón de kilómetros en un coche.

Éramos cuatro, yo no respondía: no me daba tiempo de enterarme de nada, pero de lo poco que pude leer, concluí que Marta llevaría unas bragas rojas porque traen suerte y que Natalia se había gastado 300 euros en unos zapatos que eran “lo más”. Lo más caro de su armario, sospecho.

Tres horas antes de la cena, Marta se presentó en mi casa con una bolsa cargada de ropa para elegir. Como en los viejos tiempos, no falla. “Me quedo a dormir en tu casa esta noche, ¿vale?”. Pues vale.

-       Y tú, ¿qué te vas a poner?

-       Ni idea, Marta.

-       Pero… ¡faltan sólo tres horas para salir!

-       Si, todavía faltan tres horas para salir. Tenemos tiempo. ¿Una copita de vino?

Era cierto. Yo no había pensado qué ponerme. Siempre me hacen sentir como un especimen raruno. Me maquillo en 10 minutos: base, eyeliner, rimmel y pintalabios rojo. Y si no sé qué ponerme, tengo tres o cuatro vestidos-comodines. Unos botines de tacón, y lista. Juego con ventaja: el pelo corto.

Tres horas más tarde Marta todavía estaba dudando entre una blusa dorada y un short o un vestido tan agujereado que apenas dejaba espacio para la imaginación. “Ésta es la idea”, – me dijo y se confirmó mi sospecha del título de grupo de whatsapp. Yo salía de marcha. Pero ellas marchaban de salida.

La cena fue agradable (“algo aburrida”, según Natalia y “sin víctimas a la vista” según Marta) y me empecé a preocupar. Luego recordé la frase de mi amigo David “No te pre ocupes” (sí sí, por separado, que se supone que en esto está la gracia de la frase) y opté por pasármelo bien. Al fin y al cabo, varios años más tarde conseguimos reunirnos todas juntas. Y sólo porque no tenían pareja.

Juntas.

Sí, juntas. Eso creía. Pero me equivocaba.

Después de pagar la cuenta, pensé que nos iríamos a algún pub de primera hora para charlar un rato. Pero no. Nos íbamos directas a una discoteca. “Ya verás” – me decían – “el local está lleno a partir de las 12, es impresionante”. Confirmado. Ahora sí que sí: esta noche no salgo con mis amigas, sino que las acompaño a la guerra. Gilipollas de mí.

Y así fue. Una hora más tarde Natalia ya había desaparecido con un supuesto banquero, Marta se estaba restregando contra el culo de un dominicano, demostrándole que también sabía de salsa (todo esto con el “chumba-chumba” de Pitbull), y Laura ya estaba borracha. No sé en qué momento le había dado tiempo de acabar con cuatro cubatas, pero ahí estaba: con su quinto vodka con naranja y a punto de llorar:

- Alena, ¿crees que soy fea?

- ¿Qué dices? Lo que estás es borracha, que no le sienta muy bien al maquillaje, pero vamos, de fea no tienes ni un pelo.

- Es que el banquero me ha dicho: “Ey, rubia, preséntame tu amiga, la guapa”. Soy fea.

- Tú no eres fea, él es gilipollas. Punto.

Me miró con cara de agradecimiento interminable y susurró: “Voy a vomitar”.

La próxima media hora la pasamos en el baño. Al salir, intenté encontrar a Marta y a su salsero para decirle que iba a acompañar a Laura a su casa. Pero nada. Ni rastro de mi amiga. La llamé. “Mañana te llamo y paso por tu casa a por las cositas, vale?” Y me colgó.

Fascinante.

Esa fue la fantástica noche de reencuentro con unas viejas amigas que se quedaron solteras de un día para el otro. Por desgracia, no soy la única desafortunada. A las amigas de mis amigas les pasa exactamente lo mismo y, lo peor del asunto, es que lo ven completamente normal. “La noche es para ligar”, me dicen. “Y si estás soltera- a por ellos”.

Pues vaya.

¿Qué les pasa a las mujeres repentinamente solteras a los 30-35 años? ¿En qué momento los sábados de su vida se convierten en una caza interminable del polvo perfecto?

Pero creo saber de dónde viene el problema: las mayoría de las mujeres emparejadas a los 20 se dan cuenta que, tras diez años de relación y una separación, se habían anulado por completo. No saben tener vida propia: se habían entregado de tal forma que, una vez abandonada “la carcel” en la que se habían  metido por su propia voluntad, deciden respirar el triple que antes. Y respirar, supuestamente, requiere polvazos interminables, la necesidad de sentirse deseadas, mezclados con el mito de la crisis de los 30, en el que se les da por desnudarse y mostrar a los demás que todavía siguen siendo sexys. Como si “ser sexy” consistiese en subirse a un podium e interpretar la escena de Bar Coyote.

Necesito hacer un llamamiento a todas las mujeres recién separadas: relajaos un poco. El sex-appeal no se acaba a los 30, ni a los 40, tampoco a los 50. Porque no depende de unas piernas perfectas. La vida en pareja no requiere anulación de tu vida social y de ti misma como persona. Una separación no es un signo de tu incompetencia ni de pérdida de tu atractivo femenino.

Es mucho más sano (aunque para mí igual de incomprensible) que paséis tres horas cocinando para un grupo de personas y que se lo zampen en diez minutos, antes que cocinaros a vosotras mismas a lo largo de toda la vida y, por si fuera poco, pedir a gritos que os coman.

Un poco de lógica. Y, sobre todo, de respeto hacia vuestra gente. El principal problema de las amistades femeninas consiste en que las prioridades con las que nos criaron, son equivocadas. El amor (o un polvo) está por encima de todo y de todos. Si las demás no lo entienden, nos son unas amigas de verdad.

Queridas, tenemos tanta necesidad de sentirnos atractivas, que nos pasamos de penosas y perdemos el respeto: hacia los demás y, lo más jodido, hacia nosotras mismas.

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23 comentarios

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Alena KHPor
Alena KH

La palabra “ex” me ha acompañado durante gran parte de mi vida. Soy la ex-soviética, la ex-esposa, la ex-bailarina.

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“Una separación no es un signo de tu incompetencia ni de pérdida de tu atractivo femenino.”

23 COMENTARIOS

  1. Audrey_RocksAudrey_Rocks

    Tengo esa misma sensación. Sólo que ahora ando con mis amigas en la época de “no salimos porque tenemos pareja”. Yo salía a divertirme, a reírme y a pasar un buen rato con ellas, y ya he visto que los objetivos no eran ni son los mismos.
    También bajaría el rango de edad: a los 25 ya era así.
    Todo esto sigue siendo fruto de la educación machista con la que hemos sido bombardeadas desde pequeñas: sin novio-marido no eres nadie. Así nos va!
    Menos mal que no ando del todo sola en estas lides.. un besazo Alena y a los demás!

    1. PipahPipah

      Exactamente lo que me pasa a mi. Y las que no tenemos pareja vemos las cosas tambien diferentes. Yo veo salir de vez en cuando a bailotear como un buen rato con mis amigas mientras que muchas de ellas lo ven como ir de caza. Así se me quitan las ganas de salir.

      1. Avatar de MardyBMardyB

        No puedo estar más de acuerdo con las dos, y si esto ya pasa sobre los 25, últimamente me he cansado tanto que ya no salgo porque sé cual será el panorama cada una desparecida antes de las 3 y si quieres quedarte un rato más te toca estar de sujetavelas. Y luego por supuesto soportar el drama de no me ha llamado de los días posteriores.

  2. AnaAna

    Por suerte mis amigas y yo aún estamos en la etapa de salir para divertirnos, no para ligar. Que si ligas, oye, perfecto, bien por ti, pero no es el principal motivo. Y así ha sido tanto en épocas de tener novio como de no tenerlo. Quizás es porque aún estamos en los veintipocos, pero vamos, espero que la cosa no cambie y nos convirtamos en unas depredadoras desesperadas.

    P.D: Tu cara de “estoy flipando” debía de ser muy buena.

    Un saludo :)

  3. CristinaCristina

    Supongo que la edad me da perspectiva y me hace recordar con horror mis tiempos de sentir que no eres nadie si un baboso borracho no te tiraba los tejos y ver a tus amigas darlo todo intentando estar sexy como si no hubiera un mañana .
    Y muchos años después me parece que tuve una gran suerte por tener tantas pecas y no ser guapísima porque mis expectativas no eran tan altas y no hice demasiado el gilipollas .
    Muy bueno el símil .
    Pero , Alena …..¡me encanta ir al mercado con una cesta y escoger despacito cada pimiento , cada tomate , acariciar los huevos (jajajajaaaaaa) de gallina feliz ,meter la nariz en la fresas y luego preparar una cena increíble en una mesa preciosa .
    ¿Para qué tanto curro?
    Lo he pensado mucha veces .
    Y no tengo respuesta .
    Pero muchas veces dar de comer bien te hace más feliz que que te coman mal .

  4. AidaAida

    Tengo la misma sensación, con 24 años aún estoy en la época de no salimos porque el tiempo que no ocupo trabajando lo dedico a mi prioridad, mi pareja. El problema es que soy la única soltera de mi grupo de amigas. Aunque tengo la suerte de tener otros amigos y amigas, que me han demostrado que sigo teniendo un hueco en su vida, tengan o no pareja, y se agradece. Ahora mismo hago más planes con unas compañeras de trabajo a las que conozco desde hace pocos meses, y las hay desde los 20 a los 30, solteras e incluso casadas, pero todas con ganas de reunirse para pasar un buen rato y divertirse con amigas.
    Me ha encantado el post!

  5. RigarRigar

    Los chicos “nos cocinamos” menos, pero también tenemos el mismo problema de fondo. Me ha encantado la analogía con la cocina.

    Yo tampoco he sido nunca un “cocinicas”, como dicen por mi tierra, de hecho bastante regulero y mediocre, rozando lo terrible. Un día pensé que no debía esperar a que alguien llegue a prepararme un buen plato, porque si no tengo un paladar bien educado me dará igual lo sublime el solomillo que me pongan delante, así que creo que es positivo tener interés por la buena cocina hecha por tus propias manos y para ti mismo.

    Para los vagos de la cocina (como yo) os digo que lo más duro es organizarte, una vez coges soltura con eso lo demás se hace considerablemente más ligero.

  6. XX

    No me sorprende para nada, al contrario. Siempre he criticado esta postura en las mujeres: que cuando tienen novio dejan de salir “de fiesta”. Eso de que las chicas (disculpad la generalización, ya sabéis) salen a bailar, reírse y pasárselo bien es una de las mayores falacias de la historia. Y el hecho de que muchísimas de ellas dejen de salir automáticamente en cuanto tienen quien se las folle con regularidad (perdón, novio) lo confirma. He conocido a chicas que no perdonaban un solo fin de semana, yendo a discotecas a perrear hasta el amanecer, y de repente un día ¡chas! Se acabó el salir. Claro, ya habían cazado a uno. Imagino que a esa edad perfecta en que “ya no eres tan tonta para creer todo lo que te dicen, pero todavía estás en una buena forma para hacer lo que te da la gana” debe de ser muchísimo peor aún. Una pena que a mí sigan gustándome las de 20, con lo fáciles que se ponen las de 30 jajaja. Así me va. :-(

    A las excepciones, que las habéis, enhorabuena.

  7. MiriamMiriam

    Como emparejada a los 20…ahora ya 24 años, casada y con un hijo….pues discrepo, tengo vida propia! y muchas veces salgo de fiesta sola, y tengo amigas/os propios. Si que veo que muchas amigas casadas y con hijos se cierran mucho en la pareja y ya solo tienen amigos en común y nunca salen solas, pero eso ya es cosa de cada uno.

  8. monsieur le sixmonsieur le six

    Bueno, aquí hay cosas a puntualizar.

    Por ejemplo: Nunca debemos nunca confundir “amigos” con “colegas para ir de fiesta”. Son cosas muy diferentes y, aunque de joven es habitual creerte que son lo mismo, al poco tiempo te das cuenta de que no es así y de que cuando te sientes defraudado por los segundos al tomarlos por los primeros, en el fondo la culpa es tuya.

    Y es que incluso si fueran amigos, en el momento en que se sale a ligar, se sale a ligar. Y se obra en consecuencia. Quien sólo quiera ir a tomar algo y a hablar de batallitas, es muy respetable, pero que lo diga, y venga otro día. Pienso yo.

    Digo esto porque cuando se explica que cada una se fue a un rincón de la discoteca a hacer una cosa, o que una de ellas se quedó en casa de un dominicano en lugar de volver al piso donde le dejaban quedarse, la situación se pinta de un modo despectivo, como queriendo decir “mira qué malas amigas”. Pero no es que sean malas amigas; son lo que son: coleguillas que se juntan para ir a ligar. Y ya se sabe cómo acaban estas cosas: unas acaban borrachas, otras en casa de algún tío, y otras en la salida de la “disco”, frustradas y pensando que no son suficientemente atractivas o suficientemente desvergonzadas. Los hombres acabamos de un modo parecido.

    No creo que esas salidas de cacería tengan nada de bueno o de malo, ni que sea perder el respeto por uno mismo; son momentos de la vida. Todos hemos salido en ese plan alguna noche; igual que todos hemos tenido épocas de retiro espiritual, y épocas de estoy-solo-con-mi-pareja-y-paso-del-resto-del-mundo. No pasa nada: en la vida hay momentos para todo, como dice la canción aquella de Turn! Turn! Turn!.

    La diferencia es la secuencia a seguir. La sociedad establece tácitamente que uno debe desmadrarse a los veintitantos. Es la época de hacer todas esas cosas: emborracharse, ligar con una persona cada finde, llegar a casa después de que salga el sol… Y se asume que al cumplir más o menos los 30, uno sienta la cabeza con alguno de esos ligues (que pasa a ser el definitivo) y empieza una vida de pareja, mucho más estable y tranquila, para acabar criando niños a los 40.

    Sin embargo, algunas personas no siguen esa secuencia. Yo mismo, por ejemplo, apenas salía a los 20. Llevaba una vida tranquila, de modo que más bien viví todo eso a los 30. Entiendo que lo mismo les ocurrió a las mujeres de esta historia: al final de su adolescencia ya tenían pareja fija, de modo que en parte se perdieron todo ese desmadre (porque no era plan de ir a ligar cuando tienes novio), y ahora, al perderlo a los 30, necesitan hacer lo que no hicieron entonces. A esto se suma, además, la prisa por conseguir una nueva pareja antes de que quizás sea demasiado tarde.

    No creo que, como se dice en el artículo, esas mujeres se hayan dado cuenta de que tras diez años de relación y una separación, se habían anulado por completo. Simplemente apostaron por una pareja, y al final esa apuesta salió mal. Ahora quizás quieren volver a comenzar por donde dejaron todo a los 20. Tampoco pasa nada. Nadie se ha anulado. Sólo han cambiado el orden de los factores.

    ¿O acaso nos parecería bien todo ese comportamiento que se describe si sus protagonistas tuvieran 20 años? ¿Dejaríamos de pensar que están perdiendo el respeto por sí mismas sólo por tener 20 en lugar de 30? De ser así, no haríamos otra cosa que seguir el prejuicio social por el que estás obligado a hacer lo que toca a cada edad. Pero, por circunstancias de la vida, uno no siempre hace lo que toca, y algunas personas deciden experimentar a los treintaytantos cosas que no pudieron o no quisieron experimentar a los veintitantos. Y qué, me pregunto yo.

    También debo decir que, aunque yo no me pasaría dos horas cocinando para mis invitados, como hace mi madre y como hacen muchas madres del mundo, media hora sí la pasaría. La gastronomía es cultura, y la comida es uno de los pocos placeres compartidos por casi todas las personas, y siempre es agradable recibir con él a los invitados a tu casa.

    1. XX

      A grandes rasgos estoy de acuerdo, salvo en una cosa: dices que si se sale a ligar, se sale a ligar, y el que quiera contar batallitas que lo diga y venga otro día. Vale, pero, ¿qué te hace pensar que ese día era día de salir a ligar y no día de contar batallitas? Y si de las cuatro una quería solamente hablar y las otras tres querían salir a ligar, evidentemente hubo un problema de comunicación, pero no solo por parte de la que no quería salir a ligar, también de las otras. Es decir, que lo que has dicho antes sería perfectamente aplicable al revés: cuando se sale a hablar con las amigas, se sale a hablar con las amigas, y la que quiera salir a cazar, que lo diga y venga otro día.

      Yo es que como nunca salgo a ligar, eso no me pasa. :P

  9. Avatar de Ronronia AdramelekRonronia Adramelek

    Me siento identificada con este post.

    “Me tienes abandonada,” te dicen, “no me haces caso y no sales conmigo. Echo tanto de menos salir con vosotras, las noches de chicas, hablar y reir y contarnos nuestras cosas.”

    “Empezamos mal, rollo agresivo-pasivo culpabilizante,” pienso. “Te lo voy a pasar porque me preocupa que de verdad te estés sintiendo sola.”

    Así que yo, que soy “de mañanas”, a las ocho de la tarde estoy cenada y a las diez a punto me echo a dormir, que odio el mundo de la noche y como no bebo me aburro como un tocino en cuanto la gente lleva dos cubatas, me preparo a sufrir la música demasiado alta, el ambiente superficial y las aglomeraciones. Por amistad.

    De manera que terminas en la barra de un bar dándote codazos para pedir un agua sin gas y se te acerca un tío mono y grande, con su punto de norueguismo, que dice Molinos, y clara intención de ligar. Le contestas que esta noche es para las amigas y que en cualquier otra ocasión habrías estado encantada de conocerle pero hoy todo tu tiempo es para ellas y le ves alejarse. Suspiras. Vuelves la cabeza y te encuentras a dos de tus amigas, las que querían pasarse toda la noche riendo y hablando de “nuestras”cosas acapizadas con sendos paisanos una en cada punta del garito y en menos que canta un gallo te dejan allí plantada para largarse a retozar con sus galanes. Te quedas con la tercera, que debería estar cabreada por la deserción pero no, no está cabreada, está…¡deprimida!

    “Joooooo. Tú y yo somos las únicas que no hemos pillado cacho. ¿Es que no somos atractivas? ¿Por qué ellas sí y nosotras no?”

    Y así toda la noche, cada vez más borracha, que no la vas a dejar allí sola con semejante pedo y, además, cada vez que insinuas que va siendo hora de volver a casa va la tía y se te echa a llorar desconsolada y, claro, ¿qué clase de mala pécora hay que ser para dejar a una amiga tan buena beoda y llorosa en mitad de un bar?

    Cómputo total: una hora y cuarto todas juntas y otras cinco deseando llamar a las otras dos para fastidiarles el polvo poniéndoles a la dolorosa al teléfono a que les cuente a ellas la abismal profundidad de sus sentimientos.

    Yo hace ya muchos años que sólo quedo a comer.

  10. EspoirEspoir

    Yo, simplemente, he dejado de salir con chicas en lo que a ir de marcha se refiere. Para agotar la noche hasta los restos salgo con tíos que sepan beber y que encima puedan llevarme en brazos si la que sucumbe al alcohol soy yo. Además, en esos casos no tienes la presión de la imagen, porque cada vez tengo más claro que las tías que salen juntas se arreglan no tanto para gustar a los tíos como para anular a las otras amigas.

    Independientemente de los matices que aportáis unos y otros, todos muy interesantes, yo lo que creo es que las mujeres tenemos una fantástica facilidad para convertirnos a nosotras mismas en objetos desechables. Las chicas que salen un sábado a la noche con el mínimo de ropa posible, unos tacones que te harán llorar más que cualquier decepción y el deseo obvio aunque nunca confesado de pillar, me dan bastante lástima, o directamente incluso me ofenden íntimamente. Yo no me considero un trozo de carne y como ya he dicho alguna vez, si se trata de exhibirte al mejor postor para eso me voy a un escaparate de Amsterdam y cobro por ello. Supongo que con los años he desarrollado maneras más sutiles de relacionarme con los hombres y esa traslación del método prehistórico al entorno discotequero –al fin y al cabo la música sólo nos permite oír gruñidos y la única diferencia obvia es que en vez de una porra en la mano llevan un cubata– me parece desolador. En resumen, que si alguna vez estáis en un bar de Girona y véis una tía con Converses y una blusita sencilla rodeada de tías cubiertas de lentejuelas, ésa soy yo y he tenido un compromiso ineludible….

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