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Con tu exnovio, por ejemplo, que te tenía en un altar, pasaste por una etapa en la que nadie te reconocía tus méritos y acabaste saliendo con alguien que te admiraba incluso demasiado.

Mi amiga es muy coqueta. A pesar de todo, yo la quiero mucho. No es que me parezca un defecto. Bueno, o tal vez sí. A veces me molesta un poco cuando veo que estamos hablando y sigue la conversación mientras deja de mirarme a los ojos, saca el espejito y se retoca el pintalabios. O el colorete. Pero me digo que, por lo menos, sigue atenta a lo que le digo y no ha tenido la desfachatez de sacar su smartphone y ponerse a guasapear.

Hemos quedado para que me hable de su última conquista. La verdad es que no sé cómo lo hace la chica, pero siempre tiene a alguien en mente. Está apuntada a todo tipo de páginas, desde Adopta a un tío a todos los Meetic del planeta. Incluso a esa nueva aplicación en la que puedes poner con cuál de los amigos de tu agenda te enrollarías y, si coincide, os avisa a ambos. A mí me parece violento y falto de magia. Pero en fin. A ella le importa mucho esto de pillar.

—El caso es que no sé por qué me gusta —me dice mientras se abrillanta los morros bajo la atenta mirada del espejito—. Es más bien una historia superficial. No tenemos nada en común. Muy poca conversación, ya sabes. Es más bien algo físico.

—Supongo que un rollito sin trascendencia no viene mal de vez en cuando —concedo mientras suspiro invocando a Dios para que me dé paciencia.

—A mí lo que realmente me gustaría sería poder encontrar una especie de fórmula, una tónica o alguna teoría que me hiciera saber en qué tipo de tíos me fijo y, también, por qué unas veces acierto y otras no.

—¡Ja!

—¿Qué te pasa?

—Pues que yo la tengo hace tiempo.

Ella cierra su espejito, lo coloca sobre la mesa y tapa el pintalabios, prestándome atención con todos sus sentidos.

—¿Y no me lo habías contado?

—No sé, pensaba que ya lo sabías. Buscas el reflejo que necesitas ver.

—¿Cómo?

—Sí, es como con el maquillaje o el peinado. Te gusta mucho ir bien arreglada y para estar segura de ello, necesitas mirarte en el espejo y confirmarlo. Por ejemplo, con este chico del que me hablas: ahora mismo necesitas confirmar que eres capaz de estar con alguien sin sentir nada, porque saliste escaldada de tu última relación. Con tu exnovio, por ejemplo, que te tenía en un altar, pasaste por una etapa en la que nadie te reconocía tus méritos y acabaste saliendo con alguien que te admiraba incluso demasiado. Pero eso era lo importante, eso era lo que tú necesitabas ver. Al igual que algunos días te pones autobronceador y poco maquillaje porque necesitas verte natural y otros días te pintas los ojos de negro y muy marcados porque necesitas verte más imponente u oscura. Esto a nivel mental y emocional lo haces mirándote en otras personas. En tu caso, tíos. Y, además, perdóname que te lo diga, necesitas hacer esto muy a menudo. Al igual que necesitas comprobar cada dos por tres que llevas bien el maquillaje.

Ella calla. Se ha quedado con la boca abierta.

—Oye, pero que no lo digo como algo malo. Simplemente es algo que he observado y pensaba que tú ya sabías. Además, siempre vas hecha un pincel.

—No, no es que me haya molestado lo que me dices. Es que me parece increíble que lo digas con esa seguridad y ese efecto de sentencia.

Ahora soy yo la que abre la boca de par en par.

—¿Ah, sí? ¿Y por qué, si puede saberse?

—Porque me lo dices como si tú estuvieras por encima de eso. Y lo único que te sucede es que tú no aceptas que a todos nos pasa eso un poco, a ti la primera.

Levanto una ceja con incredulidad.

—Por favor, siempre que vas sola al baño vuelves con más colorete, repeinada y con un brillo de labios que casi deslumbra —continúa ella—. Y cuando vamos por la calle y hace sol, te miras de soslayo en los escaparates. Pero crees que los demás no nos damos cuenta de que a ti también te importa, sólo que te gusta aparentar que tú eres mejor que eso. Con los tíos te sucede igual. Te gustaría mirarte en más reflejos, como tú lo llamas, pero pretendes hacernos creer que eres más independiente que el común de los mortales. Y, sinceramente, ¿cuánto tiempo crees que puede pasar una persona sin mirarse al espejo? ¿Cuántas veces al día miras tu reflejo en tu casa, en los baños y en los escaparates?

Me quedé callada. Justo en ese momento apareció el famoso rollito nuevo de mi amiga. La verdad es que no estaba nada mal y encima me cayó bien. Después de presentarme, decidí dejarlos solos y marcharme a casa caminando en un largo paseo. Dicen que cuando no sabes que responder, admites la razón del otro. Que el que calla otorga. Al pararme en un paso de cebra me quedé mirando mi reflejo en un escaparate. Aproveché el reflejo para colocarme el pelo. Y lo hice sin pudor y sin disimulo. Al hacerlo, me di cuenta de que toda la gente que esperaba a mi alrededor a la luz verde estaba haciendo exactamente lo mismo.

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Enviado por: Covadonga González-Pola

Os recordamos que este texto pertenece a la sección “DÍA 1″: puedes enviar tu relato al mail dia1@intersexciones.com y podrá salir publicado el día 1 del mes.

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