quizas
Cosas que pasan

Quizás…

Seguro que tus amigos tampoco son capaces de mantener un diálogo durante veinte minutos sin haberse distraído por algo.

“El mundo es cruel y la gente ya no tiene corazón”, decimos mientras levantamos la pierna para no tropezarnos con un vagabundo que lleva un trozo de cartón “No tengo nada para comer” colgado en el pecho.

Esta es la imagen que aparece en mi cabeza cada vez que Sonia se pone a parir a María, su sobrina de ocho años, y a todos lo niños en general por no ser capaces de concentrarse en una sola tarea.

Es todo como muy cómico: mientras Sonia me está hablando de los problemas de la nueva generación, no despega su mirada del móvil. Se ve que todos sus amigos están de vacaciones y no perder sus fotos de Instagram forma parte de un pequeño ritual. Seguir la vida de los demás durante una conversación es una especie de música de fondo del siglo XXI.

Sonia cierra Instagram, abre el mail y desliza el dedo hacia abajo para actualizar la bandeja de entrada. Me mira por un momento, y continúa:

- Es increíble. Los niños de su edad son demasiado… ¿dispersos? Son hiperactivos, tienen déficit de atención, están constantemente alterados. Es una locura. Ayer María estaba viendo la tele con la Tablet en la mano. Es capaz de pasar horas alternando las dos pantallas.

- Igual es capaz de asimilar ambas cosas…- presupongo.

- Qué va. Si le preguntas de qué va la película, te responde: “De una niña”, y si me intereso por lo que lee en la tablet, me contesta: “Cosas”. ¿Te parece normal?

La miro. Me mira. Miro su móvil que hace tiempo se ha convertido en la extensión de su mano. Miro el mío que está “descansando” en mi regazo. Antes era un sitio patentado por mi gata. Nos ponemos a reír. Sonia se lleva las manos a la cabeza y la expresión de su cara se cambia de repente:

- Ay, madre- suelta aterrorizada.
- Ya te digo- le respondo mientras leo, de reojo, las notificaciones de mi whatsapp.

Me entran ganas de tirar mi smartphone a la basura, pero no sería capaz. Y no por la pasta que me ha costado (ya ves tú, si calculo el dinero malgastado en la ropa que hace tiempo ya no tengo, no tiene ni punto de comparación), sino porque me aterra desconectarme de “mi mundo”. Y lo pongo entre comillas porque mi mundo, en realidad, también es el mundo de los demás. Mi mundo, en parte, son cosas que hace la gente que no conozco, reflexiones de personas que apenas me importan e información sin filtrar que, a la hora de la verdad, se queda en mi cerebro igual que la cal en una tetera tras haber hervido el agua del grifo en ella.

Me fijo a mi alrededor y veo que no soy la única. Tus amigos tampoco son capaces de mantener un diálogo durante veinte minutos sin haberse distraído por algo: sea por el móvil o por una conversación de la mesa de al lado. Tu pareja también ve una serie y consulta el Instagram a la vez. Tus sobrinos también sienten una auténtica abstinencia cuando les quitamos su dispositivo favorito. “Te quitaré la tablet” es el nuevo “vendrá el hombre del saco”.

Este es nuestro nuevo mundo y, en el fondo, tanto a ti como a mí nos gusta formar parte de él. Sí, quizás nos ponemos nostálgicos cuando llevamos tiempo sin mantener una conversación sin interrupciones, y nos entristece que lo que antes era lo más natural ahora se ha convertido en un reto: “hagamos una noche sin móviles”. Sin embargo no echamos de menos no poder encontrar a  la amiga de turno a cualquier hora o no tener oportunidad de conocer gente de otros continentes.

Quizás lo que llamamos “déficit de atención” que se supone que sufren los niños, en realidad no es ningún déficit. Quizás ellos están aprendiendo a hacer varias cosas a la vez. El nuevo mundo requiere nuevas aptitudes. Ellos no vivirán en las mismas condiciones que nosotros. O sí, quién sabe. Pero en ambos casos no podemos inculcarles algo que ni siquiera sabemos hacer nosotros: centrarnos en una sola tarea. ¿Para qué obligarles a hacerlo si nadie lo hace? ¿Para satisfacer nuestra nostalgia? Es ridículo.

Su verdadero problema no es la falta de la concentración, sino la torpeza a la hora de separar la mentira de la verdad, y, por otro lado, la incapacidad de desconectar.

Me pregunto si, en vez de exigirles que se concentren en una sola tarea, nos ocupásemos a explicarles qué parte de lo que ven es mentira (tanto en las redes sociales como a través de la televisión), ellos serían más felices y no pretenderían ser algo que no son.

Me pregunto si en vez de hacerles volver a “aquellos bonitos años” en los que la gente vivía “de verdad” de los que tanto hablan nuestros padres, nos centráramos en mostrarles cuándo hay que parar, ellos tendrían menos depresiones.

Me hago estas preguntas, pero luego me doy cuenta que no podemos enseñarles algo que no sabemos hacer nosotros. Quizás, si no juzgásemos la gente por su aspecto, ellos no tendrían que lidiar con el término de la “mujer real”. Quizás, si no nos obsesionáramos con tener mejor vida que @MariaMagdalena, ellos no le harían caso al postureo de Instagram. Quizás, si apagásemos las notificaciones del mail una vez estamos de vacaciones, ellos no se verían obligados a trabajar en sus días de descanso. Quizás, si encontrásemos tiempo para hablar, jugar y estar con ellos, ellos aprenderían a apreciar a sus seres queridos y preocuparse más por sus amigos que por la gente de Twitter.

Quizás… deberíamos empezar por nosotros mismos.

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Niños  Redes sociales  Siglo XXI  

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Alena KHPor
Alena KH

La palabra “ex” me ha acompañado durante gran parte de mi vida. Soy la ex-soviética, la ex-esposa, la ex-bailarina.

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UN COMENTARIO

  1. Florencia

    Es tan patético todo este mundo de vivir pegados al móvil. Realmente nunca me había percatado de esta clase de histeria en masa hasta que empecé a vivir con mi pareja, el que mi amiga X no deje de mirar el móvil mientras tomas algo vale, pero que celebres un aniversario con tu novio y el móvil…es demasiado triste y estúpido, en ese caso 3 son multitud. He desarrollado tal fóbia que ya no tengo móvil, los extremos no son buenos…espero reconciliarme con él, pero es que tengo 24 años y me siento como una abuela de alguna tribu de centroamérica cada vez que intento entablar una conversación con alguien.

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