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Relaciones

¿Quién es ese hombre?

Un día, se tropezaron por el pasillo y ella exclamó: “¿Quién es ese hombre?”.

Lunes. 7 AM. Dos seres vagan por la casa. Ella, despeinada y ojerosa lleva un biberón en la mano. El, con la camiseta manchada de papilla, se dirige a tirar un pañal. Se miran sin verse. 21.30. Después de un maratoniano día, dos cuerpos caen rendidos en el sofá. Ella le mira a él y le dice: “Hola”.  Con un gesto de cabeza se lo dicen todo. A los cinco minutos, están roncando a dúo con el Telediario de fondo. Un bebé llora en su cuarto. ¿Otra noche loca a la vista?

Hace un tiempo que en casa son tres. El niño, él y ella. Un triángulo amoroso. Pero un triángulo escaleno. Sus fuerzas y atención se centran en el retoño, ese torbellino que les llena de amor y locura. En medio quedan dos. Un hombre y una mujer. Dos personas que se encontraron, se amaron y se reprodujeron. Que van por la vida como dos locos, intentando abarcar el cielo con las manos. Dos que se miran a veces como extraños, sin tiempo para contemplarse. En resumen, dos padres.

En otra época, llamémosla AH (antes del hijo), eran una pareja. Hacían planes, no tenían horarios ni pautas alimenticias. En resumen, improvisaban. Salían por la noche, dormían a placer, tenían amigos interesantes que ellos mismos elegían. Sexo en cualquier parte de la casa, incluso de día. Iban al cine a ver películas de adultos. Todo cambió cuando el tercero llegó a sus vidas. Ya les avisaron de que un hijo daría un giro a su vida. Aunque lo sabían y creían estar preparados, ni se imaginaban lo que eso supondría. La montaña rusa se puso en marcha. Entre subidas y bajadas, los dos lucharon por sobrevivir, agarrándose a lo que pudieron. La falta de sueño, de intimidad, de cercanía les fue pasando factura. Un día, se tropezaron por el pasillo y ella exclamó: “¿Quién es ese hombre?”. Hacía semanas que se había cortado el pelo y dejado barba. Y ni se había dado cuenta. Olvidaron sus nombres, se convirtieron en “Papá” y “Mamá”. En casa ya solo se escuchaban los cantajuegos. Las salidas eran al burger de la esquina con los papás de los amiguitos. Habían tocado fondo.

Y así acaba la historia de muchas parejas. De todas aquellas que olvidaron que, hijos por medio, seguían siendo dos. Que no hicieron por mirarse con picardía, por acurrucarse entre las sábanas de vez en cuando, por decirse un te quiero sin venir a cuento, por no olvidar nunca lo que hizo que saltara la chispa. Si ya es difícil vivir y convivir, hacerlo cuando hay niños de por medio es toda una proeza. Las fuerzas se emplean en cubrir las necesidades básicas. Las propias y las de los que dependen de nosotros. Las fisuras de una historia de amor se convierten en precipicios por los que despeñarse. Cuesta construir, conservar y sembrar la pasión sin tiempo a parar, a detenerse a pensar qué es lo que verdad uno quiere y si el que está a nuestro lado es algo más que un compañero de piso.Los que sois padres sabéis de lo que hablo. Los que no, puede que se os hayan quitado las ganas de golpe. Si vivir con el otro ya es difícil, hacerlo con la prole es casi imposible.

Pero, ¿y si estuviéramos echando la culpa a quien no la tiene? ¿Y si esas parejas siempre estuvieron muertas? La inercia, la pereza o el conformismo les llevó a seguir adelante juntos. A dar los pasos que se suponía que tenían que dar. No dejaron de mirarse por no tener tiempo, sino porque ya no se sentían obligados a hacerlo. No perdieron la chispa, sencillamente, hace tiempo que se apagó. Así que emplearon sus energías en la crianza y encontraron la excusa perfecta para no tener que preocuparse por una historia de amor que ya no lo era. No, los hijos no nos restan chispa, no nos vuelven aburridos, no impiden que sigamos queriendo a nuestra pareja. Somos nosotros mismos los que nos dejamos llevar, los que tiramos la toalla y asumimos que debe de ser así.

¿Qué les pasa a las parejas cuando son padres? Puede que no lo resistan, o puede que sí. Para mí, ser padres no es dejarse de querer, es quererse más. Es más, el amor crece, evoluciona. Se vuelve ternura, complicidad, alegría, compañerismo. No siempre en las mejores condiciones, no siempre cuando queramos, pero ahí está. Con A mayúscula.

…Y cuando acabe el día, exhaustos y derrotados, se mirarán el uno al otro con chispas en los ojos y sabrán que la aventura está mereciendo la pena…

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Sashimi BluesPor
Sashimi Blues

Madre, esposa, profesora de secundaria y otras etiquetas al uso. En Intersexciones doy mi visión sobre esa vida estable que algunos anhelan y otros demonizan.

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