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Que no venga un tsunami a convencerte de que lo tuyo no es tan grave

Supongo que ella sabía perfectamente que tengo el sueño muy ligero y que fingía estar dormido.

No recuerdo el día en que nos conocimos aunque sí el día en que me dejó. Imagino que habrá más gente a la que le pase, pero en mi caso sé que no lo tendría tan claro de no ser porque el once de marzo de dos mil once, a las ocho menos cuarto de la mañana (14:46 hora local), un terremoto que duró exactamente seis minutos provocó el tsunami que arrasó parte de la costa del Pacífico.

Pocas horas antes, la que había sido mi vida durante casi cuatro años me daba una noticia. “Esto no puede seguir así. Me voy”. Que se iba a vivir al piso de unas amigas. Que me quedaba solo, o mejor dicho, con Neko (el gato que adoptó y que sus nuevas compañeras de piso no querían ver ni en pintura). Habrá quien diga que cuánto me gustan los gatos, habrá quien diga que cuánto me molaba ella, y habrá quien diga que hay que tener poca sangre en las venas para no soltarle que no guapa, que el gato te lo comes con patatas. El caso es que aquí tengo al bicho, lamiéndose los genitales como si nada cuatro años, cuatro meses y diecinueve días después, y oye… se hace querer.

Me lo dijo un jueves por la noche sin un “tenemos que hablar” de esos que le ponen a uno en situación. Sí sí, tranquila. Me quedo yo con el gato. Y duermo esta noche en el sofá, no te preocupes. Claro que sí, las serigrafías de Sonic Youth que compré en nuestro viaje a Berlín te las puedes quedar también. Mira que hay que ser huevón. La noche que pasé la he olvidado, pero la mañana siguiente la recuerdo con todo detalle. Yo llevaba una hora escuchándola en la habitación mientras se hacía una maleta de supervivencia para los tres o cuatro días anteriores a La Gran Mudanza. Cerró la puerta dejando sus llaves en la mesita del recibidor. Supongo que ella sabía perfectamente que tengo el sueño muy ligero y que fingía estar dormido.

Puto sofá. Con la espalda hecha polvo vas al lavabo. Ahí estás, quieto y en calzoncillos mirándote en el espejo hasta que lloras un poco (menos de lo esperado, para qué engañarnos a estas alturas de la peli). El gato te mira. Es curioso el sexto sentido que tienen los gatos para identificar que alguien está jodido y permanecer a su lado sin más. Mi hipótesis es que absorben las malas energías como los cactus y que además les mola hacerlo. Vuelves a afrontar el espejo y te das toda la lástima de la que dispones. No vas a poder hacerte cargo de este ático tan grande; te tienes que marchar. Vaya pereza buscar ahora otro piso, la mudanza… casi mejor te vas de Barcelona. A ver cómo lo cuentas en el curro. El gato vuelve a mirarte y…. MIAAAAAAAOOWWWW. Oh mierda. Reconoces ese maullido y esto no es un gato. A la cabrona le ha parecido buena idea entrar en celo el once de marzo de dos mil once. Bueno, ¿quién dice que Neko no pueda ser nombre de gata?

Te vendrá bien un vaso de zumo fresquito porque vaya mañana llevas. Te acercas a la cocina, abres la nevera y sale del interior la típica bocanada de aire caliente de cuando se invierte el termostato de un frigorífico, ese suceso paranormal que por lo visto solo se produce algunos onces de marzo. A ver quién es el gracioso que repara una nevera de un piso de alquiler cuando está pensando en la mudanza. A ver quién es el guapo que se mete en el jaleo de una mudanza con la nevera jodida. Todo bien. Qué hora será. Miras el reloj de la cocina. Pensabas que sería más tarde. Miras el móvil. Son las once y media. El reloj lleva parado desde las diez. “Genial. No sé qué más puede pasar esta puta mañana”. Vuelves al baño, te mojas la cara y ahí te encuentras con tu reflejo por tercera vez. Qué desgraciado eres. ¿Eso lo has dicho en alto? El gato –ahora gata- maúlla y se refrota. Seguro que no hay en el mundo nadie más miserable que tu. Pero entonces vas al salón y enciendes la tele.

Era once de marzo de dos mil once y en todos los canales hablaban de un terremoto de magnitud 9 (el más intenso que ha habido nunca en Japón). Y yo preocupado por una mierda de nevera. En la pantalla, un bombardeo de imágenes casi en directo que parecían sacadas de una peli de Roland Emmerich. Y ahí estaba yo gimoteando como un campeón por una mudancita de mierda. Recuerdo haberme sentido la persona más ruin del mundo al pensar que el cosmos se vio obligado a asolar la costa de todo un país para hacerme entender que lloraba por algo que acabó hace meses, mientras otros lo perdían todo en seis minutos. Recuerdo respirar hondo y pensar que todo debía volver a empezar esa maldita mañana. Había 14900 personas que merecían un respeto.

Ese es el instante exacto en que dejé de ser quien era para empezar a ser quien soy.

__________
Posdata: Casualmente hace unos días tuve a mi ex de visita por Donosti con las amigas que la acogieron en su piso tras la ruptura. Fue muy gratificante comer, beber, reír y bailar juntos, y comprobar que la herida ha cicatrizado. Fue también un gustazo recuperar mis serigrafías de Sonic Youth, aunque todo indica que voy a tener gata para rato.

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2 comentarios

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númerocuatroPor
númerocuatro

Lo único que sabe hacer bien es aguantar sobre la nariz un palo haciendo equilibrio. Lo aguanta mogollón de rato el cabrón. Del resto de cosas no tiene ni idea pero le pone ganas siempre.

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2 COMENTARIOS

  1. Avatar de Ronronia AdramelekRonronia Adramelek

    Antes que nada, me quito el sombrero, hago una reverencia y la ola, porque está muy bien escrito, y me he reído mucho, pero también es un texto muy tierno.

    Quejarse o no quejarse, esa es la cuestión. Tengo una compañera de trabajo que se cree muy desgraciada. Tanto que cuando alguien le confiesa sus preocupaciones contesta: «ojalá tuviera yo el doble de tus preocupaciones». Me entran ganas de decirle, entonces, que seguramente habrá dosmil millones de desgraciados en la Tierra que pensarán lo mismo de ella. ¿Qué pasa, entonces? Que no podemos preocuparnos/dolernos de nada mientras haya un niño que pase hambre o haya una guerra o un desastre natural en algún sitio? Hala, a pastar.

    Una ruptura es un pequeño tsunami, pero es nuestro pequeño tsunami. Si pensar en las horribles desgracias que asolan el mundo nos ayuda a relativizar y a pasar mejor el duelo, bien. Pero más faltaría que nos tuviéramos que sentir culpables por sufrir por ella.

    Que esto no va por tu post, juro porque una cosa me recuerda a otra y acabo de contemplar una banalización de los problemas ajenos exactamente igual a la que comento. Tu post es alegre, comprensivo con los azares de cada uno e incluso tiene un gato que te quedas a calzador pero te acaba robando un poco de corazón, así que es perfecto.

    1. númerocuatronúmerocuatro Autor

      Gracias por tu comentario, Ronronia. Lo de “hacer la ola” te ha quedado muy ad hoc. He tenido un día bastante mierder, pero me abro una cerveza y te contesto, que me apetece.

      En realidad eso de sopesar tu desgracia en relación a las miserias ajenas me ha parecido siempre lo menos, pero relativizar (así, en general) es el truqui en el que estoy basando mi supervivencia diaria a raíz de aquel episodio de mi vida. Y oye, ni tan mal.

      Estar chof es parte indispensable en nuestras vidas (al menos en la mía), y ayuda a reflexionar. Lo que me está funcionando (y lo que aprendí ese viernes en concreto) es a ser consciente de todo lo que SÍ va bien, ya que muchas veces el pathos nos ciega y entramos en ese rollito víctima tan tóxico.

      Otra cosa que me ha llamado la atención es que releyendo el post me he dado cuenta de que todas mis preocupaciones se centraban en “qué coño hago yo ahora” (casa, nevera, mudanza…), y para nada pensaba en “oh mierda, ya no voy a volver a besar a esta tía nunca más”. Ojo al dato.

      Y bueno, eso. ¡Que gracias por leerme!
      ______________________
      Por tu nick veo que eres gatoliber. Así entre tú y yo: Neko NO es la primera gata que adopto sin comerlo ni beberlo. Nunca aprenderé. Al final va a resultar que me gustan y todo.

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