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Relaciones

¿Qué fue de mis entradas para Joy Division?

En algo más de cinco meses no conocí a nadie que me pudiera acompañar, por lo que empiezo a pensar que el problema soy yo.

En realidad no eran para Joy Division (tengo entendido que el bueno de Curtis anda con faringitis), pero sí para Peter Hook & The Light, la banda-tributo formada por el bajista original. Y nada menos que en Manchester. Era de esperar que las entradas para semejante delicatesen volaran, pero conseguí hacerme (allá por junio) con dos. Lo típico que dices… bueno, me pillo un par, que vete tu a saber a quién conoceré de aquí a octubre. Por algo más de 70€ tenía a mi alcance un planazo y lo único que quedaba por hacer era pensar en la compañera de viaje idónea. Y digo compañera porque uno no trama un plan así sin pensar en un folleteo chachi post-concierto en ese hotelito con encanto a 2.3 km del centro.

Pasan los meses y no aparecen voluntarias. Lo suyo seria que fuese una tía “muy de conciertos”. Alguien que flipe con Joy Division y comparta las ganas de escupir a las pijitas que se tunean la camiseta del Unknown Pleasures nada más que para marcar sideboob.

En un arranque de no-sé-muy-bien-qué decidí contárselo a mi ex. Me consta que le flipa el grupo y está deseando ir a Manchester. Bajo ningún concepto pensaba pedirle que me acompañara, así que si hay que elegir una palabra para este gesto supongo que sería “regodeo”. Descartada como acompañante, seguía sin aparecer nadie. Puedo adelantar a modo de spoiler que en algo más de cinco meses no conocí a nadie que me pudiera acompañar, por lo que empiezo a pensar que el problema soy yo.

Mi primera proposición fue inesperada incluso para mí, a pesar de ser a la amiga (entre amiga y simplemente conocida) que me regaló el único vinilo primera edición que tengo de Joy Division. No se trata de alguien con quien tenga demasiada confianza, y apenas la conozco en profundidad pero recibí la noticia de que está muy enferma. Lo dejaremos ahí porque es un asunto por el que prefiero sobrevolar con eufemismos. Saber de su delicado estado de salud me hizo querer conocerla más y mejor y compartir con ella un fin de semana memorable. En un gesto creo que en el fondo egoísta, decidí invitarla formalmente, y aunque en un principio dijo que sí, por motivos me temo que de salud, declinó mi oferta un par de meses antes del acontecimiento.

Siguiente candidata: la chica con la que llevo viéndome año y medio. La típica relación en la que no se sabe muy bien qué eres y que ni avanza ni retrocede, con una persona que te gusta muchísimo PERO. Alguien con la que hay suficiente confianza como para intentarle explicar que no es la elegida por varios motivos, el principal de ellos que no tiene ni idea de quiénes son los Joy Division esos. Defender esta decisión me supuso una tangana memorable de esas de después de cuatro gintonics y varias verdades a la cara. Lo siento, chiqui, pero tú tampoco vienes.

Y cuando creía que me iba a quedar más remedio que invitar a mi amigo el siniestrillo, ocurre algo y la veo en medio de una pista de baile abarrotada. Se está sirviendo una birra artesana colocando el vaso con un grado de inclinación perfecto. Un dedo de espuma. Me acerco a ella. Bailo. La miro y parece que se ha fijado. Se acerca y me roza la mano con sus caderas mientras suena algo de New Order. Esa es la señal. De repente el pinchadiscos cambia de tercio y se pone unas lentas. En plan guateque. La amiga con la que estaba cuchicheando la coge de los brazos y me la arroja entre risas. Sin ser yo mucho de bailar “agarrao”, apoyo las manos en su cintura y acierto a preguntar su nombre. Recuerdo escucharlo en silencio, como si no sonara la canción de “Oficial y caballero” que llevábamos un rato bailando. Recuerdo pensar que sería una acompañante de diez. Como es habitual en mí, al acabar la canción me separé y seguí bailando sin apartarme demasiado pero sin intentar nada más. Al día siguiente la vi paseando con un conocido músico de la ciudad. Un ligoncete de esos con pelazo que me levantan a TODAS las tías que me molan. Descartada también la candidata perfecta a tres semanas del concierto, la cosa empieza a tener mala pinta.

¿Qué con quién me fui a Manchester? Pues con nadie. No voy con la persona a la que quise durante años y me dejó por otro. Tampoco con la amiga que temo perder, ni con la que teme perderme. Y mucho menos con la chica con la que deseé ir. Llegó la semana anterior al concierto y revendí la entrada. Lo hice gracias a los RTs del propio Peter Hook, que se solidarizó con mi causa y me ayudó a recuperar parte de lo invertido. Una tuitera de Manchester llamada Alix me compró una de las entradas en un gesto de confianza mutua sin precedentes: Yo te envío la entrada por mail sin saber si me la vas a pagar y tú me haces el ingreso sin saber si está hecha con el photoshop. Al final ella salió ganando porque la entrada que me sobraba se la regalé para que invitase a alguien. Se ve que fue a una amiga y se lo pasaron pirata.

Y oye… me dijo por mail que he tenido un gesto muy “sweet” y que me debe unas pintas. Nunca se sabe.

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4 comentarios

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númerocuatroPor
númerocuatro

Lo único que sabe hacer bien es aguantar sobre la nariz un palo haciendo equilibrio. Lo aguanta mogollón de rato el cabrón. Del resto de cosas no tiene ni idea pero le pone ganas siempre.

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4 COMENTARIOS

    1. númerocuatronúmerocuatro Autor

      No es mala pregunta. Este tipo de viaje sin compañía siempre sale bien (qué mejor compañero de viaje que uno mismo). Soy el primero en apuntarme a viajar solo, ir al cine o a conciertos solo… pero simplemente esta vez no tocaba. Prefería compartir la experiencia con alguna persona poco conocida y “por descubrir”. Y cuando no apareció, pensé que no está la cosa como para palmar 350€ en un finde para asistir a un concierto. Por muchas ganas que le tenga a Manchester.

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