por que deje a keira knightley
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Por qué dejé a Keira Knightley

Al regresar al hotel, descargué docenas de fotos a mi ordenador y me dispuse a admirar la belleza de Keira. Todo iba bien hasta la cuarta fotografía descargada. Fue entonces cuando la bella figura de Keira parecía haberse volatilizado.

Conocí a Keira Knightley durante el rodaje de la primera de una de las películas de una saga del productor Jerry Bruckheimer. Jerry me había invitado a otra de sus famosas y fastuosas fiestas que daba con regularidad en su mansión de Beverly Hills. Siempre que organizaba una, me llegaba una tarjeta de papel caro, de un gramaje fuera de lo común, ribeteado en dorado. Por todo Hollywood corría una leyenda que aseguraba que toda aquella parte dorada era oro auténtico pero nunca nadie ha querido demostrarlo. Todo el mundo señalaría para el resto de sus días como el perfecto miserable a quien acabara descubriendo la verdad. En estos círculos no puede saberse que un día, alguien decidió ir a un joyero para obtener el veredicto sobre el dorado de las tarjetas de invitación de Bruckheimer. Y nadie quería ser ese alguien, nadie quería ser aquel miserable que afirmara o desmintiera que el ribete estaba hecho de oro y como aquella leyenda daba aún más glamur a las fiestas, la leyenda seguiría siendo leyenda.

Hacia medianoche y con unas copas de más de un ponche infernal, Jerry me contó a grandes rasgos su nuevo proyecto. Una vez más, se trataba de una gran producción con una inversión de millones de dólares, grandes actores en los papeles protagonistas y, lo más importante, sería la primera de un montón de secuelas. Lo escuché con toda la atención que el ponche me permitía hasta que al final me soltó lo que realmente quería decirme:
—…y tú, tendrás un papel en la película.
—Oh, sí, claro —le contesté sin mucho entusiasmo.
Jerry siempre me ofrecía papeles en sus series para televisión y sus películas para el cine pero tengo mis principios: no mezclar la amistad con el trabajo. Así que nunca trabajé para él.

Tres meses más tarde, mi representante me entregó el guión de “Piratas del Caribe”, un contrato por mi papel en el reparto de la película, un cheque a mi nombre con un uno y un montón de ceros y una caja fabricada con madera de un baobab centenario que derribaron expresamente para hacerla. En su interior, una flamante pluma Montblanc de titanio con la cabeza de su capuchón engarzada de esmeraldas. Firmé el contrato con la pluma, me metí el cheque en el bolsillo y leí el título del guión: “Piratas del Caribe: la maldición de la Perla Negra”. Luego, lo arrojé encima de una mesa y me preparé un bloody mary con mucha pimienta y más Tabasco de lo normal.

Llegó el día de ponerme en la piel de un pirata y viajé a una remota isla del Caribe, base central de todo el rodaje, donde iba a representar el papel del segundo de a bordo de La Perla Negra, un barco pirata. Iba a trabajar junto a Johnny Depp y aquello, a decir verdad, me tenía un poco intranquilo. Pero fue nada más pisar la arena blanca de aquella playa paradisíaca que mi intranquilidad por trabajar junto a Depp se desvaneció cuando mis ojos tropezaron con una sirena y no con una de las actrices que iban a representarla en la película, no, una sirena de verdad: Keira Knightley. No pude reprimir mis más bajos instintos y me encaminé directamente en su busca. De lejos era bella. De cerca, también. La abordé como si fuera un pirata real y establecí el primer contacto. Todas aquellas semanas de rodaje, compartiendo horas y horas en remojo (ya fuera por las escenas en que el agua era protagonista o por por las inclemencias meteorológicas), compartiendo desayunos, almuerzos y cenas… hicieron mella en mi y me enamoré, perdidamente. Al finalizar el rodaje, pese a mi principio de no mezclar el placer con el trabajo, Keira y yo ya manteníamos una relación más o menos estable y todo parecía apuntar que nunca dejaríamos de amarnos. ¡Keira Knightley conmigo, la envidia del paseo de la fama!

Un mañana, de no hace mucho tiempo, aproveché un viaje a Berlín para acercarme hasta donde se estaba rodando una producción de Universal Pictures llamada “Un método peligroso” en la que Keira era una de las protagonistas. La dirigía David Cronenberg, a quien no veía desde hacía años, y Viggo Mortensen, un viejo amigo, daba vida a Freud. Lo que más me molestaba era que debería cruzarme con Michael Fassbender, un estúpido charlatán del que se decía por todos los Estados Unidos que había intentado vender las tarjetas de invitación de Jerry Bruckheimer en un establecimiento de “Compro Oro” en el barrio judío de New York. No le soportaba antes y no puedo ni verlo ahora. En cualquier caso, aseguraría que nos profesamos una animadversión mutua. Durante el tiempo que estuve viendo la brillante interpretación de Keira en una de las escenas que rodaban aquella mañana estuve haciéndole fotos continuamente. Me fascinaba fotografiar a aquella mujer.

Al regresar al hotel, descargué docenas de fotos a mi ordenador y me dispuse a admirar la belleza de Keira. Todo iba bien hasta la cuarta fotografía descargada. Fue entonces cuando la bella figura de Keira parecía haberse volatilizado. A cada imagen nueva que se desplegaba en la pantalla del portátil, mi estómago daba un nuevo giro retorciéndose aún más.

Keira Knightley

Volví a Los Ángeles en el primer vuelo desde Berlín sin dar explicaciones. Estuve encerrado en nuestro apartamento bebiendo bloody mary’s hasta que Keira acabó con la película de Cronenberg y, de nuevo en casa, me hizo saber que me abandonaba. Ya me habían llegado rumores de que me la había pegado con el imbécil de Fassbender pero ella se excusó alegando que necesitaba alejarse de mi. Recogió todos los objetos personales que ella misma podía transportar, incluída una réplica exacta de la espada de Jack Sparrow que se utilizó en la tercera entrega de “Piratas del Caribe”, y me adviritó que al día siguiente, aparecería un camión de mudanzas para llevarse el resto.

—¡Vete con Fassbender! ¡Que te compre algo con el oro de las tarjetas de Jerry! —Le recriminé mientras se marchaba—. ¡Me da igual! Además… —añadí mientras la aorta se me hinchaba—: ¡nunca me gustaron tus tres kilómetros de frente despejada! ¡Ni que tu cabeza sea desproporcionada con respecto a tu cuerpo! ¡Ni tu recta mandíbula, que parece que te hayas tragado un cuadrado!

Cerró la puerta dejándome a solas con todos aquellos reproches. Creo que no oyó ni la mitad pero me daba igual. Incluso me daba absolutamente igual que se hubiera liado con el cretino de Fassbender. No podía imaginar que ella saliera algún día dando esa imagen encima de la alfombra roja… y yo a su lado.

En la actualidad, mantengo una relativa relación con Olivia Wilde. La conocí durante el rodaje de uno de los capítulos de “House”. Ella interpretaba a Trece, miembro del equipo de investigación del doctor interpretado por Hugh Laurie (un buen tipo, por cierto). En cuanto la vi vestida con aquella bata blanca supe que no encontraría jamás algo tan bello y delicado. Sí que tiene la frente amplia y despeja. Sí que su cabeza parece desproporcionada con respecto a su cuerpo. Sí que su mandíbula es recta, dura, brusca. Jerry está empeñado en hacerme creer que es el mismo tipo de mujer que Keira pero yo aún estoy más empeñado en que entienda que no, que ella es diferente.

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9 COMENTARIOS

  1. EspoirEspoir

    No son iguales, tío, no jodamos. Una tiene los ojos pardos y la otra verdes. Nada que ver.

    Señores/as del mundo que se cansan rápido de las cosas y encima echan (echamos) la culpa a las cosas, uníos!

    Recuerdo una cosa que escibió Ronronia que es lo que me ha dado más envidia de todo lo que he leído en este blog: «cuando algo me gusta no me canso nunca de ello». Qué suerte y qué maravillosa manera de tener siempre garantizado cierto cupo de felicidad. Yo me canso de todo y cada vez me canso más rápido. Antes me deprimía e intentaba combatirlo; ahora lo sé inexorable y aún es peor, porque a veces interrumpo un momento pleno para un traidor autoanálisis –me estoy empezando a cansar ya?– que hace estallar el placer por los aires.

    Insatisfacción eterna, creo que le llamaba García Lorca, o quizá algún otro.

    Me ha gustado mucho la historia. Me gustan las cosas ácidas hasta que escuecen.

    1. 4Colors4Colors Autor

      Y es que es cierto, es culpa de las cosas. Puede gustarte pintar bolas de color azul pero hacerlo mucho tiempo puede llegar a ser aburrido. Si la bola no evoluciona a cuadrado y el azul no cambia a rojo, y seguramente no lo harán nunca, eres tú quien opta por coger un cuadrado y cambiarás el color. Es decir, te cansaste de las bolas azules… por su culpa :)

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