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Sociedad

Pequeño cabaret ambulante

¿Cómo es posible que nos esté liderando gente que sexualmente nos da asco?

Con el asco tremendo que me daba a mí tocarme un ojo y ahora me pongo las lentillas que da gloria verme. ¡Y con qué arte me las quito! Es fascinante la capacidad que tenemos de adaptarnos a situaciones nuevas y resolver adversidades gilipollas (soñaba con hacer una intro así, un gesto cotidiano que me obliga a mirarme mucho en el espejo).

El otro día voló unos cuatro metros por encima de mi cabeza un tipo desnudo que tenía un pene enorme. Así dicho, es un titular realmente raro, pero es una escena que viví sentado en la platea de un teatro. A priori el cerebro no acaba de gestionar algo así con mucha habilidad, porque ver volar un tipo por encima de tu cabeza, sujetado a un arnés, puede tener sentido, pero visionarlo en pelotas por el aire haciendo acrobacias es algo tan gratuito e innecesario, que hasta te lleva a preguntarte por qué estas cosas no suceden más a menudo.

Y lo digo porque la gente en el teatro estaba como poseída, embriagada de una necesidad de hacer el puto loco durante dos horas y pico. Algunos se despelotaron y todo, para pugnar por un jamón gratis. Joder, qué maravilla.

Y es que nos hemos convertido en algo tan enfermo, que permanentemente vamos en busca de válvulas de escape que nos dejen sacar al loco que todos tenemos dentro, un switch que nos permita compartir esa locura con un grupo de gente durante un lapso de tiempo, aunque sólo sea para ver un pene de palmo volar a cinco metros del suelo.

¿Qué coño nos está pasando? (Me encanta soltar estas preguntas estúpidas al aire sin acotar ni nada, porque las respuestas suelen ser de lo más delirantes. En este caso concreto me acotaré un poco a mí mismo. He venido a hablar de mi libro). Siempre me hago esta pregunta cuando me doy cuenta de que todos los elementos que nos rodean circulan con sus etiquetas de moralidad colgadas de la espalda. Esa especie de código del buen gusto que decide que una foto de un desnudo no puede ir a tu perfil de Facebook, pero sí permite a otro colgar un calvario de gente muerta y descuartizada. Ese horario infantil que prohíbe ver un culo, pero no una tertulia de Telecinco, que esconde el sexo, pero nos ofrece primeros planos de guerras.

Pues mi postura (ojo, he dicho «postura». Empiezo a delirar) es que quiero verlo todo y decidir. Nunca me pareció una buena idea que alguien piense o decida por mí qué puedo o no puedo ver y, honestamente, prefiero ver un desnudo antes que cualquier cosa que pueda estar ocurriendo en el mundo.

Desconozco en qué momento alguien decidió que un desnudo es algo sucio. Supongo que debió ser uno de esos individuos que George Carlin engloba perfectamente en su «People you wouldn’t want to fuck in the first place».

En el caso de la política (cuidado, ahora me meto en un jardín) me gustaría poder votar a alguien con el que me iría a la cama, o por lo menos entender que es un persona que practica sexo sin que me entre una arcada. ¡A uno le apetece enamorarse de esas cosas! ¡Ya no existen Che Guevaras!

Si lo que digo os parece loco, quiero que practiquéis el siguiente ejercicio: iremos añadiendo elementos a una habitación vacía. Primero añadimos una cama, después un poco de música de fondo (podría estar sonando «This Life» de Perry Blake perfectamente) y dejamos que entre una persona en la habitación. De hecho vamos a practicar sexo con esa persona.

Y… ¡Pam! Es Soraya Sáenz de Santamaría. Ahora hay que reproducir lo mismo pero cambiando a la persona: Rajoy, Rubalcaba, Montoro, Esperanza Aguirre, Wert, Fátima Báñez…

¿Cómo es posible que nos esté liderando gente que sexualmente nos da asco? ¡Ahí radica el problema! (sentencio muy a la ligera, soy un niño pequeño señalando una caca de perro).

¡Quememos lo aséptico y que vuelva el cabaret a nuestras vidas! ¡Que vuelva la locura y la gente desnuda a todas horas! ¡Que no nos cierren el bar de la esquina!

Y sobre todo, y por encima de todo, que se muera la gente gris.

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