Bukowski
Relaciones

No quería ser Bukowski

Decidí, en esa pequeña mesa de caoba con olor a cerveza rancia que si seguía escribiendo, lo haría sin mirar hacia los lados.

Tenía yo 17 años y José Gabriel “El Kid” Criollo había puesto en mis manos el libro “Escritos de un viejo indecente” de Bukowski. Era la mitad de los 90s y estábamos sentados en la mesa de la entrada a la derecha del mítico Greenwich Pub en Caracas. Éramos jóvenes, yo el que más. El Kid era joven pero 8 años mayor. Las chicas en en el bar eran jóvenes, de una edad intermedia entre la mía y la de José Gabriel. Ricardo “Mucuchiés” era joven, su hermano Ever lo era aún más, y ya eran, junto a Richard “Greenwich”, los barmen más famosos de la ciudad.

Era medianoche y veníamos de La Cartuchera, un bar cultural que tenía mi hermano. José Gabriel se había licenciado de abogado junto con mi hermano a principios de década y por eso le conocía. Sentados en Greenwich bebíamos Heinekens de 500 bolos (Bolívares) o el equivalente a 3 dólares, él me hablaba de Bukowski. También sonaba Charly García.

Leí Bukowski por vez primera:

“algún hijoputa había acaparado todo el dinero, todos decían estar sin blanca, se acababa el juego, yo estaba allí sentado con mi compadre Elf, Elf estuvo jodido de pequeño, encogido todo, se pasó años tumbado en la cama apretando esas pelotas de goma, haciendo extraños ejercicios, y cuando un buen día salió de aquella cama, era más ancho que alto, una risueña bestia musculosa que quería ser escritor pero escribía demasiado parecido a Thomas Wolfe y, Dreiser aparte, T. Wolfe fue el peor escritor norteamericano de todos los tiempos, y bueno, le arreé detrás de la oreja y la botella cayó de la mesa.”

Allí estaba yo en Greenwich leyendo a Bukowski, bebiendo Heinekens a precio de rico y siendo pervertido literariamente. Sonaba “Ella es un volcán” de la Unión. “El Kid” ya no sonaba, ya no le escuchaba más, yo leía. Yo explotaba.

Más adelante Fred se tiraba un pedo y le decía a su hija de 3 años:

“—doncellita —dijo—, ojalá que algunas de tus horas sean menos duras que las mías.

—te quiero mucho, Freddie —dijo ella.

y le rodeó con sus brazos pero los brazos no podían rodear su cuerpo por completo.

—¡te aprieto! ¡te quiero! ¡te aprieto!

—¡yo te quiero también, doncellita!

la abrazó y la apretó. ella resplandecía, resplandecía. si hubiese sido un gato, habría ronroneado.

—ay, ay, qué mundo extraño —dijo él—. lo hemos conseguido todo pero no podemos tenerlo.”

Maravilloso, “¡te aprieto! ¡Te quiero! ¡Te aprieto!”. Hasta el sol de hoy sigue siendo una de mis frases de ternura favoritas. Sin embargo mi mundo no era extraño. Más al norte, la era Clinton estaba en apogeo, yo empezaría la Universidad, Caracas era un hervidero de futuro y creatividad, yo tenía 17 años, tenía novia y ya mojaba.

Pero Bukowski sí que sabía: “lo hemos conseguido todo pero no podemos tenerlo”. Me preparaba para el 11 de Septiembre, para Chávez, para Lehman Brothers, para mi divorcio.

Las oraciones empezaban sin mayúsculas. El lenguaje era sucio. Los relatos empezaban sin título, solo con una línea que los separaba los unos a los otros. Mis ojos ardiendo, salidos de sus cuencas y desorbitados. Frases cortas y frases largas. Ideas cortas e ideas profundas. Ritmo. Letras y palabras que sabían a Dizzy Gillespie, a Miles Davis, a ¡Bird! aunque Bukowski detestaba el jazz y consideraba que la música pop caricaturiza y reduce la profundidad de las relaciones interpersonales.

“Escritos de un viejo indecente” me llenaba de esperanza y de desesperanza al mismo tiempo. Fue encontrar algo que buscaba sin saberlo. ¡Dios, casi 18 años y no conocía esto! ¿Qué descubriré a los 36? (Ya tengo 39). Sensación similar a la de 4 años atrás, cuando Pearl Jam lanzó el vídeo de “Alive” en septiembre de 1991 y mi cerebro y oídos dieron un giro. Bukowski, en Greenwich, fue otra pieza en el rompecabezas de la parte final de mi adolescencia.

Sonaba Nirvana. Sonaba “Mi agüita amarilla”. Curt Cobain, ya fantasma mezclado con Toreros Muertos. José Gabriel “El Kid” habitaba ahora en la barra. Conversaba con Ricardo, con Ever, con Richard “Greenwich”, y los 4 conversaban con las señoritas en el bar. Otra Heineken fría para mí y conocí en negro sobre blanco a Jimmy Crispin. Más esperanza. Más desesperanza. Un ángel con alas de verdad que jugaba al béisbol y sucumbía a los vicios placeres de la vida terrenal. Un Damiel californiano. Un Casiel beisbolista y heteresexual. Débil.

Mi cabeza. Mi cerveza. Mis retinas. Putas. Carreras. Apuestas. Botellas. Bares. Amor. Libros. Beethoven. Bukowski. Lo grotesco y lo sublime. Historias de los de abajo, de los desechados por el sueño americano. Relatos de un viejo filósofo alcohólico, moral e indecente. Foucault en gotas de realidad, Adorno despeinado. La Escuela de Frankfurt bombardeada y reconstruida dentro de una botella de vino barato. Con grandeza.

Yo ya escribía. Ya había roto con Sábato. Tenía un affair con Borges y Joseph K. seguía siendo mi superhéroe favorito. Y entre sorbos y canciones Bukowski me enseñaba que crear con libertad era posible. Aprendí a unir opuestos. A decodificar la locura. A construir y a derribar. A insultar y a inspirar. A seguir queriendo escribir más y también a dejarlo del todo. Porque todo tiene sentido y nada importa.

El libro se publicó en 1969 como recopilatorio del trabajo de Bukowski en su espacio “Escritos de un viejo indecente” (“Notes of a Dirty Old Man”) en el periódico underground Open City. Le dejaban escribir lo que quisiera y lo hacía. Eso también lo aprendí de Bukowski.

Decidí, en esa pequeña mesa de caoba con olor a cerveza rancia que si seguía escribiendo, lo haría sin mirar hacia los lados. Sin editorial preestablecido. Escribiría (crearía) como quisiera y en la forma que quisiera. Como si fuera el finde del mundo. Eso se lo debo a Hank.

Porque Hank y Charles Bukowski son el mismo. Henry Chinanski también es Hank y es también Charles. Aprendí el uso de alteregos descubiertos. Aprendí que se puede ser transgresor y reaccionario al mismo tiempo. Aprendí que el uso de tacos es un recurso de ritmo narrativo.

Tuve suerte de que “Viejo indecente” fuera mi primera juerga con Bukowski. No solo es el más hilarante sino que con el tiempo, y tras leerlo todo de él, descubres que su narrativa posterior (no incluyo a su poesía) es un refrito de esta época de la columna en Open City. Y así supe que no quería ser Bukowski, que no quería su dolor de vivir y tampoco su intelecto. No quería su alcoholismo pero di otro sorbo a una nueva cerveza. Lo que sí sabía es que quería a Helena y sus “cosas de nailon llamadas piernas” y que, al igual que a Jimmy Crispin, de inmediato yo sería perdonado por mi nuevo amigo Hank.

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