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Relaciones

No mires atrás

Tendrás la regla, te crecerán las tetas y sentirás miedo.

Una noche de invierno cualquiera. Una mujer cualquiera vuelve a casa. Camina deprisa, sin bajar la guardia, sin mirar atrás. En la mano derecha agarra las llaves con la punta hacia fuera, en la izquierda sujeta fuertemente el móvil. Llega al portal. Abre la puerta con diligencia y se asegura de cerrarlas tras ella. Enciende la luz de la escalera. Se monta en el ascensor aliviada, aunque sabe que no respirará tranquila hasta que no entre a casa y cierre la puerta con cerrojo. Nadie la persigue, nadie la amenaza. Sencillamente, tiene miedo.

Esa mujer soy yo, eres tú, es toda mujer. Da igual la edad que tengas, donde vivas, tu aspecto físico o tu forma de vestir. Todas, sí, todas, hemos sentido miedo en ocasiones. Miedo a ser atacadas por la calle, a encontrarnos a alguien en el portal, a que te sigan, o te paren, o te digan algo que roce lo incómodo. Es algo que asumimos, como si fuera parte de nuestra condición femenina: “Tendrás la regla, te crecerán las tetas y sentirás miedo”.

Cuando estudiaba en Francia, me encontraba a menudo con un chico en la biblioteca. Había algo en él que me hacía sentir incómoda, quizás porque no dejaba de observarme, pero nunca le di más importancia. Un día volvía a casa en autobús. Diluviaba. De la parada a mi casa había unos 10 minutos por una calle residencial en la que jamás había nadie. De repente, salido de la nada, apareció aquel chico y se metió debajo de mi paraguas. Me quise morir. Dijo que yo le gustaba mucho y que quería conocerme, mientras me agarraba por el brazo. Intenté ser amable, ilusa de mí, pero no sabía ni qué hacer ni qué decir. Era de noche, llovía tanto, y su aliento se pegaba a mi cara como brea en los zapatos. Llegamos a la residencia universitaria. Tiré el paraguas y apreté a correr. Por miedo a que supiera en qué piso vivía, subí hasta el primero y aporrée la puerta de un amigo. Me abrieron y me encontraron empapada, tiritando, llorando y en shock. Salieron a buscarlo, pero no lo encontraron. Durante días no fui sola por el campus y volvía acompañada a casa. Volvió a asaltarme en el bus, pero iba con un par de amigos que, literalmente, lo echaron a patadas.

Después de aquello no volvió a molestarme, aunque el daño ya estaba hecho. Sembró en mí el miedo, la desconfianza. Algo que pensaba que no era para mí. Fue como perder la inocencia de golpe, como encontrarte a tus padres poniendo los regalos en el árbol.

Seguro que todas de vosotras tenéis una historia que contar: un aparcamiento, un portal, una calle desierta, una noche sola en casa. Saber que eres vulnerable, que alguien ahí fuera lo sabe y te atacará. Hace tiempo conocí a una chica que había sido agredida sexualmente. Su historia era espeluznante, en especial porque se sentía en parte culpable de lo sucedido. “Nunca debería haber vuelto sola a casa”. Ese sexto sentido que te dice por dónde no debes pasar, a quien no debes responder y, sobre todo, nunca mirar hacia atrás. A los niños se les cuentas historias del hombre del saco. Las niñas le hemos visto la cara más de una vez.

El viernes pasado por la noche, cuando volvía sola a casa, sentí de nuevo ese miedo intangible. Apreté el paso, agarré las llaves con la punta hacia fuera y no paré hasta llegar al portal. El miedo caminaba conmigo.

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Sashimi BluesPor
Sashimi Blues

Madre, esposa, profesora de secundaria y otras etiquetas al uso. En Intersexciones doy mi visión sobre esa vida estable que algunos anhelan y otros demonizan.

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