necesito explicar una cosa
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Necesito explicar una cosa

Mi vanidad, sumada a, creo, una honesta necesidad de observación directa y de comprensión profunda, me llevó a publicar un texto pedante, dolorosísimo y totalmente innecesario.

Abro páginas y páginas y en todas veo fotos de familiares destrozados por la muerte de sus seres queridos en el descarrilamiento de Santiago de Compostela. Excepto cuando son de una calidad formal excepcional, cosa que cada vez ocurre menos, tales imágenes son en sí mismas el súmmum del despropósito informativo. Que alguien llore porque se le ha matado un hijo, hasta nuevo aviso, no es noticia. Lo que sería noticiable es que estuviera como unas castañuelas.

Mientras todos los códigos deontológicos habidos y por haber recuerdan la necesidad de proteger el honor y la propia imagen de los implicados o afectados por una tragedia, los medios nos empeñamos en convertir en noticia lo que viene a ser algo más que natural y previsible, y que apenas necesita explicación: el dolor ante la pérdida. Pero en la profesión existe, de hecho abunda, la adicción a la cobertura de “interés humano”.

La falacia y absurdidad del supuesto interés  humano de la tragedia ha llevado al periodismo muy lejos, en el peor sentido de la expresión. Me enorgullezco muy poco de haber sido una relativamente prolífica practicante del asunto. La mayoría de las veces siguiendo órdenes y a disgusto. Otras, creo ahora, por puro morbo. Movida por algo íntimo y algo complejo de explicar, pero morbo. Más que por provocarlo, por saciar el mío propio.

Desde octubre hasta diciembre de 2010 estuvimos muy distraídos en Girona. La detención de un auxiliar de geriatría que se había cargado al menos a trece abuelos, en algunos casos dándoles un trago de lejía, se sucedió de la gesta de un albañil que un día se levantó tal que así y le descerrajó cuatro tiros al patrón, al hijo de éste y a dos empleados de banco.

Ambos casos ocurrieron en Olot, ciudad que ya se había catapultado al primer lugar en importancia de la historia criminal catalana a raíz del celebérrimo secuestro de la farmacéutica Maria Àngels Feliu. Pese a haber pasado un porrón de años, los medios no pudieron evitar el tropo “Qué pasa en Olot” y después del crimen del albañil algunos ciudadanos, dramáticamente carentes del más mínimo sentido del ridículo y la ironía, incluso impulsaron una concentración “por el buen nombre de la ciudad”.

Pues bien, el día después que el paleta pasara por las armas a cuatro personas totalmente inocentes de todo cargo posible e imaginable, la aquí presente se plantó en el tanatorio sin advertir a nadie que era periodista, y después escribió una crónica sobre el ambiente. Lo único que puedo alegar en mi defensa es que no hablé con ninguno de los asistentes “civiles” (sí con otros personajes relacionados con el entierro: ante esos sí me identifiqué) y que sólo escribí sobre lo que escuché, sin presionar a nadie para obtener declaraciones. No tengo valor de colgarla. Si la queréis leer, se titula “El dol, la ràbia i la catarsi”. Tal que así. Me debí saltar, y mis jefes también, la clase en que se explicó que nunca se debe titular con una palabra que tu abuela no entienda.

Escribí hasta sobre el estado de los cuerpos. El día que se publicó me llovieron palos de todas partes. Con razón, según veo ahora. Mi alegato, lo recuerdo perfectamente porque me tiré media mañana respondiendo mails de lectores escandalizados, fue que un hecho que había afectado tan dramáticamente al tejido social de Olot, hasta el punto que casi cada uno de los 33.000 habitantes conocía o tenían contacto con alguna de las víctimas, merecía una cobertura ad hoc. El tanatorio se había convertido en aquellos días en una especie de ágora que reunía inéditamente a la ciudad, aunque fuera a raíz de un suceso horroroso, y pretendí captar la enorme transcendencia de los crímenes a través de tal metáfora.

Gilipollas de mí. La crónica, releo ahora, no aporta casi nada y lo que aporta no tiene importancia alguna o es directamente desagradable. Un crimen así no necesita de ningún nuevo prisma ni ostias conceptuales, se explica solo y es jodidamente fácil de entender. Mi vanidad, sumada a, creo, una honesta necesidad de observación directa y de comprensión profunda, me llevó a publicar un texto pedante, dolorosísimo y totalmente innecesario.

No fue nuestra única gesta. Fui de los primeros en saber dónde vivía el presunto asesino. Tras poco más de una hora de la comisión de los asesinatos envié a alguien a la casa, de manera que casi fue el periodista el que informó a un anciano de 90 años (el padre del hoy asesino convicto) de que su hijo había perpetrado una masacre. El anciano se asustó porque, a raíz de las primeras preguntas, pensó que a su hijo le había ocurrido un accidente. La respuesta del periodista fue sumaria: “No se preocupe, que de salud está bien”. Es un hombre razonable y su segundo ataque de lucidez consistió en no hablar más con el pobre abuelo e ir a buscar al alcalde del pueblo.

¿Por qué hacemos cosas así? Los medios son complejos. Los periodistas, también. A veces también somos tontos. Y casi siempre tenemos prisa, y la inercia de la industria te impulsa a buscar algo que aún no hayan dicho los demás. “Se puede descubrir el mundo a través de un periódico. También se pueden descubrir los intereses del grupo propietario, las manías personales del director, un buen puñado de errores y a veces un poco de (…) “ficción interesada”. Un periódico es un artefacto complejo que conviene manejar con cuidado. Y con un punto de escepticismo, como todo en la vida”, dice el periodista Enric González, propietario de una prosa limpia y clara y hermosísima y de una cabeza fenomenalmente dotada para encontrarle el punto lírico a temas que en manos de otro serían un tostón. No todos estamos tan dotados, desgraciadamente para la profesión.

Esta flagelación pública deriva de lo leído sobre la tragedia de Santiago, donde se ha estrellado un puto Alvia lleno de gente que iba a una fiesta. Los exabruptos son de rigor, y la justicia divina no existe: en este país circulan cada día Alvias y AVEs ocupados tan solo, y eso con suerte, por el espíritu de las navidades pasadas. El excelente análisis de Casiopea y comentarios como el de Monsieur Le Six me han llevado hasta aquí, es decir, a preguntarme por qué quise ser periodista, y por qué he dejado de serlo. Al menos de momento, y hasta que me responda algunas cosas.

_________________________________________

Enviado por: Esperança Padilla

Os recordamos que este texto pertenece a la sección “DÍA 1″: puedes enviar tu relato al mail dia1@intersexciones.com y podrá salir publicado.

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5 COMENTARIOS

  1. Avatar de Ronronia AdramelekRonronia Adramelek

    El tipo de autocrítica que te haces es inteligente, muy valiente y te honra.

    Dicho esto, me cuesta echarles la culpa a los periodistas por lo siguiente: hoy en día un medio de comunicación es fundamentalmente un negocio que vive de los anunciantes y, por lo tanto, de cuanta gente lo consuma, de cuantos compremos ese periódico, veamos ese canal.

    Seguramente en otros momentos no era tan fácil medir la aceptación de determinadas imágenes pero ahora es muy sencillo. Entras en la portada de cualquier periódico online y puedes elegir si pinchar en el enlace que pone “imágenes de la tragedia” o “la desolación de las familias”. A lo que voy es a que ahora es muy fácil saber si el amarillismo hace ganar o perder público. De igual manera que se puede saber sin dificultad ni prácticamente coste cuántas personas han pinchado en el enlace morboso, también es posible medir cuánto tiempo en media permanecen en él, es decir, puedes saber si la gente entró sin saber a lo que iba y se fue horrorizada sin que le diera tiempo a percatarse de los anuncios que rodean la noticia o si se quedaron allí regodeándose en la sangre, el dolor o las miserias.

    Por lo anterior es por lo que me temo que si las grandes empresas de comunicación no sólo no reculan en el sensacionalismo fácil sino que se lo demandan a sus periodistas es porque la gente es en su mayoría morbosa y sí consume ese tipo de “información”.

  2. monsieur le sixmonsieur le six

    Siempre es de aplaudir la autocrítica, así que felicidades por echar la vista atrás aceptando lo bueno y lo malo. Nunca está de más. Desgraciadamente, como ya dije en otro sitio, textos como este me hubiera gustado leerlos hace 10 años, cuando aún quedaba alguna leve esperanza para el periodismo y escaseaba esta capacidad de aceptar los propios errores.

    A día de hoy, en cambio, ya no es raro leer estas cosas, lo que me hace preguntarme si el periodismo no viene a ser como un hombre que muere y cuya alma va al otro mundo, y mientras esta alma asciende al más allá, recapacita sobre su vida pasada y reconoce los errores que entonces no supo o no quiso ver, pero ya es tarde porque ha muerto y no puede repararlos. Quizás, por tanto, esta misteriosa capacidad de autocrítica que se ha adueñado de los periodistas desde hace unos años sea un síntoma de que, como ya se da todo por perdido, como no se espera ganar ni reconocimiento ni apenas dinero ante tanto desprestigio social y tanta degeneración de las empresas comunicadoras, pues parece como que no importa tanto reconocer los errores pasados.

    Ante el comentario de Ronronia, me gustaría citar algo que vi hace tiempo por la TV. Era la época en la que se creía que Belén Esteban era la reina de la audiencia, y que media España estaba pegada al televisor cada vez que aparecía, lo cual, según algunos, justificaba la apuesta que por ella hacían los medios entonces. Se comentó en ese programa cuáles eran los índices reales de audiencia, y el tipo que conocía los datos sorprendió a todos mencionando que, por ejemplo, el programa Saber y Ganar, de TVE, que lleva más años que Matusalén en antena y no es más que el típico programa de preguntas, tenía un índice de audiencia muy similar al de la Esteban, lo cual explicaba que durante todos estos años, se hubiera mantenido.

    Quiero decir con esto que ojo con lo de la audiencia, porque se habla mucho de que la gente quiere morbo, pero a la hora de la verdad (y dejando aparte hechos puntuales como un Barça-Madrid), si le das algo que valga la pena, también sabe escogerlo (véase por ejemplo el caso de Salvados). Lo que pasa es que, por un lado, a veces se exagera (no sé si conscientemente) la audiencia de los programas morbosos, y por otro, la gente necesita ver algo en prime-time, así que si sólo le pones basura, pues se producirá el efecto de la profecía autocumplida y… voilá!: verá basura.

  3. Avatar de Anita Patata Frita

    Pff que fuerte, me parece una historia dura pero que refleja bien como se sienten ellos, los periodistas (Fui contratada como “periodista” y duré 1 mes en el curro , me despedí sin cumplir ni un mes, no era para mi, no me sentí como tal ni un solo día) creo que es una profesión tan vocacional como médico.

  4. EspoirEspoir

    Gracias a todos por vuestros comentarios. Sólo una cosa: ésto lo he escrito cuatro meses después de dejar el trabajo. Cuando estaba cada día metida en ello ni me lo planteaba, o si sentía un ligero runrún en la conciencia lo dejaba atrás de un plumazo, porque no me podía permitir pararme a pensar sobre el trabajo, pues había que trabajar. En ciertas profesiones, un año sabático debería ser de rigor cada cierto período de tiempo -en mi caso el límite, marcado por conflictos como el descrito y por otros muchos, fue de siete años. Si mi sueldo me lo hubiera permitido, habría pillado una excedencia, estaría dando la vuelta al mundo y tras ello habría vuelto a desempeñar el mismo trabajo mucho mejor y de otra manera. Pero la dictadura del mileurismo provoca que esta clase de meditaciones deban ser necesariamente en períodos cubiertos por la prestación de desempleo. Bueno, eso que se pierden… Otra empresa sabrá aprovecharme mejor. Algún día.

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