rechazos
Relaciones

Mujeres holandesas de Amsterdam

Nadie se ha molestado en explicarme que hay situaciones en la vida, que duelen extrañamente un nivel por encima del dolor.

Dice Joaquin Sabina que amor se llama el juego en el que un par de ciegos juegan a hacerse daño. Igual no hace falta llegar hasta el amor. A veces, en recorridos menores las batallas también pueden llegar a ser campales.

Es de madrugada y estoy con un amigo en un bar. Las casualidades de la vida le han llevado a encontrarse con un antiguo ligue suyo, una chica holandesa de pelo rizado que viene directa hacia nosotros para hacer una proposición que mi amigo va a rechazar. Un minuto después, aparece una amiga de la holandesa, una rubia de voz estridente bastante borracha, que viene a intentar poner orden logrando un desastre aún mayor. El desinterés navega por el lugar y las holandesas se van. La tranquilidad vuelve. Pero los teléfonos también se crearon para insistir. No existe nada peor que insistir cuando te han dicho que no.

Al otro lado del teléfono, en otro lugar de la ciudad, una chica de Amsterdam no entiende lo que puede estar fallando para no poder pasar esa noche con él. Sigue insistiendo un poco más, ahora desde otra red social, y la pantalla del teléfono de mi amigo recibe notificaciones desde todos los canales posibles. Encima de la barra del bar, el cacharro se enciende y se apaga como un maldito árbol de navidad. Nos miramos sin decir nada, levantamos los vasos de chupito y brindamos por una vida sin 4G ni wifi.

Durante un rato pienso en la holandesa y en lo curioso que resulta cuando nos encaprichamos de situaciones que son imposibles. Y justamente esa naturaleza imposible, despierta en uno unas ganas de derribar cualquier barrera a dentelladas. Nadie entiende el rechazo como un proceso normal de la vida, nadie parece encajarlo con deportividad sin que se le haga añicos la autoestima.

Dice Coque Malla que para reparar un corazón, hay que unir los pedazos y sumergirlos en vino. Igual no hace falta llegar a romperse del todo para probarlo. A veces, en rupturas menores uno luce unas heridas dignas de estudio.

Es de madrugada otra vez y se enciende mi teléfono. Una amiga me reclama porque el rechazo ha entrado en su vida como Pedro por su casa y le ha puesto el sentido común patas arriba. Es curioso lo fácil que es aconsejar cuando el tema no le afecta a uno, ¿verdad? No me importa admitir que tengo los circuitos de la inteligencia emocional pelados a más no poder, pegando chispazos, pero eso no quita que no me venga arriba si me preguntan sobre qué debe hacer uno cuando alguien no le hace caso. Me pongo la ficticia bata blanca de experto, analizo la situación mientras fumo una pipa imaginaria y cruzo las piernas encima de una mesa de despacho inexistente. Y al igual que la mayoría, tengo la capacidad de ver en los demás todas las cosas que soy incapaz de ver en mí. Ese tipo de persona soy yo: la que disfruta metiéndose en jardines de los que no logra salir, mientras resuelve los problemas de los demás con una precisión de cirujano.

Dice Ayala que a determinadas edades, planificas hasta las casualidades. Mi casualidad planificada fue pedirle, un jueves a las ocho de la mañana, que leyera este texto y me regalara un párrafo.

Y esta fue su respuesta.

Para cuando las dobleces del sufrimiento consigan que nos gobierne una política de acordes menores, salgamos a la calle vestidos de rechazo, luzcamos las heridas con actitud de Sísifo, como tatuajes, como quien busca amigos en la barra de un bar, como quien por casualidad, encuentra mujeres holandesas de Amsterdam, vestidas de rechazo también.

Es por la mañana cuando llega mi turno de recibir un tortazo por perseguir situaciones imposibles. Podría decir que no ha sido de una magnitud insoportable, pero el rechazo tiene esa textura que tizna todo lo que toca y embrutece el aire hasta llegar a hacerlo irrespirable. Nadie me ha enseñado a enfrentarme a estas miserias diarias. Nadie se ha molestado en explicarme, que hay situaciones en la vida que duelen extrañamente un nivel por encima del dolor. Con el tiempo, aprendes a hacer las cosas solo, a ciegas, equivocándote. Aprendiendo de los golpes, de los mensajes, de los abrazos. Tarareando en silencio a Enrique Bunbury; de pequeño me enseñaron a querer ser mayor, de mayor voy a aprender a ser pequeño.

¿TE GUSTA?  

+28 -0

Dolor  Rechazo  

Un comentario

COMPARTIR


Edu BatetPor
Edu Batet

ÚLTIMOS POSTS

UN COMENTARIO

Deja un comentario

TE PUEDE INTERESAR

rechazos
Relaciones

Mujeres holandesas de Amsterdam

Por Edu Batet | 13 mayo, 2016

Dice Joaquin Sabina que amor se llama el juego en el que un par de ciegos juegan a hacerse daño. Igual no hace falta llegar hasta el amor. A veces, e...

CONTINÚA LEYENDO >
relaciones toxicas
Relaciones

Yo soy tóxica. Pero tú también

Por Alena KH | 9 mayo, 2016

Hay tres cosas que están muy de moda últimamente: meditar, comprar libros para fotografiarlos y aislarse de las personas tóxicas. Lo de meditar tie...

CONTINÚA LEYENDO >