Relaciones

Mis taxistas y yo

Yo, como todos, sufro con los tacones a pesar de pasearme con ellos por toda la puñetera ciudad aguantando el dolor de pies con una boca estirada, simulando una sonrisa, porque alguna expresión tengo que tener en una cara arrepentida de poner estos rascacielos tan monos de la muerte que quedan fantásticamente bien con esa [...]

Yo, como todos, sufro con los tacones a pesar de pasearme con ellos por toda la puñetera ciudad aguantando el dolor de pies con una boca estirada, simulando una sonrisa, porque alguna expresión tengo que tener en una cara arrepentida de poner estos rascacielos tan monos de la muerte que quedan fantásticamente bien con esa falda. No hay nada más humillante que cojear con los tacones y que todos los demás sepan que te duelen. De lo contrario todos, y repito: TODOS te mirarán con esa cara entre la compasión y lástima, – esa que te provoca arcadas, y algunas hasta con alegría, pensando: “¿Hace falta ir de divina y sufrir tanto?”. Y encima tienen razón, cosa que jode todavía más que el insoportable dolor de los pies. Así que una gran parte de dinero destinado a otras cosas, igual de tontas que ésta, más de una vez ha acabado en manos de los malditas taxistas.

Yo los odiaba. Por hacerme pagar 10 euros por un trayecto de mierda. Los odiaba a ellos y me odiaba a mí misma por ser igual de estúpida la mañana siguiente poniendo esas plataformas que no duelen nada, sólo que aprietan un poco, pero, al ser de piel, se adaptarían enseguida. Ese “enseguida” no llegaba jamás y yo volvía a levantar la mano para sentarme en un salón de algún graciosillo que estaría escuchando fútbol, tendría cara de mala leche o, aún peor, ganas de hablar.

Los de hablar suelen trabajar de noche. Supongo que entre el aburrimiento y las ganas de enterarse de todo, se lo pasan bomba. No sé si en vuestra ciudad ocurre a menudo, pero en Barcelona, cuando sales de alguna discoteca (club, bar) a partir de las 3 de la madrugada, y más si el establecimiento se situa al lado de la playa repleta de turistas, ya están todos allí, como en un mercadillo: “Aquí, aquí” ,- gritan cada cual más emocionado. No sé si hacen apuestas, pero parece que por el simple hecho de elegir su coche les solucionas la vida. Algunos insisten en que hay una cola y tienes que sentarte en el primer coche de ésta. Pero la gran mayoría se la pasan por el forro y, mientras que “los correctos” y por lo consecuente “los pobres” intentan explicarles las normas, los listos pillan a los turistas y los meten para dentro.

Yo intento escoger los de la “cola oficial”, y entre aquellos- al de la cara más simpática. Y siempre me equivoco. Por norma general me tocan los parlanchines. Os digo una cosa, yo creo que los taxistas deberían tener una especie de juramento hipocrático que les impidiese contar las historias íntimas de los demás. Y, en caso de decir los nombres o enseñar directamente al protagonista por la calle (suelen ser los clientes habituales de la discoteca desde la que te llevan), merecen la pena de muerte. De muerte profesional, de muerte taxista. ¡Qué menos!

Gracias a esas “amabilidades” disfrazadas de conductores, me enteré un día que el novio de mi amiga le ponía los cuernos. Para que os hagáis la idea.

Por todo aquello: por cobrarme un dineral con sus tarifas inventadas y por intentar llevarme por el camino más largo que se puede inventar,- los odiaba a muerte. Nunca les contaba nada de mi vida, ya que viendo el panorama de sus historias acumuladas, me daba miedo que todo Barcelona se enterara de mis problemas. Aunque un punto de vista ajeno nunca sobra. Pero de un taxista no. Jamás. Son unos radio patio. Y el patio de Barcelona es más bien pequeño, por mucho que intentamos parecer la segunda capital.

Todo esto fue mi regla personal hasta que… me emborraché como una desgraciada por haberme separado de uno de los posibles amores de mi vida y mis futuros ex maridos y me tocó Pablo de taxista.

- Donde vamos, señorita?

- Paseo de Gracia con Diputación

- Muy bien. Ponte el cinturón que despegamos.

 “Otro graciosillo no, por favor. HOY NO”, – pensé, cuando Pablo me hizo la típica pregunta para entablar una conversación:

- ¿Qué tal?

No me preguntéis por qué, pero aquella pregunta me sonó a algo más que a un simple “qué tal”. Deduzco que fue porque por una puñetera vez en mi vida necesitaba hablar. Con un desconocido. Contarlo todo y explicarle las razones de mis ganas de llorar, a pesar de que no había sucedido nada grave. ¿Pero a quién no le parece prácticamente mortal una pequeña separación por muy insignificante que sea, cuando llevas más de tres copas de Dry Martini encima?

- Muy mal, – le respondí y rompí a llorar. Pablo paró el coche, – No es por nada, querido taxista, perdona, ¿cómo te llamas?

 - Pablo

- Pues eso, Pablo, a mi esos trucos no me van. Apaga el contador.

- Está apagado desde el momento cero en el que te has subido al coche con tu cara de “ahora mismo me suicido”.

 - Un detalle por tu parte.

- ¿Qué te ha pasado?

- Pues… lo he dejado con mi…¿novio?

- ¿Ahora mismo?

- No, hace una semana. Pero sigo sin entender los motivos y, si te digo la verdad, cualquier cosa que no comprenda me enrabia de una forma sobrenatural.

- De acuerdo. ¿Quieres comer algo?

- Estás de servicio. Además, no tengo ganas de contarte mi vida para que me pongas en ridículo delante de tus compañeros cuatro horas después.

- Eres idiota. Acabo por hoy. Nos vamos a comer un kebab. Otra cosa no te puedo ofrecer estas horas.

- No quiero hablar contigo.

- Sí, quieres.

Tenía razón. Me moría por contarle todo lo que me había pasado en los últimos meses:

 - Vale. Vamos a por un kebab.

Si supiera en aquel entonces que allí no se acababa la cosa, posiblemente habría comido el kebab con algo más de dignidad. Ya se sabe: la prueba del kebab es esencial a la hora de establecer una relación. No hay nada más desagradable que ver cómo a una tía bebida se le gotea la salsa por la barbilla o se cae un trozo de pollo. Él no lo sabía, lo mío fue por pura poca costumbre de no comer nunca los kebabs. Me imagino que la escena no fue nada agradable, pero, teniendo en cuenta que mi vida en aquel entonces tampoco tenía nada de atractivo y mi forma de explicar las cosas estaba influenciada por el maldito Martini, me relajé. Le conté lo de mi trabajo, del capullo de mi jefe, del imbécil de mi ex novio (que en realidad no lo fue tanto, pero la cara de compasión de Pablo me ha despertado mi vocabulario más oculto y que, además, es mucho más fácil ser víctima que culpable), lo de mi indignación con mi amiga y hasta lo mucho que le echaba de menos a mi perro que murió hace 18 años.

Me desperté a la mañana siguiente en mi casa en pijama, con el desayuno preparado en la cocina y una nota: “Tranquila, no ha pasado nada”.

No fue nuestro último encuentro y unos meses más tarde nos volvimos a ver y hasta fuimos un poco novios. Él ya no trabajaba de taxista, aprobó las oposiciones para ser bombero y unos meses más tarde se marchó a Sevilla.

Desde entonces dejé de maltratar a los taxistas en mi agobiada mente y hasta hice amigos. Descubrí que ser amable alarga la sonrisa y acorta el camino hasta casa, con lo cual pagas menos. Que los hay hasta simpáticos, incluso los que no se enteran de nada.

Como en el caso de Moussa, el taxista mauritano que no hablaba ni una pizca de castellano y desconocía las calles de Barcelona. Le tuve que explicar en inglés cómo llegar a mi calle y, cuatro segundos más tarde, dónde estaba la dicha calle. Me puso de los auténticos nervios y unos minutos y un donut (que llevaba en mi bolso) más tarde me dio pena. Por el empeño en entenderme y las fotos de su familia repartidas por todo el coche. Me ofrecí a darle clases de castellano y él- llevarme gratis a los sitios que necesite las veces que quiera. Yo, si tuviera que llamarlo cada vez que me ponía los tacones, le habría arruinado. Así que le pagaba un toque  un par de veces a la semana y le salvaba la vida a mis pies, mientras que yo, los miércoles y los viernes, le ayudaba a no perder su trabajo. Moussa ha aprendido rápido y se lo enseñó a su mujer. Han pasado más de cuatro años, pero sigo viéndome con toda su familia una vez al mes, cuando cocinan tayines de pollo.

¿Y cuáles son vuestras experiencias con los taxistas?

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Alena KHPor
Alena KH

La palabra “ex” me ha acompañado durante gran parte de mi vida. Soy la ex-soviética, la ex-esposa, la ex-bailarina.

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25 COMENTARIOS

  1. Denbrough

    Muy bueno, la verdad es que los taxistas son una extraña especie de profesionales, si vas en coche siempre te quejas de ellos y si los necesitas, nunca están.
    En ese aspecto soy muy como tu, de no hablar ni decir nada, tambien por el motivo de timidez y estar cabilando siempre en un mundo aparte. Pero no he tenido ninguna experiencia ni agradable ni desagradable.

    De todos modos de buenas y malas personas las hay en todas partes y trabajos ;)

  2. Eustano

    Que increible historia. Son geniales las relaciones que podés entablar con desconocidos cuando te animás a interactuar. ¿No te ha sucedido de pensar que hubiera sucedido si conocías a determinada persona? Yo me lo he preguntado más de una vez.
    Ésta es la humilde opinión de un Argentino que te lee siempre.
    (Por cierto, coincido en no tolerar a quienes no utilizan signos de puntuación)
    Un beso Alena,

  3. Narayani

    Pues yo encontré una vez un taxista que me sacó de un gran apuro por cero euros. Salí en el metro de Móstoles pensando que encontraría allí un montón de taxis, pero no había ninguno. Ni allí ni en varias manzanas a la redonda. Yo tenía una reunión en un polígono y después de caminar un rato encontré un taxi vacío y con las luces apagadas. Sólo había un hombre en la calle y le pregunté si era suyo el taxi. Me dijo que sí pero que no me podía llevar porque era su día libre. Cuando vio mi cara de angustia cambió de opipnión y me dijo que me llevaría pero que no podía cobrarme nada así que me llevó. Quise pagarle cuando llegamos pero no lo aceptó y además me dio una factura por unos pocos euros por si quería pasarlo a gastos en mi empresa. Lo único que me pidió fue que le llamara si alguna vez iba al aeropuerto y así lo hice. No nos llegamos a hacer amigos pero me gusta la anécdota y recordarla de vez en cuando.

    Besos!

  4. Maia

    Puff yo los tengo de todos los tipos porque además me tienen que llevar al pueblo de al lado que está a 15km y el trayecto da para mucho.

    Lo que peor llevo es los que conducen como si fueran Fernando Alonso en el Ferrari. Esos me ponen histérica.

    Una vez iba hablando con uno, le llamó un amigo suyo al teléfono y con el manos libres puesto estuvieron cotilleando de otro amigo que tenían y de lo buena que estaba su novia. Eso sí que fue bastante subrealista, jaja.

    Besos!!

  5. Ronronia Adramelek

    Cosas que odio en un taxi. Odio coger un taxi y…

    1)Tener que oír en la radio lo que al taxista le da la gana y al volumen al que le apetece.

    Si les dices que apaguen la radio, te montan un choto del quince. Sólo los maleducados, claro, pero es que sólo los maleducados llevan la COPE o El Larguero o Radio María puestas a toda caraja.

    2) Tener que oír las opiniones políticas del taxista.

    “Perdone si le he dado la impresión de que me importa una mierda su opinión,” me dan ganas de decir. Como soy tan fina les suelo decir algo del tipo: “Disculpe que no le escuche, pero tengo que hacer una gestión con el móvil y me despisto (o tengo que leerme este informe cuanto antes).” A pesar de todo se me rebotan a veces.

    3) Que no tenga aire acondicionado, en Zaragoza en verano con 45º a la puñetera sombra.

    Me ha pasado. Estar vestida de punta en blanco para una fiesta/boda/funeral/celebración y parar un taxi. Darme cuenta de que no lleva aire acondicionado y decirle que siga su camino y el fulano querer cobrarme la bajada de bandera y despacharse insultándome hasta que le ha dado la gana de largarse. En momentos así se ve que el resto del mundo también es taxifóbico, porque enseguida los viandantes se paran a ayudarte.

    4) Que huela a tabacazo.

    No lo soporto, el olor a tabaco en los coches. No lo aguantaba ni cuando fumaba, jamás he fumado ni permitido fumar en mi coche. Me trae recuerdos de viajes interminables de Burgos a Andalucía en el 600 con todo el calorazo y mi padre encadenando un pitillo tras otro y preguntándome cada 10 minutos si me mareo. ¡Pues claro que me mareo, recoño! ¿Y quíen no? No puedo con eso. Abro la puerta, la cierro y se lo digo al taxista. Cuatro de cada cinco se ponen como fieras.

    5) Que el taxista empiece a despotricar airadamente sobre el resto de automovilistas.

    Juramentos, gritos, insultos, pitidos. Si quisiera que el tráfico me pudriera el ánimo sacaría el coche del garaje por la mañana. ¿No son profesionales? Deberían airarse menos antes los errores o egoísmos ajenos, tendrían que estar acostumbrados. Parece que no.

    6) Odio llegar a una parada de taxis y tener que respetar la fila establecida.

    Llegas y el primer taxi no tiene aire acondicionado, el segundo taxista está fumando dentro del taxi, el tercero es cutre y se le oye la COPE tres metros más allá y el 4º… el cuarto es perfecto. Amplio, limpio, fresco. Pero manda narices que el 4º no lo puedo coger.

    Creo que aún quedan demasiados taxistas piensan que su taxi es su castillo y actúan como si te dejaran entrar en él por favor en lugar de estarte ofreciendo un servicio de transporte. En algunas ciudades las normas especifican que el cliente tiene derecho a elegir la emisora y el volumen de la radio, así como la apertura de las ventanillas y el aire acondicionado. Eso está bien.

    Claro está que también hay gente maja, educada y buena pero el sistema en lugar de beneficiarles les perjudica porque el problema es que tú no puedes elegir un taxista o un taxi en concreto, ni cuando llamas a una centralita ni cuando hay veintitantos en fila en una parada.

  6. Cristina

    Mi experiencia en un taxi :
    - por favor al aeropuerto
    -Como te estaba contando ( dirigiendomé a mi marido ) pues el cabrón, jodeputa de Fernando vá y le dice a Marta ¡Que lleva doce años enrrollado con su secretaria!¡Será mamonazo !y la pobr…….
    - ( taxista) perdón ¿Marta es enfermera del Ramón y canal ?no….ejem perdone que me meta ….pero es que soy amigo de Fernando…..y …a ver ….el feliz , feliz no era…….
    ¡¡¡¡¡¡¡¡
    Ha sido la única vez en mi vida que alguien ha conseguido tenerme callada en estado cartatonico 30 minutos .
    Poco despues me compre una bici con motor.

  7. Marinita®

    Como en todas partes una sonrisa y algo de educación hacen mucho. Pero a veces hay que aguantar los gruñidos o caras serias como respuesta… Aún así, compensa por la gente que te devuelve la sonrisa, o te ofrece su amistad. Cogí un taxi una vez para ir a la parada del último autobús que me llevaba a casa después de trabajar, faltaban 5 minutos y no podía pagar el taxi a casa. El conductor se saltó semáforos para dejarme a tiempo y cobrarme 3 euros en lugar de los 20 que habría tenido que pagar si se me escapa el autobús. Aun se lo agradezco.

  8. Espoir

    Cómo se nota que sois chicas de ciudad!

    Yo, pobre provinciana residente en la inmortal (y mortalmente aburrida) Girona, me tiro de cabeza a un taxi cada vez que pongo un pie en una capital. La civilización es leer La Vanguardia mientras me pasean en un coche amarillo y negro Diagonal arriba, Diagonal abajo. Qué gustazo. Qué descanso! Por supuesto, conversación la justa y pido, por favor, que bajen el volumen de la radio. Alegar un inexistente dolor de cabeza es generalmente la forma más útil de conseguir las dos cosas.

    Me ha encantado tu historia con Pablo. Una también tiene un pasado como residente en Barcelona, esa ciudad que hoy día simboliza tan bien mis fracasos, y recuerdo carreras míticas con taxistas aventureros que, antes de dejarte en casa, te invitaban a un café en uno de esos primeros bares de currantes eternamente abiertos por muy grises que fueran las madrugadas.

    La primera vez que viví en Barcelona no tenía aún los 18 y acababa de escaparme del pueblo. Iba a decir como si me fuera la vida en ello; pero es que efectivamente me iba la vida en ello. Recuerdo montarme en taxis simulando acentos extranjeros e inventarme una vida para cada ocasión. A veces pensé que le había explicado dos milongas totalmente diferentes al mismo taxista. Si fue así, no se dio cuenta o bien fue tolerante con mis estúpidas fantasías adolescentes.

    En un taxi puede pasar cualquier cosa. Ya lo explicó Jim Jarmusch: http://www.youtube.com/watch?v=8kNAdDonorM

  9. Superficiales

    Que chula la historia! Yo un poco igual, primero me ponían de los nervios.. pero luego si te relajas y ves que su trabajo es estar 8 horas sentados en un coche pues intentas ser lo más amable posible. Lo que llevo fatal es los que conducen rápido y dan frenazos, no lo aguanto, que hagan eso cuando vayan solos! Y los que llevan el taxi sucio y maloliente, no puedo con ellos. Eso sí, cuando veo que lo tienen cuidado les felicito!

    besos ;)

  10. SkiterSkiterio

    Me recuerda a las historias que cuenta Ni Libre Ni Ocupado (taxista madrileño), pero versión desde el asiento de atras. Si un dia os encontrais en un taxi, los relatos en vuestros blogs pueden ser apoteósicos :D

    http://blogs.20minutos.es/nilibreniocupado/

    (nota: Apuesto a que muchas se han quedado en las oposiciones de bombero, y elucubrando por que “no pasó nada” con semejante taxista pre-calendario anti-incendios…jajajajaajajaja…)

  11. Sara

    Jajja cómo te entiendo! Veo que entre tú y yo podemos dar de comer a unos cuantos taxistas de Barcelona!! xD
    Yo tengo imán con los taxistas que se ponen a divagar, y lo que empieza siendo un: qué jodido está el país, acaba siendo una terapia existencial en toda regla.. Yo mira que no soy mucho de hablar (la técnica de mirar concentrada el móvil suele funcionar).. Pero al final me acabo liando, me enrollo en mis paranoias y cuando me quiero dar cuenta me han dado una vuelta del copón y me cobran la pasta.. Malditos..

  12. Anita Patata Frita

    Yo creo que jamás diría que si a irme a comer un kebak con un taxista que no conozco de nada y llorando cual madalena por una ruptura… claro que si me he bebido hasta el agua de los floreros… valeeee yo seguro que pico también jajaja… menudas historias que tienes chata.

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