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Relaciones

Mentir no, fingir decir la verdad

Es curioso como creemos que suavizamos las cosas si las decimos de otro modo.

Hace poco un amigo me dijo que los únicos que podían escribir metáforas y salirse con la suya eran los poetas, que éstos creaban lírica con las palabras y a pesar de que lo dijeran no tuviera sentido para nadie más que ellos mismos siempre quedaba esa música, la rima que hacía que algo mediocre pudiese sonar realmente bien. Yo no soy poeta, así que todo lo que escriba con metáforas será una mierda. Tajante, pero cierto. Tampoco es que la vida te dé mucha más opción, una día crees en algo, existe, y al otro no está, desaparece dejándote con poco más que palabras banales y porqués infinitos.

En realidad si dejé de escribir claro fue por miedo a que él se diera cuenta, por miedo a que supiese a qué me refería y que, por lo tanto, pensaba en ello. Pero llega el día en que te das cuenta de que eso es una estupidez, C siempre supo cuando me refería a él, al igual que lo hizo E en esa única ocasión, y del mismo modo D lo hará. Nadie tiene tan mala memoria como pretende tener, tampoco nadie deja de pensar aunque finja que lo haga.

Es curioso como creemos que suavizamos las cosas si las decimos de otro modo. Como hablar en tercera persona o cambiarle el nombre al protagonista de tu historia, aunque venga inspirada en un personaje real. Y lo cierto es que lo hacemos continuamente y más cuando se trata de relaciones, porque en el fondo tenemos miedo, miedo de aceptar las cosas como son. Resulta más fácil decir “me-da-pena-pero-aún-así-quiero-conservarte-como-amiga” al fatídico “no-sé- como-ha-pasado-pero-ya-no-te-quiero”. Y surgen frases como “nada-es-definitivo”, “démonos- un-tiempo” o el “si- tiene-que-surgir-surgirá-y-si-no-es-que-no-tenía-que-ser”, porqué parece imposible aceptar que algo de lo que estábamos tan seguros de repente se haya ido. Y peor aún si resulta que no duele tanto, que se echa de menos, sí, pero su ausencia no sea tan grave.

Entonces es cuando aparecen preguntas como “¿de verdad me ha querido?” o aún peor “¿de verdad le quise yo?”. Esta última muy peligrosa pues nos hace dudar de nosotros mismos, de lo que sentimos o nos hicieron sentir.

Una vez D me confesó que lo peor al estar en una relación era darte cuenta de que esa persona con la que pensabas compartir tu vida en realidad no es la que buscabas, que simplemente no era “ella” y todo lo que creías correcto había resultado ser un error. El ser humano es egocéntrico por naturaleza, desde pequeños a nadie le gusta que le digan que ha hecho algo mal. La diferencia está en que a esa edad se estila el “me-enfado-y-no-respiro” y así hasta que se te pasa, al fin y al cabo entonces no cuesta tanto olvidar.

Al crecer es diferente y no es que maduremos, es que mejoramos nuestras técnicas. Dar la espalda a la verdad resulta ahora inmaduro, en vez de eso decimos “no-lo-sé-prefiero-no-hablarlo”. Del mismo modo que afrontar los hechos parece tan complicado que nos refugiamos en el “da-igual-no-quiero-pensarlo”, a ver si con la excusa el tiempo pasa y, al igual que cuando éramos niños, las cosas se olvidan.

Puede que no cambiemos con los años, tan solo creamos versiones actualizadas de nosotros mismos. Visto así es posible que C tuviera razón al decirme que había aprendido a mentir. Pero tal vez no mintiera, tal vez es que había aprendido a fingir decir la vedad.

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Alexandra SenPor
Alexandra Sen

Nací en Kiev y tengo un gato llamado Pushkin. Licenciada en Historia, reparto mi tiempo entre libros, copas de vino y labores editoriales.

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