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Relaciones

Me perteneces. O no

En el fondo, ya nada parece tener el mismo sentido que años atrás.

Recuerdo una mañana, de hace una barbaridad de años, en la que una de mis primeras novias leía un libro tumbada en la cama desnuda y boca abajo, con los pies cruzados y el pelo recogido, y en un giro rápido de cabeza me preguntaba “¿qué haces?”, con una sonrisa en la boca, mientras no podía parar de mirarla y en mi cabeza no paraba de retumbar un “es mía”.

Esa sensación de que alguien te pertenece nos genera, nos guste o no, una placentera tranquilidad. Una especie de calma mental que cuesta de entender y descifrar, como si fuera alguna tecla interna que viene integrada en nuestro cuerpo de fábrica. Esa tecla me llevó a declarar himno oficial de la república independiente de Edulandia el ‘Is This Love’ de Bob Marley, en detrimento del ‘Very Ape’ de Nirvana.

Y es que lo más genial aparece siempre en los detalles más pequeños, en las situaciones más sencillas, en las complicidades casi imperceptibles. Si hablo de mi libro, he pertenecido a quien me ha abrazado por la espalda sin venir a cuento, a quien me ha apretado la mano fuerte mientras dormía, a quien me ha besado cuando no lo merecía.

Años más tarde, por la mañana también, me encontraba justo delante de otra novia mientras gestionábamos una ruptura con drama. Recuerdo que la miré mientras me hablaba y no lograba quitarme de la cabeza mi propia voz que me repetía “ya no es mía” sin parar. En esa época el himno de Edulandia pasó del ‘Too Marvelous for words’ de Sinatra, al ‘Chop Suey’ de System of a Down.

Cuando eso sucede el vacío es enorme. Habrá gente por el mundo que lo pueda gestionar con habilidades de equilibrista, pero en mi caso, siempre he sido de los que baja al pozo más hondo y se instala allí en una tumbona rota, a verlas venir. De bofetadas salvajes me he recuperado con relojes sin pila, acumulando días, meses y heridas entre llamadas horribles, mails penosos y mensajes desgarradores. Esas épocas en las que si la muerte hiciera acto de presencia, nos importaría un cojón que se nos llevara por delante. Ese nivel irracional de locura. Ese típico melodrama que nos inyectaron en vena a la generación Pop.

En el momento que no reconoces a alguien que te ha pertenecido, el desconcierto es abrumador. Tu posesión más preciada, la persona a la que has entregado las armas, es un extraño para ti. En diferente medida todos hemos vivido ese horror. No creo que exista sensación que nos catapulte más a la mierda, que darle dos besos de abuela a alguien con quien has compartido horas de sábanas.

Muchos años después, te despiertas un día con esas ganas de sentarte en una silla y encararla al horizonte, encender un cigarro y saborear un tequila añejo, mientras piensas en todas las decisiones que has tomado en la vida que te han llevado al punto en el que te encuentras. Como uno de aquellos libros de “elige tu propia aventura”. No te importa demasiado no pertenecer a nadie pero tampoco te importaría que eso cambiara algún día. En el fondo, ya nada parece tener el mismo sentido que años atrás.

Apagas el cigarro, apuras el tequila, te levantas de la silla y acabas teniendo un pensamiento que va a ir cabalgando por tu mente durante un rato: no existe mejor posesión que pertenecerse a uno mismo. Y clavas tu bandera en el suelo con tu himno sonando de fondo, porque me voy a inventar un plan para escapar hacia adelante, Bonaparte.

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2 comentarios

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2 COMENTARIOS

  1. monsieur le sixmonsieur le six

    No creo que exista sensación que nos catapulte más a la mierda, que darle dos besos de abuela a alguien con quien has compartido horas de sábanas.

    Pues sí, la verdad es que resulta extraño, pero al final cada acto está acorde con los sentimientos del momento: si en ese momento ella ya no es especial para ti ni tú para ella, supongo que lo que toca son los dos besos de abuela, independientemente del pasado. Al menos es algo, peor son las parejas (creo que mayoría) que luego ni se pueden ver y sólo hablan mal el uno del otro.

    De todas formas yo nunca he sido muy de “posesión”. No creo que nadie sea mío ni yo de nadie, es algo que siempre me ha resultado extraño.

  2. Alena KHAlena KH

    Me ha encantado, Edu. Ya te lo había dicho ayer, pero no me importa repetirme.

    Se hacen extraños los dos besos a alguien cuyo cuerpo conoces mejor que el tuyo propio. Por suerte, un tiempo después, conoces otros cuerpos y ya no te acuerdas del anterior.

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