me he caido
Relato

Me he caído

La mujer me coge de la mano. Me pregunta quién me ha hecho esto.

El Universo -mi Universo- me enferma. Escribir me sana. Por eso escribo. Por eso y por explicarle al mundo, el día que me vaya, o más bien el día que me echen, qué es lo que sentía. Por qué siempre llevaba gafas de sol. Por qué nunca sonreía. Por qué jamás intenté que las cosas fueran distintas. Moriré, y ellos me leerán. Me leerán con descuido y en menos de un día. Mi abuela ya me advirtió: escribir es un trabajo desagradecido. Escribir es como cocinar. Lo haces con esmero, eliges ingredientes con cuidado: pelas, cortas, mezclas.  Lo fríes y lo guisas. O vete a saber… Cada uno lo hace a su manera, ¿qué importa eso? Una vez hecho, lo “emplatas” -como lo llaman en la tele- y lo sirves: exhausta, pero aliviada. Aunque nerviosa.

Ellos se sientan, sonríen y se lo meten en la boca. Con suerte lo mastican. Y lo tragan, mezclando el sabor de tu trabajo con el del vino de supermercado. O, todavía peor, con el de una cerveza. Todos sabemos qué pasa después.

Nada. Después no pasa nada. Porque nunca pasa nada.

A veces me siento mal por lo que pienso de las cosas y por cómo lo pienso. Me está sucediendo en este momento. Mientras escribo sobre escribir y sobre la vergüenza que siento al pensar ciertas cosas, siento vergüenza: por escribir y por pensar. Por mi cabeza pasan deseos terribles. Por ejemplo que ojalá esto, lo que estoy plasmando aquí mientras veo la fiesta de la casa de enfrente, jamás sea digerido. Ojalá haga que alguien se atragante. Ojalá alguien se muera atragantado con mis palabras. Significaría mucho para mí: alguien habrá intentado entenderme. A mí y a mis ahogos diarios que son el motivo por el que vivo arrodillada. A mí y a mi estupor crónico.

Sería maravilloso.

La música cada vez es más alta (o quizás yo estoy más baja). Supongo que se trata de un cumpleaños. La gente tiene esa falsa costumbre de celebrar que cumplen años. Lo celebran y luego se quejan. No quieren envejecer pero celebran estar envejeciendo. Yo no celebro mis cumpleaños. Quizás es porque hace mucho tiempo que no estoy segura de si haber nacido fue algo bueno. A veces creo que si pienso esto, si lo pienso muy fuerte, significará que me equivoco. Como cuando un loco que piensa que está loco se transforma en un no-loco.

La fiesta de la casa de enfrente es lenta y aburrida, pero ellos lo viven como algo excepcional: se ríen y se besan, llenan sus copas con alcohol cada poco tiempo y, cuanto más beben, más felices están por hacerse viejos. Todos tienen pareja y todos se ríen. Son como clones. A ratos salen al balcón y fuman, hablando tan alto que me molestan. Hablan de política y de religión. Qué rebeldes. O qué mal educados.

Mientras pienso en su mala educación, oigo los pasos de Luc. Aparto el portátil: no me gustaría que me viese escribiendo, no lo entendería. Ya son las seis y media del martes, le toca ir a terapia. Y yo me quedaré aquí, en el suelo manchado y con la mejilla ya seca. Y seguiré escribiendo unas horas más. A Luc le gusta ir a terapia y a mí me gusta que él lo haga: así me da un poco de respiro. Unos días, al menos.

Se acerca y me dice que me quiere. Quizás sea cierto, qué sé yo. Yo solo sé que quiero estar en aquella fiesta aburrida y maleducada. Pero sin pareja y con un vaso de vodka en la mano. Quiero mirar, desde allí, a la ventana de enfrente y no saber lo que pasa detrás de aquellas cortinas. Nuestras cortinas.

Luc dice que me quiere, otra vez más. Le sonrío con la parte que puedo. Él se va y yo me quedo. Todo en orden. Todo como siempre.

Salvo una cosa: se me ocurre que ya no quiero que nadie se atragante; que ya no quiero tener mejillas mojadas y espesas para luego sufrirlas secas y doloridas. Que ya no tengo miedo, que puedo con todo y que soy como toda esa gente, la que está ahí enfrente. Que puedo celebrar la vejez. Que puedo festejar otras cosas. Sola. O al lado de alguien que me quiera siempre y no solo media hora antes y después de la terapia.

Me levanto deprisa, me pongo la chaqueta y las gafas de sol. Llaves, cartera y la tarjeta de bus. El bus está lleno de personas y yo estoy llena de valentía. Estoy decidida. Cubro la mitad de la cara con el fular, para evitar las miradas curiosas, y cuento las paradas. Tres. Dos. Una. Por fin.

Bajo de un salto y me echo a correr. La comisaría está en la esquina. En la entrada hay dos hombres y una mujer. Me preguntan si pueden ayudarme con algo. Les digo que me siento feliz. Que soy una mujer con futuro. Me acompañan adentro y les pido un vaso de agua. Me siento ahogada, pero esta vez de euforia.

Sonrío con la mejilla derecha. La otra está demasiado hinchada para expresar algo. Me miran raro, y me preguntan si había bebido, si necesito que llamen a alguien. “¡No, no, no!”, grito. Intercambian las miradas.

La mujer me coge de la mano. Me pregunta quién me ha hecho esto. Con “esto” se refiere a la mitad de mi cara. Qué desprecio más absoluto. Su cara perfecta desprecia a la mía. Las cosas no cambian. El mundo no cambia. La llaman al móvil, responde y se aleja. Luego vuelve y me pide disculpas. Igual que Luc.

Repite la pregunta. “Me he caído”, le respondo. “Lo siento.”

De camino a casa le compro cervezas a Luc.

Me pongo con la cena. Pelo, corto y mezclo.

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Alena KHPor
Alena KH

La palabra “ex” me ha acompañado durante gran parte de mi vida. Soy la ex-soviética, la ex-esposa, la ex-bailarina.

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