proletario
Cosas que pasan

Manifiesto del joven proletario

Me gustaría que nos tomásemos un minuto para reflexionar sobre lo maravilloso de ser proletario.

Ocho menos veinte de la tarde. Tras hora y media de trayecto entre bus y metro, por fin llego a casa del trabajo. Sí, he vuelto a trabajar. Me quito los incomodísimos (pero preciosos) botines del Zara que marcaron el comienzo de mi fin de mes, pongo agua a hervir y me hago un té con leche, una de esas costumbres que adopté viviendo en Manchester y de la que me cuesta deshacerme. Abro Facebook, y me sale uno de esos recordatorios que te dice qué fue exactamente lo que publicaste en un día como hoy, hace cuatro años.

Pues bien, echo la vista atrás y compruebo que un día como hoy hace cuatro años un Dave apenas salido del pueblo y que aún vestía con colores estridentes comenzaba a pasearse por la noche madrileña con sus propias creaciones, creyendo que entre borracheras y mañanas de ibuprofeno y apuntes de Historia de la Indumentaria algún día sería descubierto por un creativo que vería en él todo su potencial y le ayudaría a despegar su carrera en la industria de la moda, justo antes de convertirse en una leyenda viviente; de esas que cuentan con su momento de máximo auge al vestir a alguna actriz de gran caché para los Oscars y posteriormente su momento de decadencia absoluta, viéndose reducido a diseñar la nueva colección de vasos para Nocilla. Mis andanzas serían dignas de una biopic de Hollywood y yo ya tenía el guión más que escrito en mi cabeza. Pero la vida, y sobre todo la realidad, se metieron de por medio.

Resulta que entre halagos y frases alentadoras del tipo “hoy vas a conseguir todo lo que te propongas” o “sueña en grande y pasarán cosas gigantes” (un paso al frente de un precipicio todos los responsables de Mr. Wonderful YA, por favor) hay algo que no te cuentan, y es que aunque soñar es gratis, hacer esos sueños realidad no. Todo cuesta dinero, y los hijos de proletarios que, como yo, no lo tienen, se enfrentan a la siguiente tesitura: trabajar en algo que no te gusta para tener una liquidez que te permita hacer las cosas de las que sí disfrutas pero renunciando a tener tiempo para ellas o bien disponer de todo el tiempo del mundo para hacerlas pero verte limitado porque, al no trabajar, no dispones del dinero que éstas requieren. Difícil decisión, ¿verdad?

Por eso, y lejos de convertir este artículo en algo deprimentemente reivindicativo (que es algo que nos encanta hacer a los pobres), me gustaría que nos tomásemos un minuto para reflexionar sobre lo maravilloso de ser proletario. De poder hacerlo, me sentaría a echar un café con ese Dave de hace cuatro años vestido con camisetas de plumas y polipiel y le contaría que va a pasarse cinco o seis días a la semana en tiendas de lujo; de esas en las que te preguntan si deseas tomar café o una copa de champagne, pero no de la forma en la que él se imagina. Me encantaría ver sus ojos al hacerle saber que va a tener la ocasión de conocer a presentadores y actores, cantantes e incluso políticos, y que va a descubrir que, al igual que la gente anónima con la que él se relaciona a diario, los hay sorprendentemente increíbles y previsiblemente aburridos. Me gustaría ayudarle a desmitificar, a que comprendiese que el mundo en el que él vive no sólo no es menos interesante que aquel al que aspira, sino que además es mucho más completo, feliz y humano.

Ni siquiera puedo imaginarme la cara que pondría al contarle que va a llegar a despreciar y sentir lástima por la gente a la que hoy venera, y que ni los estudios te dan la educación ni el estrato social o una VISA Platino el buen gusto.

Y cuando ya le tuviese estupefacto del todo, le comentaría que ese toupé que tanto mima ahora algún día se convertirá en una melena que le llegará por debajo del hombro. Una melena que le pedirán cortar para formar parte de la plantilla de una firma de lujo, a lo que él se negará soltando todo un discurso sobre tolerancia y prejuicios y sobre como él es una persona profesional, preparada y con experiencia que sabrá hacer bien su trabajo independientemente de la longitud de su cabello. Un discurso que, a su vez, le servirá para obtener el trabajo de todas formas y que le enseñará a creer más que nunca en la idea de mantenerse fiel a uno mismo y a sus principios.

Ser proletario mola mucho más que ser burgués, señoras y señores. Es más agradecido y desafiante. Agradecido, porque te da una perspectiva mucho más apreciativa de la vida y de lo que realmente importa; desafiante, porque te empuja a situaciones en las que la tentación dificulta el mantenerte firme y cogido de la mano de tus principios, ideas o valores.

Ser burgués es fácil. Ser proletario, divertido.

¿Y sabéis qué es lo mejor de todo? Que, realmente, el dinero poco tiene que ver ni con una cosa ni con la otra. Ya lo dijo Gaby en Desperate Housewives: “Ser pobre es una actitud, un estilo de vida. Yo puedo estar arruinada, pero nunca seré pobre”. Pues lo mismo con ser proletario. Se puede ser rico y proletario; se puede ser pobre y muy burgués.

Yo quiero pensar que, si algún día llego a ganar cantidades obscenas de dinero, seguiré pudiendo llamarme proletario. Porque para mí, un proletario es una persona que aprecia las pequeñas y más importantes cosas de la vida por encima de las posesiones materiales, el talento y el valor humano de las personas por encima de su imagen o apariencia y los hechos por encima de las palabras.

Dedicado a Ester y Annabel, dos proletarias en un mundo de burgueses. Gracias por la oportunidad.

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Dave SantlemanPor
Dave Santleman

Diseñador de moda y estilista. Andaluz, pero trotamundos. Habré tocado techo cuando me propongan rodar el anuncio de Navidad de Canal Sur.

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