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Malqueridos

Durante aquella comida me entraron ganas de levantarme y decirle cuatro cosas a él, pero también a ella.

Cuando aprieta el frío y la rutina del invierno me engulle, me dejo llevar por los recuerdos del verano. El sol, las largas tardes, la tranquilidad y ese maravilloso rinconcito al que me escapo unos días todos los años. Un lugar tranquilo y acogedor junto a la playa, donde mi máxima es no hacer nada el tiempo que dure mi estancia. Y fue este verano, durante una de esas comidas regadas con buen vino que se alargan hasta el infinito, cuando viví una situación que no he logrado olvidar y que me ha dado pie a escribir. Os cuento.

Aparecen un hombre y una mujer en la terraza. Ella rubia, esbelta, bronceada. Él, atractivo, perfectamente peinado y vestido. Una pareja perfecta llegada de un país nórdico. Se sientan a comer frente a mí. El pide medio pollo; ella, un agua. Mientras el chico perfecto engulle con las manos, ella, con ojos vidriosos, lucha por contener las lágrimas. El silencio es abrumador. A un gesto suyo, ella se levanta a pedir sal. Se pone las gafas de sol. La veo llorar tras los cristales. Cuando él acaba de comer, se levantan y se van. Ella coge las bolsas. Ni un gesto, ni un cariño. Nada. Al día siguiente, nuestro amigo paseaba solo por la playa, perfectamente peinado y conjuntado. A ella no la volví a ver.

¿Cómo en un lugar tan bonito alguien podía estar tan triste? ¿Qué le llevó a coger un avión e irse de vacaciones con semejante gilipollas? ¿Y aguantar estoicamente una situación así?

Durante aquella comida me entraron ganas de levantarme y decirle cuatro cosas a él, pero también a ella. En el rostro de infinita tristeza de aquella mujer vi la mía, cuando también aguanté que otro se comiera el pollo tan ricamente. Vi la de tantas amigas, conocidas, que sonríen ante los desprecios de su pareja, como si fuera lo más normal. La de cualquiera que sufre una relación desigual sin querer admitirlo. Este no es solo terreno femenino; hay muchos hombres que saben de qué hablo.

Menosprecios, desprecios, bromas, fanfarronadas. Si alguien ridiculiza a su pareja en público, ¡qué no hará de puertas para adentro! No sé en qué momento pensaron que el amor era un combate por ganar. ¡Qué más da quién es más guapo, más listo, gana más dinero o tiene más éxito! Al final del día, cuando las luces se apagan y nos metemos en la cama, solo nos queda el abrazo del otro, la respiración lenta y el calor de un cuerpo que nos indica que ese es nuestro hogar. Eso es el amor.

Cada pareja tiene sus reglas, difíciles de entender vistas desde fuera. Contratos firmados por sus costumbres, manías y guiños. Es lo que hace que cada relación sea única. Pero cuando el juego se torna peligroso, no hay excusa que valga. Al fin y al cabo, somos producto de lo que vimos en nuestra casa, de los roles que establecieron nuestros padres. Podemos tener la mala suerte de caer en el influjo de una pareja dominante, que sepa dar con la tecla exacta para desarmarnos. Ninguno estamos a salvo. Es muy difícil darse cuenta de que lo que estás viviendo. Como dice la canción, eso no es amor, sino obsesión. Por mucho que te lo digan los demás, por muy bien amueblada que tengas la cabeza.

Tuve una amiga, una chica encantadora y de carácter, que acabó anulada por un tipejo insignificante que supo hacer de ella una nada absoluta. No sé qué le llevó a esa situación, cuándo pensó que el amor era aquello. Dice que es feliz, pero su mirada pide auxilio cada vez que me mira… O esa señora de mi barrio, que pasea a su marido como si fuera un perrito faldero. Aunque vayan juntos, habla de él como si no estuviera, como si fuera un niño pequeño que se ha portado mal. El sonríe y baja la cabeza. Ha admitido su derrota.

He pensado mucho en aquella chica. Resulta irónico que fuera tan hermosa y tan envidiable por fuera y tan desgraciada por dentro. Me la imagino volviendo a la misma playa, paseando sola y feliz. Luciendo una sonrisa triunfal, habiendo ganado la batalla al desprecio. A él, también le deseo otro final, uno en que, más despeinado y menos estupendo, sea capaz de pasear con alguien a quien ame y a quien sepa valorar. Un final en que los dos se sienten a la misma mesa, cara a cara, riendo y brindando por unas vacaciones estupendas.

Pues ya lo dicen los cuentos… Y fueron felices, y comieron pollo con patatas.

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Sashimi BluesPor
Sashimi Blues

Madre, esposa, profesora de secundaria y otras etiquetas al uso. En Intersexciones doy mi visión sobre esa vida estable que algunos anhelan y otros demonizan.

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UN COMENTARIO

  1. Javier

    Siempre he idealizado a este tipo de personas, tan guapas y maravillosas por fuera. Pero hay que reconocer que por dentro somos todos iguales, con las mismas necesidades básicas. Ricos, pobres, feos y guapos.
    Lo dificil, de hecho es practicamente una lotería, es encontrar a alguien que sepamos desde un principio, nos va a llenar nuestra vida y nosotros la suya. Y además sea corroborado por el tiempo.
    En fin, como dice Alena (que la tengo idealizada también), las malas experiencias en definitiva, son experiencias que debemos tenerlas para continuar quizás, teniendo mas experiencias (la frase es cacofónicamente intencionada).
    Saludos

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