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Cosas que pasan

Los zapatos no son tus amigos, pero tus amigos son un poco zapatos

Cristina sabía lo que quería hacer con Pablo, con lo cual optó por el apoyo de la persona que más le convenía en este momento. Y era yo.

Mi amiga Cristina tiene 150 pares de zapatos. A mí me parece una locura pero quién soy yo para juzgarla con mis dos cajones llenos de bragas. Con la diferencia que yo las pongo todas (las bragas) y ella apenas había estrenado la mitad de sus tesoros. Allí están: guapos e imponibles encerrados en un armario, relacionándose con los demás pares, igual de imposibles y raros. Dice que los zapatos son sus mejores amigos y yo creo que ha visto demasiado “Sexo en Nueva York”, pero si a ella le gusta tenerlos, que los tenga. Le hacen feliz. En el fondo su felicidad es mucho más simple que la de la mitad de la gente. Ojalá fuese todo tan fácil, digo yo.

El otro día Cristina y yo salimos de marcha y ella apareció en el comedor con un precioso vestido rojo. Lógicamente jamás lo acompañaría con unas zapatillas de deporte. Se dirigió al armario número dos (“el de las ocasiones especiales” como lo llama ella) para escoger un par perfecto de los imposibles para aquella noche: una noche muy poco habitual, ya que apenas salíamos juntas últimamente. Eligió unos zapatos preciosos de tacón decorado con tachuelas y, según entendí, era la primera vez que los ponía desde que los compró en Milán.

Sin embargo, al día siguiente Cristina se presentó con sus botines de siempre, los de medio tacón. Se los ponía mucho, sobre todo para dar un paseo. Si tuviese yo su cantidad de zapatos, probablemente no repetiría ni uno. Aunque quién sabe.

Nos tomamos un café de los triples de acorde con la resaca (a partir de los 20 son dobles, cuando cumples los 30 suelen ser triples, y así…), me explicó lo de su ligue de la última noche. Me detalló la conversación que tuvo con Andrés, el camarero morenazo de la barra central del local donde estuvimos anoche. A mí, sinceramente, me pareció el tío más estúpido y engreído del mundo, pero a Cris le encantó. Cuando le dije que Andrés me daba mala espina, Cris cambió del tema y ya no pude sacarle nada más.

Cuatro semanas más tarde me enteré por María, nuestra amiga en común, que Andrés resultó estar casado a sus 23 años de edad, combinando el matrimonio entre semana con follarse a Cris los sábados. Que Cris estaba destrozada y que María nunca la había visto así de mal.

En aquel momento me di cuenta que aunque los zapatos no pueden ser nuestros amigos- de lo contrario Cristina lloraría abrazándolos a ellos y no a María- los amigos sí son un poco zapatos. Son aquellos cuatro pares de zapatos que te pones día tras día. Así como cuando luces un vestido de noche, jamás lo acompañarás con unas zapatillas de Nike, no te pondrías unas botas altas con un falda hasta los pies. De la misma manera nunca llamarás a un amigo que, como siempre, te metería caña, si lo que verdaderamente necesitas es llorar un rato.

Me acuerdo cuando Cristina decidió dejar a su novio Pablo (un capullo de la maltrataba psicológicamente),  me llamó a mí. Me llamó porque sabía que yo estaba muy a favor de que se deshiciese de él lo más pronto posible, ya que no la llevaba por un buen camino y ella, por desgracia, estaba muy enganchada a él. No habló con María en aquel entonces. María le habría dicho: “aguanta, ¿ y si es el hombre de tu vida?”, porque ella, María, estaba pasando por la misma situación pero le encantaba ser infeliz.

Cristina sabía lo que quería hacer con Pablo, con lo cual optó por el apoyo de la persona que más le convenía en este momento. Y era yo.

Todos tenemos unos zapatos a los que queremos más que a otros: combinan un poco con todo, son bonitos y cómodos y estamos acostumbrados a ellos. Tenemos otros tantos, no necesariamente un centenar, que están guardados en el segundo armario para los días especiales: especialmente superficiales y especialmente puntuales. A éstos no les tenemos el mismo aprecio, tampoco la confianza, y unos cuantos, incluso, nos hacen pasar un mal rato: acabamos con los pies hechos un asco y volvemos a casa cojeando y jurándonos que jamás los volveremos a tocar. Algunos se quedan allí marchados de sangre seca recordándonos pedazo de ampollas y cantidad de tiritas vividas, otros, por lo olvidadiza que es nuestra memoria, acaban una vez más en nuestros pobres y quejicas pies. Y vuelven a fallarnos. Como no.

Cuanto más mayores nos hacemos, menos obsesión tenemos por la cantidad y más nos preocupa la calidad de éstos. Incluso conservamos algunos de ellos- rotos y hechos polvo-  pero tan cercanos. Aquellos que todo el mundo critica por feos y viejos y no entiende nuestro cariño supuestamente inexplicable, aquellos a los que no tiraremos jamás. Nuestros pies los quieren. Y nosotros también.

Me hace gracia observar a las señoras mayores, arrugadas de cara y arrugadas de pies cuando se van de paseo. Su viejo rostro rechaza el maquillaje, pero siguen intentando estar guapas con ese pintalabios rosa y estos litros de laca para darle volumen a su desgastado pelo. Incluso se visten bien y combinan sus tesoros retro (los pocos que las modernas no se los habíamos quitado). Pero cuando me fijo en sus pies, siempre llevan unos zapatos viejos y feos pero tan cómodos (salvo las señoras frívolas y solitarias), aquellos zapatos que parecen más bien zapatillas de casa que cuidan sus juanetes y les permiten caminar. Y las entiendo. Ojalá tuviese yo un par de ellos a su edad. Aquellos, de toda la vida. Aquellos, casi únicos y de confianza.

No me extraña que Cristina no me llamase para explicar lo de Andrés. Probablemente yo no la entendería. Le metería caña y le diría que no me extraña en absoluto lo ocurrido. Y ella lo sabía. Quizás yo nunca estaré en su armario de los zapatos para ocasiones especiales, pero, lamentablemente tampoco formaré parte de sus habituales y cómodos. Me falta acomodarme a sus pies.

Me extraña lo poco que somos capaces de responsabilizarnos de nuestras propias decisiones por muy bien argumentadas que sean. Necesitamos respaldarnos con la opinión de alguien, alguien totalmente ajeno a nuestra experiencia por muy buen amigo que sea. Porque, salvo en casos extremos, sólo conoce nuestra visión de asunto.

Nosotros, como nadie más, sabemos cuál es el camino más correcto para continuar nuestro viaje. No siempre es el más fácil, pero sí el más limpio. Aquel que podríamos hacer descalzos pero no nos atrevemos utilizando la estúpida excusa de “no quiero ensuciarme los pies.” Así que nos dirigimos al zapatero de casa y elegimos el calzado en función de lo que nos espera allí fuera: si llueve-unas botas de goma, si hace sol- unos botines de ante.

Y si éstos nos fallan, si rozan el talón,- la culpa es suya. Al menos los pies se quedan limpios.

Somos unos cobardes hasta para caminar.
Y tú: ¿caminas solo?

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Amistades  Confianza  Decisiones  

27 comentarios

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Alena KHPor
Alena KH

La palabra “ex” me ha acompañado durante gran parte de mi vida. Soy la ex-soviética, la ex-esposa, la ex-bailarina.

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“Nosotros, como nadie más, sabemos cuál es el camino más correcto para continuar nuestro viaje.”

27 COMENTARIOS

  1. Pablo

    Personalmente, creo hay terrenos que es mejor caminarlos descalzo (aunque lleves a tus zapatos contigo), de esa manera uno vuelve mas rápido a la realidad. Pero el terreno no siempre es el mismo, así que se un buen zapato.

    qué complicado se vuelve hablar respetando la analogía, dios!

  2. Cruella

    Precioso post sobre la amistad y la autenticidad… Me siento identificada en parte con algunas situaciones…

    Hay amigas que si no les dices lo que quieren oir no te llaman en según que “crisis”…

    Valoro mucho que las personas sean de verdad. Auténticas. Me fío de las amigas/os que te dirán la verdad siempre… Aunque sea lo peor que tengas que escuchar al respecto… Pero serà la verdad. Sin filtros.

    Los filtros en la amistad “manipulan” el resultado final… Y eso no me gusta.

    Prefiero la directa. Después de eso, me motivo a buscar soluciones…

    Te dicen lo que quieres oír, pues sigues borracha en tu nube de pedo y entras en bucle…

    Y así…

    Eso no. Eso me hace mal.

    Enhorabuena! *

  3. Wen Doline

    Yo también valoro a las personas auténticas, las que dicen lo que piensan sin miedo (aunque procurando no ofender al otro), las que no se venden al deseo de satisfacer siempre a todo el mundo y se expresan libremente. Pero…

    En el caso de las amigas, tengo mis dudas de estar de acuerdo con opiniones como la de Cruella al hablar de las “amigas que te digan siempre a verdad”.

    Porque una amiga, por más que sea sensata, inteligente, adorable, etc, es una persona y, como tal, lo que nos podrá decir será solamente una opinión absolutamente subjetiva, nunca una “verdad”. Hay tantas verdades como personas, y no creo que nadie tenga derecho a intentar convencernos de que la suya es la buena. De una amiga espero, ante todo, que me preste sus oidos para llorarle, y que me abra sus brazos para consolarme. El resto, más innecesario, como mucho podría ser una opinión, un consejo aventurándonos mucho, pero nunca creo que debamos tomarlos como “verdades”. Porque tampoco nada en la vida es blanco o negro, bueno o malo. Ni siquiera el hecho de que tu amiga mantuviera una relación infiel. Eso, en todo caso, es sólo problema suyo, y no creo que nadie tenga una “verdad” que decirle, nadie sabe si debe o no dejar a ese chico, y nadie debería interferir en ese asunto. Por ejemplo.

    Saludos

  4. Beauty and Healthy

    Qué suerte es encontrar unos zapatos de esos que duran toda la vida… aunque a veces olvidamos que para que eso pase hay que cuidarlos, incluso si son de la mejor calidad.
    ¿Será que para el caso aplica eso que dice la gente mayor, de que los zapatos (y las cosas en general), no los hacen como antes?
    Mil besos!

  5. Ronronia Adramelek

    Me gusta el símil porque creo que mucha gente exige a los amigos lo que éstos no pueden dar, y los pierden en ocasiones porque no cumplen sus expectativas cuando éstas son, sencillamente, poco realistas.

    Así, no te vas con una sandalia de tacón al monte y por el mismo motivo no le pides a tu amiga la-que-cuenta-todo-a-todo-el-mundo que te guarde un secreto secretísimo. Es de tontos correr a una persona así a contarle lo que no quieres que se sepa, pero eso no significa que no sea una amiga magnífica en muchos otros aspectos y que su amistad no sea valiosa, simplemente que para eso no te vale y si se lo pides es más culpa tuya que suya si no responden.

    O tienes ese amigo fantástico que te entiende como nadie y te guarda los secretos pero no te vas un fin de semana por ahí con él porque sabes que te aburrirías si pasaras mucho rato juntos, mientras que para verlo a menudo pero a ratitos es increíblemente bueno.

    El problema no está en que la gente no sea perfecta para todo y para todas las ocasiones, porque nadie lo es. El problema es pedirles lo que no te pueden dar y no hay zapato de tenis que quede bien con un vestido de cóctel salvo para hacer el gili un rato.

  6. pekeleyre

    Esto me recuerda a un par de amigas que tengo, una bota vieja a la que quiero con locura que nunca me hace rozaduras en los pies y unas sandalias de tacon que cada vez que me pongo me hacen heridas:
    “Todos tenemos unos zapatos a los que queremos más que a otros: combinan un poco con todo, son bonitos y cómodos y estamos acostumbrados a ellos. Tenemos otros tantos, no necesariamente un centenar, que están guardados en el segundo armario para los días especiales: especialmente superficiales y especialmente puntuales. A éstos no les tenemos el mismo aprecio, tampoco la confianza, y unos cuantos, incluso, nos hacen pasar un mal rato: acabamos con los pies hechos un asco y volvemos a casa cojeando y jurándonos que jamás los volveremos a tocar. Algunos se quedan allí marchados de sangre seca recordándonos pedazo de ampollas y cantidad de tiritas vividas, otros, por lo olvidadiza que es nuestra memoria, acaban una vez más en nuestros pobres y quejicas pies. Y vuelven a fallarnos. Como no. “
    Conclusion: cada vez voy más de plano y ojala las botas viejas me duren hasta vieja perfectamente acomodadas a mis juanetes
    Enhorabuena Alena!

  7. Andrea AB

    Jajjaja! Me encanta el titulo, si que hay algunos que son bastante zapatos :P

    Yo camino sola… persiguiendo sueños.
    Por el camino consegui algun que otro zapato barato, de esos que duran una temporada, te dejan tirado por el camino, y tienes que seguir descalza. Pues ná, mejor sola que mal acompañada.
    De a poco, e invirtiendo tiempo, me estoy procurando zapatos de los buenos… pero no es facil, sigo echando de menos todos esos zapatos viejos hechos a medida que deje del otro lado del mar :(

  8. José

    En cuanto dar consejos sobre relaciones a mis amigos, me he vuelto bastante reservado. Ya no sé que tipo de zapato soy.

    Pasa que alguna vez dí una opinión que me parecía sensata, y un amigo mío terminó viviendo una de las peores épocas de su vida. Es que a veces uno no conoce a fondo por lo que está pasando la gente, y una opinión ligera es una irresponsabilidad.

    Ahora sólo escucho y digo: haz lo que te diga tu corazón…

  9. Irene

    “Y si éstos nos fallan, si rozan el talón,- la culpa es suya”
    Me ha encantado el cierre del post. La verdad es que sí, tenemos amigos para ciertos momentos y pocos que se amoldan a nosotros y contamos con ellos día tras día. Pero ciertamente, cuando nos joden los pies, siempre pensamos que es culpa de ellos y no nuestra. Tonto uno que se los pone una y otra vez pensando que algún día estirarán y dejarán de hacernos daño… Ya nos vale :-(
    Irene

  10. Polloky

    Qué difícil…La amistad es maravillosa pero al final siempre estás sol@.Muchas veces confiamos demasiado en los demás y poco en nosotros mismos hasta que te hacen daño y después nada es igual…Así que hay que escuchar y luego meditar para acabar haciendo lo que te pide el corazón.
    Un saludo

  11. Espoir

    Hay mucha gente que habla para monologar. Explican algo a alguien y no aceptan más que posturas acríticas, no soportan que nadie nos cuestione y mucho menos que les digan que están equivocados. La interacción para aprender de experiencias ajenas ha desaparecido; cuando explicas un problema a alguien lo más probable es que te responda “pues a mí lo que me pasa es…”, y tienes que aguantarte las ganas de decir oye, que estábamos hablando de mí: ¿puedes interesarte por ello, por favor? Y si no te importa, ¿me puedes dar un motivo por el cual estoy aquí perdiendo el tiempo?

    Y es que una cosa es la gente que te encuentras por la calle y otra un amigo. En esta época de Facebooks e historias raras, la distinción es más pertinente que nunca. A mí hay muy poca gente que me interese lo suficiente como para esforzarme con algo más de un “sí, tienes razón” o de algún consejo tópico. Soy un zapato difícil en el que calzan bien pocos pies (pero eh, esos están súper cómodos) y a mí no me importa caminar descalza. Cada vez soy menos expansiva con mis sentimientos o las cosas que me pasan, para evitar o bien indiscreciones o bien precisamente comentarios que no aportan nada a mi experiencia.

    Por otro lado está lo que dice Jose, en ciertos temas dar un consejo es una enorme responsabilidad.

  12. Amo, sueño y no tengo miedo.

    Una vez mientras reconstruía mi vida tras una relación de 8 años, soñé que mis zapatos verdes, los más comodos, los que combinaban con todo, los perfectos, se rompian. Automaticamente fuí y compré unos nuevos, rojos, atrevidos. Les conté el sueño a mis amigos y lo interpretarón como un manera de dejar aquella relación atrás (la de los zapatos verdes) y ponerle algo de picante en mi vida (quizás unos zapatos rojos). Semanas más tarde, por mi cumpleaños me regalaron unos botines rojos preciosos y ahora son los reyes de mi armario.

  13. Rocío

    Muy buen post, hoy en día particularmente la amistad es una de las relaciones más duraderas de las que podemos disfrutar, aunque ojo hay zapatos que a simple vista nos encantan y al salir de casa vamos tan felices hasta que en mitad de la noche nos abandonan. Creo que a la amistad hay que darle tiempo e ir amoldándose poco a poco.
    Un saludo!

  14. Miss Migas

    Vaya, qué heavy. Qué forma más directa y más clara de contar una verdad tan grande.
    Creo que utilizar a los zapatos para hacerlo es un símil perfecto.
    Además, qué razón tienes, deberíamos responsabilizarnos mucho más de nuestras decisiones. Ser valientes para tomarlas, jugarnosla, ensuciarnos de vez en cuando y crear callo, que bien nos vendría.
    Besos

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