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Relaciones

Los amores maduran. Las rupturas también

Amamos el amor. Pero también llegamos a amar las rupturas, como el resultado de algo que nos hizo feliz en su día.

Hay cosas que suceden una vez en la vida. Por suerte o por desgracia, el amor no es una de ellas. Digan lo que digan a nuestro alrededor, volvemos a amar una y otra vez. Con la misma fuerza (o más), de la mejor manera (o de la peor), pero amamos. Y nos separamos. Y volvemos a enamorarnos. Y estas pequeñas oportunidades múltiples que nos da la vida hace de ella algo único.

Qué paradoja.

Sin embargo, con los años, amamos de una manera distinta. Y vivimos las separaciones de una forma evolucionada. De adolescentes nos enamoramos con más intensidad, pero con menos sentido. De mayores, rompemos con más sentido, pero con menos intensidad.

Algunos aseguran que las rupturas, con los años, son menos dolorosas. Dicen también que es así por la experiencia. Pero no estoy de acuerdo. No son menos dolorosas sino menos intensas.

Cuando somos jóvenes nuestras relaciones son superficiales. Los enamoramientos son más apasionados, las vivencias son livianas con una cotidianidad frívola alimentada por la desesperación y los juramentos de “para toda la vida”. Nos quedamos con el envoltorio, con momentos de éxtasis vividos en el pico más alto de la montaña rusa de las emociones. Las separaciones acaban siendo dramáticas, rencorosas, decepcionadas. El dolor es agudo. El sufrimiento, breve. No conozco a ningún adolescente que haya dejado a su pareja de una manera amistosa, sin escándalos, sin lágrimas que duran semanas y sin reproches intencionados.

Pero nos hacemos mayores. Y aprendemos a querer más allá del paseo con fotos y festivales de música. Nos enamoramos del cerebro, de los gestos, de las imperfecciones. Aprendemos a amar las discusiones y apreciar las diferencias. Amamos para dentro. Amamos compartiendo sueños. Amamos los desayunos con tostadas. Amamos las mascotas odiosas. Amamos los aprendizajes y las aficiones. Amamos olores, buenos y malos. Amamos letras y números. Amamos la rutina. Amamos las familias “del otro”. Amamos sus quejas. Amamos las definiciones, las muecas, las miradas. Amamos tanto lo feo como lo bello.

Amamos el amor. Pero también llegamos a amar las rupturas, como el resultado de algo que nos hizo feliz en su día.

De mayores nos separamos por dejar de sentir, por dejar de admirar, porque ya no hay nada más, aunque parece que hay más cosas que nunca.

No me refiero a las rupturas dramáticas y traicioneras, aunque las hay, qué le vamos a hacer. Hablo de las rupturas comunes. En las que nos separamos porque a pesar de haber tenido el aguante, a pesar de haber luchado por algo que creíamos auténtico y para toda la vida y haber reunido toda la paciencia, las cosas llegaron a su fin.

Y sí, es duro ver que lo único que nos queda es el cariño, la rutina, y miles de recuerdos, esos, que resulta que ya formaba parte de nuestro baúl desde hacía tiempo. Sin pedirnos permiso y sin anunciarnos que ya estaban allí.

El dolor de una ruptura adulta nos llena de tristeza y nostalgia. Pero es un dolor sordo, muy adentrado, un dolor sin ecos, sólido y compacto. Es crónico y prolongado, pero llevadero. Es un dolor que indica el fin. Y el fin es la paz.

Aprendemos a vivir con ese dolor, como aprendemos a vivir con una molestia en la espalda. Sonreímos cada vez más, nos quejamos cada vez menos y seguimos levantando las maletas de diez kilos como si nada. Maletas, cargadas de momentos.

Maletas, cargadas de amor y de tristeza. Maletas que todavía tienen un hueco para el siguiente viaje.

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Alena KHPor
Alena KH

La palabra “ex” me ha acompañado durante gran parte de mi vida. Soy la ex-soviética, la ex-esposa, la ex-bailarina.

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6 COMENTARIOS

  1. Avatar de YolandaYolanda

    Ufff, no estoy nada de acuerdo…

    Yo también soy ex esposa, y dos veces para más INRI, no alardeo de este estado civil, ni mucho menos, desgraciadamente en las dos ocasiones he tendio esa sensación de fracaso que tarda en marchar, si te has divorciado, sabes de que hablo…

    Pero quería discrepar por lo que escribes, por ejemplo: “El dolor de una ruptura adulta nos llena de tristeza y nostalgia. Pero es un dolor sordo, muy adentrado, un dolor sin ecos, sólido y compacto. Es crónico y prolongado, pero llevadero. Es un dolor que indica el fin. Y el fin es la paz.”

    Lo conocí con mis 39 años tras dos matrimonios como te he comentado anteriormente, he amado a ese hombre como jamás amé, con todo, a full, me dejé la piel en aquel “amor maduro”, tras un año y algo (poco) me dí cuenta que no era la relación que quería y dejar marchar a alguien a quién amas (no es lo mismo que querer) de esa manera que describo, con todo, no es para nada un dolor sordo sin ecos y ni mucho menos llevadero y menos aún pude encontrarme con la paz.

    Y poco a poco un día me vi con ya 41 años pasando por una depresión que si me lo hubiesen dicho unos meses atrás, me estaría riendo todavía de escuchar ese disparate. Yo con depresión? Yo perdiendo peso y ver en la báscula 40 kilos por una separación tras haber pasado dos divorcios?

    Sesiones de psicólogo, mano de santo y a otra cosa mariposa…

    Amor adulto… ruptura adulta… no se gestiona tan fácilmente como comentas, siento la intromisión, pero no funciona así…

    Eres de mis RSS’s favoritos, te sigo en cada publicación, me gusta lo que explicas y cómo lo explicas, pero en este caso… discrepo completamente…

    ;-)

    Saludos.
    Yolanda R.

  2. Avatar de Kruzio BaalKruzio Baal

    Huolas!

    Estoy de acuerdo en la idea del texto, aunque personalmente tengo que decir que más que amar las rupturas es amar el final de la infelicidad para dar paso a nuevas felicidades, etapas y relaciones.
    Como un tour, una liga o una Estación ambiental. :)

  3. Avatar de MaríaMaría

    Yo creo que cada amor es distinto, porque nosotros también cambiamos con el tiempo. Pero creo que se puede uno enamorar intensamente a cualquier edad, según como hayas dejado que te afecten las experiencias anteriores. Creo que hay que aprender de ellas pero sin dejar que te amarguen amores futuros o que te hagan vivirlos menos intensamente (aunque como es lógico, no vas a estar enamorada a los siete años como lo estabas en el primer año de relación, que no es que haya menos amor, es que la cosa simplemente cambia). En cuanto a lo de las rupturas, estoy de acuerdo en parte, pero porque la experiencia nos dice que con el fin de una relación no se acaba el mundo, que ya nos lo habían dicho nuestros padres tras esa primera ruptura que tuvimos de adolescentes, pero nosotros lo tenemos que comprobar, y una vez comprobado, las rupturas cambian.

  4. Armario DesordenadoArmario Desordenado

    «El dolor de una ruptura adulta nos llena de tristeza y nostalgia. Pero es un dolor sordo, muy adentrado, un dolor sin ecos, sólido y compacto. Es crónico y prolongado, pero llevadero. Es un dolor que indica el fin. Y el fin es la paz.» Estas palabras suenan a enfermedad irreversible. O, sin ser tan tétricos, a una artrosis o una lesión en las articulaciones porque hiciste caso a quienes te decían que el deporte es salud.
    No obstante, de rupturas no entiendo. Pero si parece que no hay vencedores, solo vencidos.

  5. Lotta

    Me gusta lo que has escrito, pero como otros, pienso que ( al menos en mi caso ), cuando era joven los amores eran más intensos y las rupturas más teatrales, pero lo superaba rápido y con menos secuelas, supongo que porque no tenía él mismos sentido del tiempo que ahora de adulta. De mayor, cada ruptura es más dolorosa, quizás porque sientes que vas quemando cartuchos y que no atinas el tiro, y porque los amores son diferentes como dices, se comparten más cosas, y la huella es más profunda y difícil de borrar. Lo que sí es cierto, es que hay que ver cada fin como un nuevo comienzo, y que eso es muy importante para seguir avanzando y no sólo en las relaciones.

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