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Relaciones

Lo que no saben las madres

Leemos un artículo de este tipo, nos ponemos sensibleros e incluso puede que les escribamos un WhatsApp diciéndoselo en el momento.

Me llamo Dave, mi madre Mari Nieves, y tengo algo que decir sobre ella. Sí, sé que no la conoces y no te interesa, pero tú también tienes o tuviste una madre, ¿o no?

Y ella sí que te importa, ¿verdad?

Acompáñame entonces en estas líneas y te aseguro que para cuando hayamos terminado lo mismo no has aprendido mucho de Mari Nieves, pero sí algo más importante.

Mari Nieves no necesita aprender nada, ella lo sabe todo.

Porque las madres, queridos míos, lo saben todo. O al menos, todo lo que a sus hijos respecta. Y eso es indiscutible. Pfff, menuda novedad Dave. Si este va a ser el típico artículo que resalta los tópicos de las madres, mejor me pongo vídeos de gatitos en YouTube o de Jorge Cremades en Facebook.

Vale, tranquilos. Os hablaré entonces de algo quizás menos típico: lo que no saben las madres. Y aquí ya me pongo serio.

Lo que no saben las madres es que la experiencia en la vida es como las tarjetas de crédito: personal e intransferible. En su afán por protegernos y desde ese amor tan único y sin igual, caminan por delante de nosotros asegurándose de retirar todas las piedras que vean sus ojos para asegurarse de que, al pasar, no tropecemos. Pero no entienden que puede que, a pesar de haber apartado ellas todos los baches del camino de la derecha, nosotros quizás terminemos escogiendo el de la izquierda. Y eso les dolerá porque será algo que no entiendan y para lo que no estaban preparadas, pero es que la vida no se puede planear. Del mismo modo en el que no se puede aprender de los errores ajenos. Y así, ellas tienen que vivir con el dolor de vernos sufrir para crecer por nosotros mismos mientras que nosotros, desconcertados, crecemos viéndolas sufrir sin entender por qué.

Lo que no saben las madres es que no todo el mundo sirve para tener un plan B. Volvemos a lo mismo: lo único que quieren es saber que vamos a estar bien, y según ellas para que eso sea así hay que tenerlo siempre todo previsto; un “plan de escape”, por si las cosas no salen según se esperan. Pues bien, no todos podemos ser así. Para muchos sólo existe el plan A, qué se le va a hacer. Y de hecho sí, ese plan A rara vez sale conforme lo habíamos trazado de primeras, acabamos frustrándonos y al final terminan pagándolo ellas más que nosotros. ¿Por qué? Porque ese plan, a fin de cuentas, era nuestro y no de ellas; el fracaso era algo que nosotros barajábamos y como tal lo asumimos. Pero ellas no. Lo entendiesen y compartiesen o no, ellas siempre albergan la esperanza de que nos salga como queríamos. Porque nuestros fracasos les duelen más que los suyos propios.

Y finalmente y no por ello menos importante, lo que no saben las madres es que todo esto a nosotros también nos duele. Yo no soy padre y supongo que no hay dolor comparable al de ver a un hijo sufrir, y lo entiendo. Pero el amor que una madre siente por su hijo es tan fuerte como el que un hijo siente por su madre, y no hay nada peor que continuar viviendo tu vida sabiendo que tus decisiones están haciéndoselo pasar mal a la persona que más te importa en el mundo. En resumen, no hay nada peor que sentirte culpable y egoísta por vivir la vida como quieres vivirla en lugar de como ellas habían pensado que sería mejor que la vivieses. Y esa es una carga con la que tenemos que lidiar a diario.

Las madres, queridos míos, no lo saben todo. Pero cada día aprenden de nosotros, del mismo modo en el que nosotros hemos aprendido todo lo que somos y sabemos de ellas.

Pero y nosotros los hijos, ¿qué no sabemos?

No sabemos que nuestras madres, desafortunadamente, no van a estar ahí siempre. Quiero decir, en el fondo sí que lo sabemos, pero es algo similar a los accidentes de coche: sabes que ocurren a diario, pero no se te pasa por la cabeza que te pueda ocurrir a ti hasta que te ocurre.

Leemos un artículo de este tipo, nos ponemos sensibleros y pensamos en lo mucho que queremos a nuestras mamis, e incluso puede que les escribamos un WhatsApp diciéndoselo en el momento. Pero se nos pasa deprisa. Al día siguiente nos llaman por teléfono mientras estamos de cañas con los amigos, pensamos “ya está otra vez la pesada de mi madre” y o no les respondemos o lo hacemos para tener una conversación de tres minutos basada en unos cuantos “sí”, otros pocos “no” y algún que otro “que no hace frío como para un abrigo gordo, mamá”. Las damos por sentado, son un pilar tan fundamental en nuestras vidas que ni nos planteamos que algún día (esperemos muy lejano) puede que la pantalla del iPhone no vuelva a iluminarse con sus nombres. Y nos pasaremos el resto de nuestros días añorándolas a ellas, añorando esas conversaciones y castigándonos por no haber sabido valorarlas lo suficiente mientras las teníamos. Pero mientras ese inesperado accidente de coche llega o no, seguimos comportándonos de la misma manera. Somos así de estúpidos.

No obstante si el Dave del futuro, ese al que ya le faltan sus padres, lee esto algún día, quiero que sepa que el Dave que aún los conservaba de vez en cuando tenía momentos de lucidez en los que no sólo apreciaba lo que tenía, sino que además se lo demostraba a sus padres. Porque él sabía que su padre tenía una alerta en el móvil que le avisaba de cada cosa que su hijo publicaba en las redes sociales y que terminaría leyendo este artículo. Y que cuando lo hiciera, se lo enseñaría a Mari Nieves.

Dedicado a mis padres, que aunque siempre intenten bajarme los pies de las nubes a la tierra nunca dejarán de ser, como decía Bette Midler, el viento detrás de mis alas. Y quiero pensar que ellos lo saben.

Esta ha sido la carta de amor que entre lágrimas he escrito a mis padres, pero sobre todo a mi madre. No es perfecta y probablemente tampoco sea aplicable a todos los casos, pero si tú también tienes una madre y alguna vez le has hecho daño, compártela con ella. Compártela con otros hijos para que también la compartan con sus madres. Porque aunque el amor por una madre es mucho más grande de lo que cualquier palabra pueda llegar a expresar en una carta, nunca está de más intentarlo. Ellas no merecen menos.

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Dave SantlemanPor
Dave Santleman

Diseñador de moda y estilista. Andaluz, pero trotamundos. Habré tocado techo cuando me propongan rodar el anuncio de Navidad de Canal Sur.

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