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Sociedad

Lo que nadie cuenta

Sencillamente, hay personas más sensibles y otras menos. Tan simple como eso.

Por las mañanas voy a trabajar en tranvía. Los siete minutos que dura el trayecto los paso sobre un pie, luchando no por mi espacio vital, batalla perdida, sino por sobrevivir a los empujones, mochilas, carritos, entradas y salidas. No lo vivo como una situación angustiante, me he acostumbrado a ella. Lo que hago es ponerme los auriculares, escuchar música motivadora (mi playlist se llama “A currar con alegría”) y aislarme. Entonces, practico uno de mis pasatiempos favoritos: observar a la gente. Me gusta mirar a los que me rodean e intentar adivinar qué hay en sus cabecitas, cómo han dormido, qué esperan del día que empieza. Es como si cada uno de los viajeros fuera el personaje de una novela por escribir. Hasta el más aburrido funcionario tiene algo interesante que contar; hasta la mujer menos agraciada es bella a los ojos de quien la ama. En mis días más grises me convenzo de que cualquiera de esas vidas sería mejor que la mía. Luego, me doy cuenta de que todos tenemos una parte gris, esa que escondemos, que nos hace vulnerables, la incomprendida.

En nuestras redes sociales encontramos fotos estupendas, mensajes alentadores, facetas de un yo perfecto que queremos compartir con los demás. En cambio, no hay ni rastro del dolor moral, de los desengaños, menosprecios, problemas laborales o familiares. Es fácil contar al vecino del tercero que tienes una hernia o te van a operar de la rodilla, pero callamos cuando lo que duele es el alma. Callamos hasta envenenarnos, lloramos en silencio, con la vergüenza de ser descubiertos y cuestionados, fingimos alegría cuando lo que queremos es hacer un agujero en el suelo y desaparecer.

¿Quién de nosotros no ha sufrido ansiedad, angustia, depresión? Y no hablo de unos malos días, sino de algo que se cronifica, que quizás llegó por un motivo, pero que se instala y se convierte en parte de nosotros, en un mecanismo de reacción. Cuesta aceptar el problema, cuesta pedir ayuda y cuesta sobre todo ser atendido y comprendido. Pastillas, terapias, psicólogos, psiquiatras… un peregrinaje hacia la solución, que a cada uno le llega de una forma distinta. Y, sobre todo, no sentirse solo en la lucha. No se elige estar triste, no se decide sufrir, no es tan fácil parar un tren en marcha. Hace más una mano tendida, una amiga que te confiesa que ella también pasa por lo mismo, un reírse de uno mismo y creerse que pasará, que eres capaz.

Yo, como muchos de vosotros, soy una de esas personas que luchan contra sus demonios. Y que ya no los esconde. Hace tiempo que dejé el disfraz de super heroína en el fondo de mi armario y decidí enfrentarme a mis miedos y al miedo que tienen los demás. Ojalá viviéramos en una sociedad ideal que educase a los más pequeños en la gestión de las emociones, que enseñara a los que nos rodean que no siempre somos valientes, que la vulnerabilidad forma parte de nosotros. Debemos aceptar y amar nuestro lado oscuro, porque es, queramos o no, parte de nuestro ser. Aún existe la creencia de que, sino te pasa nada grave en la vida, no tienes motivos para sufrir. ¡Cuánto daño hace la ignorancia! Sencillamente, hay personas más sensibles y otras menos. Tan simple como eso.

Y así andamos. Escondiendo nuestros males, luchando contracorriente, sin darnos cuenta de que no estamos solos, de que hay mucha gente a nuestro alrededor que es compañera de camino. Esos seres anónimos que viajan con nosotros en tranvía, el vecino del tercero, gente que nos importa. Todos condenados a callar.

Ahora que llegan las vacaciones, que ya no viajaré a diario y no podré encontrar personajes para mis novelas en escenarios habituales, seguiré con mi búsqueda en lugares más soleados y relajantes, donde seguro que me encuentro con el mismo dolor, esta vez debajo de una sombrilla. Algún rostro triste, mirada perdida hacia el horizonte, culpable por no disfrutar de sus merecidas vacaciones. Y siendo como soy yo, me entrarán ganas de sentarme a su lado, contemplar juntos el mar y decirle que no es el único. Que, sencillamente, no siempre podemos elegir estar felices.

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Sashimi BluesPor
Sashimi Blues

Madre, esposa, profesora de secundaria y otras etiquetas al uso. En Intersexciones doy mi visión sobre esa vida estable que algunos anhelan y otros demonizan.

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