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Relaciones

Lo que los monógamos creemos saber sobre el poliamor

Pero yo os pregunto, ¿qué sabemos los monógamos sobre el poliamor?

“Se le llama natural a lo que se le han borrado las huellas de cómo ha sido impuesto”. Le he dado vueltas a esta frase todo el mes. La dijo Miguel Vagalume, parafraseando a Marcos Sanz, especialista en sociología de la sexualidad. Miguel —sexólogo, activista de sexualidades no convencionales, uno de los artífices del más que recomendado blog Golfxs con principios—  fue mi compañero de mesa en la charla que Parlament Bcn y Creative Mornings organizaron el pasado 14 de julio en Barcelona. El tema fue el poliamor.

Supongo que por mi condición de monógama se esperaba de mí que lo criticara, que me opusiera alegando supuestas verdades universales al cántico de “todo el mundo sabe que…”. Nada más lejos de la realidad. Porque ser monógamo o defender un determinado modelo de relación sentimental no debería impedirnos conocer y comprender otros modelos. Igual de válidos, tanto o más lógicos que los nuestros, cuya única cruz es que hablemos de ellos sin saber en realidad de lo que estamos hablando. Algo que con el poliamor pasa mucho, más ahora que el término se ha puesto tan de moda.

Pero yo os pregunto, ¿qué sabemos los monógamos sobre el poliamor? La realidad es que bien poco, y lo poco que sabemos lo hemos entendido mal. Ahí  van tres grandes mitos sobre el poliamor. Comencemos por el principio:

La cuestión cultural

Leía yo a Dossie Easton y a Janet Hardy, autoras de Ética promiscua (uno de los primeros manuales sobre relaciones poliamorosas), cuando me topé con una epifanía:  “¿Cuántas de las personas que son monógamas han hecho esa elección de forma consciente o hasta qué punto es una decisión cultural?” Me hizo pensar en mi amiga T, que defiende que a ella la idea de poliamor no le gusta porque “no me han educado así”.

Resulta curioso cómo se definen este tipo de relaciones fuera de los círculos que las practican. Se habla de la “no monogamia”, las relaciones “abiertas”, las parejas “no convencionales”. Todas estas definiciones parten del desconocimiento, de ser lo contrario a lo convencional, a lo socialmente aceptado, en definitiva a lo que la cultura nos ha impuesto desde niños. Y lo que nos ha impuesto es que el amor romántico es cosa de dos, es todopoderoso, debe ser eterno. Entonces, ¿qué ocurre cuando ese amor no funciona? Pues que nos culpamos. Nos consideramos unos fracasados, pensamos que no sabemos escoger a las parejas, que algo está mal en nosotros, que la otra persona no ha sabido darnos lo que queríamos y un largo etcétera de justificaciones que no hacen más que alimentar nuestras inseguridades. Paradójicamente no cuestionamos a la construcción en sí, sino a nosotros mismos.

Una de las mayores críticas al poliamor se basa en que no es natural. “No puede funcionar” alegan los sabios porque, al parecer, como bien opina mi amigo X, “el amor no funciona así”. Como si el amor fuera una lavadora con manual de instrucciones. Las estadísticas nos hablan del elevado número de divorcios, no dejamos de escuchar historias de infidelidades, ¿cuántos vinos nos habremos tomado con los amigos intentando salvar relaciones que ya estaban muertas? Y aun así, seguimos empeñados en que la monogamia es la única forma posible de mantener una relación de pareja estable. ¿Por qué?

El mito del no-compromiso

Cuando se habla de poliamor la sentencia “son personas que rehúyen el compromiso” es muy frecuente. Bien, analicémoslo. La base del poliamor es la honestidad, y hay tantas formas de relaciones poliamorosas como consensos a los que puedas llegar con tus parejas. El vínculo parte de un diálogo personal, la aceptación de los propios sentimientos, lo que somos, lo que queremos, cuáles son los límites. Y se consolida a través de la garantía de una honestidad emocional hacia los que nos rodean, vocalizar lo que gusta y lo que disgusta, lo que puede preocupar,  lo que da miedo.

Embarcarse en cualquier forma de relación poliamorosa  implica lidiar con emociones duras como pueden ser los celos. Aceptarlos, digerirlos, abrazar el origen de los mismos para poder llegar tal vez no a controlarlos pero sí a vivir de forma sana con ellos. Y yo os pregunto, ¿os parece eso rehuir el compromiso? ¿Es todo ese trabajo interior, y con los demás, más sencillo que engañar a tu pareja porque sientes que algo te falta?

Conozco a muchísimos monógamos, demasiados, que dicen amar a sus parejas pero que sin embargo defienden la infidelidad como algo necesario, como aquello que incluso puede salvar una relación porque, ojo al dato, muchos de ellos afirman que la monogamia “no es el estado biológico del ser humano”. Me da a mí que estas personas están bastante más llenas de contradicciones que las que practican el poliamor, que son harto menos honestas tanto consigo mismo como sus parejas, ergo infinitamente menos comprometidas.

Una redefinición de la fidelidad

Todo esto me lleva a un último gran mito: la fidelidad. “Practicas el poliamor porque no quieres, o no puedes, ser fiel” afirman las masas. Primero deberíamos puntualizar qué entendemos por fidelidad, considero yo. Porque en el imaginario popular de la pareja ser infiel es sinónimo a engañar pero, ¿qué significa engañar?

Habrá quien responda que engañar es acostarse con otro/a, otros alegarán que el límite está en dormir con esa persona. Hay quien considera el flirteo engaño, mientras hay quien lo ve sano, es con el beso cuando llegan los problemas. Y luego está mi amigo C, él es más de ojos que no ven, corazón que no siente, “si no lo descubre es que no ha pasado  —razona—, porque si no lo descubre teóricamente no le he faltado al respeto, y no ha habido engaño”.

Yo he llegado a la conclusión de que para cada persona engañar significa una cosa distinta, porque cada uno define el engaño en función de lo que él mismo esté dispuesto a engañar. Del mismo modo ocurre con la fidelidad.  Si entendemos la fidelidad no como engaño a una persona sino como compromiso contigo mismo, con tus valores, y como el respeto de éstos, obtenemos una definición mucho más lógica y completa. Y esa es la definición poliamorosa.

Así pues, resulta que el poliamor sí implica compromiso y fidelidad, también honestidad y consenso. Y a nosotros, cómo no, nos encanta opinar sobre temas de los que no tenemos ni idea.  Me preguntan hasta la saciedad si ahora defiendo el poliamor, que qué es eso que me mantiene en la monogamia. Tal vez algún día pueda responderles. Por el momento sólo sé que sí hay una cosa que envidio a las relaciones poliamorosas y es esa honestidad incondicional, algo que para los monógamos, vete a saber por qué razones, sigue siendo la gran asignatura pendiente.

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Alexandra SenPor
Alexandra Sen

Nací en Kiev y tengo un gato llamado Pushkin. Licenciada en Historia, reparto mi tiempo entre libros, copas de vino y labores editoriales.

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UN COMENTARIO

  1. monsieur le sixmonsieur le six

    Muy de acuerdo. El poliamor sin duda supone un compromiso muy serio, y a buen seguro que la gente que lo practica ha hablado entre sí más profundamente del tema que muchas parejas tradicionales.

    Ahora bien, no creo que sea para todo el mundo. Siempre será algo minoritario. Imagínate: multiplicar por dos tus suegros, cuñados, sobrinos… uf. Pero para quienes lleguen a ese acuerdo y se encuentren bien así, creo que es una gran opción.

    El amor romántico para toda la vida que nos han vendido desde pequeños es unos de los más grandes males que se ha hecho a la humanidad. Habría sido más útil explicar que cada cual tiene su camino, que habrá gente que cambie de pareja a lo largo de la vida, o que practique el poliamor, o que tenga pareja pero ocasionalmente alguna aventura, etc. Viviríamos todos con menos traumas y sería todo más fácil.

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