no es la misma piedra es otra
Relaciones

No es la misma piedra. Es otra.

Está bien calcular un presupuesto mensual para no quedarte sin un duro a final de mes, pero en los amores el final de mes nunca cae en la misma fecha. A veces, cuando nos empeñamos en controlarlo absolutamente todo para no cometer un error, cometemos el doble de errores sin siquiera darnos cuenta de ello.

Llevaba dos días “encerrada” en mi casa de verano. Por voluntad propia, obviamente. Necesitada el aire fresco, frío, húmedo. Necesitaba silencio. Necesitaba hacer las cosas que hacía tiempo tenía que haber hecho: sentarme delante de la chimenea y escuchar cómo crujía la leña, mientras me tomaba una copa de vino y no pensaba en nada. Años atrás venía a montar la bici y a hacer barbacoas con mis millones de amigos. Todos, los mejores. Me hago mayor. Definitivamente.

Me di cuenta que el fuego se había apagado y decidí dar una vuelta por la orilla del lago. Me puse los auriculares con Ella Fitzgerald (otra señal para empezar a buscar canas), una chaqueta ligera (sí, aquí hacía frío), unas zapatillas, una manta para poder sentarme y un recopilatorio de los relatos de Chéjov.

Cuando estaba a punto de llegar al lago, me tropecé. Con la misma piedra que hace diez años.

La misma de hace veinte también, cuando me hice un esquince. Era la tercera vez que me tropezaba con la misma piedra. Una enorme piedra que seguía estando allí donde estaba hace años, sólo que esta vez no me hice tanto daño y la piedra en sí no me pareció tan gigante. Metí el pie en el agua fría del lago, tiré el libro a la arena y arrugué la nariz de dolor, de sentirme imbécil y de todas las cosas que venían a mi cabeza, a la que intentaba vaciar lo últimos dos días.

Llamé a Alena, mi amiga de infancia que casualmente tenía el mismo nombre, había nacido en el mismo hospital que yo, el mismo día del mismo año, y tenía la misma capacidad de vivir todo tipo de situaciones surrealistas. Desde hace dos años estaba viviendo en Canadá, pero por razones obvias sabía perfectamente que ella estaría en Bielorrusia. Igual que yo. Nunca lo hablamos de antemano y siempre nos encontramos aquí. Así que llamé a su móvil y no tardó en responder:

- Lo sabía.

- Yo también,- respondí mientras sacaba el pie del agua.

- Hola, amiga.

- Hola, querida. Estoy en la orilla del lago.

- ¿Con Chéjov?

- Con Chéjov. ¿Y sabes qué? Me he vuelto a tropezar con la misma piedra.

- Vaya. Hasta en eso coincidimos. Yo me he vuelto a divorciar.

- No, no, hablo de la piedra de verdad, – apresuré.

- Ahá. La mía tampoco es de mentira, querida. Nos odiamos a muerte.

- ¿Te vienes a pasar unos días conmigo o vas muy liada?

- Cojo el coche y voy.

- Pilla tabaco por el camino. Yo no tengo. Dejé de fumar hace cuatro meses y tres días.

- Tranquila. Yo hace cuatro meses y cuatro días.

- Lo sabía.

- Yo también, – respondió Alena y yo volví a meter el pie en el agua.

Cuatro horas después la leña crujía con la misma fuerza que antes, Alena y yo estábamos sentadas delante de la chimenea. Con una copa en la mano. Siempre tenemos esa sensación de habernos visto ayer, salvo que entre “ayer” y hoy pasan tantas cosas que cuesta recordarlas todas.

Alena volvió a casarse y volvió a separarse. Esta vez no se casó tan deprisa, con un hombre completamente diferente, pero cometió el mismo “error” de siempre, según ella:

- Me entregué demasiado rápido- me dijo y, antes de que yo pudiese decir algo, añadió- Sé lo que me vas a decir, créeme. Yo también pensaba que esto era lo de menos, que si alguien te gusta de verdad, da igual el tiempo en el que se lo haces ver. Pero cada día me estoy dando cuenta de que hay que hacerles esperar. No suspires…

Me regañaba mientras se le caían las lágrimas:

- No suspires, querida. Eso es así. Tú te has vuelto muy europea en esa España tuya: que si todos somos iguales, que si tenemos que expresar las cosas tal y cómo son. No me jodas. En serio, no me jodas. Los tíos no saben apreciar dos cosas…- Mostró dos dedos- La primera, todo lo que consiguen con facilidad. La segunda, cuando se les trata bien.

Alena estaba dolida y yo no quería discutir con ella. Creo que a la gente en general les duele que las cosas sean fáciles. Cada día me encuentro con más personas propensas a sufrir y a crear dramas y menos dispuestas a apreciar lo poco o mucho bueno que les está pasando. Pero bueno, este era un tema aparte. Así que no entré en detalles. Alena seguía hablándome:

- Mira que Marc, mi segundo ex marido, era completamente diferente. No se parecían nada a Víctor, el primero. Oh, Dios, tengo 31 años y dos ex maridos. ¿Te das cuenta?

 - A ese ritmo serás la nueva Zsa Zsa Gabor y te amaré todavía más.

Le guiñé el ojo y seguí tranquilizándola:

- Te recuerdo que yo tengo un ex marido también y otro a medias, con el que no me casé porque no me dio tiempo de divorciarme del primero.

- Cierto.

Nos reímos un rato. Alena confesó:

- Me gusta casarme.

- A mí no especialmente. Creo que me costará volver a hacerlo.

- Ves, tú también tienes piedras que te dan miedo.

- No es por miedo. No comparo a la gente, ni lo que habíamos vivido juntos. Sólo que no le veo sentido. Aunque… si estuviese muy enamorada, quizás lo haría. Ay, no sé.

- Pues yo sí comparo a la gente. Vivo esperando conseguir alguna vez no tropezarme con la misma piedra más de dos veces. Y no lo consigo jamás.

Alena me confesó que no paraba de comparar las situaciones y a la gente con la que se encontraba. Si algún hombre le recordaba levemente a alguno de sus ex, no podía evitar de rechazarlo. Reflexionaba constantemente, sopesando las posibles consecuencias de cada uno de sus actos y, a pesar de todo ello, seguía equivocándose.

Yo siempre he creído que comparar lo que vives ahora con lo que habías vivido antes no sólo es injusto hacia la persona con la que estás en este momento, sino que, además, dejas de vivir realmente la vida con todo lo que te ofrece día a día. Está bien calcular un presupuesto mensual para no quedarte sin un duro a final de mes, pero en los amores el final de mes nunca cae en la misma fecha.

A veces, cuando nos empeñamos en controlarlo absolutamente todo para no cometer un error, cometemos el doble de errores sin siquiera darnos cuenta de ello. Nos empeñamos en comparar, en prevenir, en tener miedo, en sufrir por si no sale bien, en actuar en guión de la supuesta lógica en vez de lo que nos gustaría hacer realmente y acabamos cagándola, igual que antes, pero con más rabia y con menos explicación, sin siquiera haberlo vivido de verdad.

¿Para qué?

A los once años me hice mucho daño con la misma piedra de antes. No estoy del todo segura si fue la misma, pero todas las piedras, igual que los enamoramientos, tienen mucho en común: son duras y parecen muy grandes en cuanto te hacen daño. Tuve un esguince y llevaba años evitando aquel lado de la orilla. Sí que es verdad que no volví a hacerme daño en la orilla del mismo lago, pero me la pegué con un trozo de madera en otro lado de la calle. También me caí varias veces de la bicicleta, e, incluso, tuve algún que otro hostión importante en un lugar menos esperado. Pero sólo me volví a hacer daño con esa misma piedra cuando volví a esa misma orilla. Con veintiún años, cuando ya no me acodaba de su existencia. Tardé diez años más para volver a olvidarme de ella. Hasta hoy. Una gran idea me iluminó:

- Alena, y si la quitamos de ahí.

- ¿Quitamos a quién?

- No, la piedra. ¿Por qué no sacarla de allí?

- ¿De dónde?

- -Concéntrate. De la orilla. La piedra con la que me he hecho daño esta tarde.

- Ya lo hicimos diez años atrás.

- ¿En serio? No lo recuerdo.

- ¿Cómo que no? Tuviste la misma idea, igual de “estupenda” que la de ahora. ¿No te acuerdas? Tuvimos que pedir a dos chicos que nos ayudasen. Luego me lié con uno de ellos…

- Es verdad. Entonces… ¿por qué vuelve a estar allí?

- Pareces tonta. No es la misma piedra. Es otra. Y da la casualidad de que te has vuelto a hacer el daño en el mismo lugar que antes. ¿Lo ves? Es más, probablemente te has tropezado con miles de piedras más a lo largo de tu vida, pero tan sólo te acuerdas de ésta. Y, de hecho, la que me has enseñado esta tarde es bastante más grande que la de diez años atrás.

- Pero igualmente…¿la quitamos?

- Vale. Si te hace sentir mejor, la quitaremos. Eso de “no tropezarte dos veces con la misma piedra” lo inventó un hombre con mucha imaginación y una enorme fe en la humanidad. Seguirás tropezándote con piedras de diferentes tamaños en lugares muy dispares y estando tú mirando al suelo. Y si te dedicas fijarte en las piedras, un día te harás daño con un escalón. Por no acordarte de él. Pero vale, quitamos esta piedra ahora mismo.

Nos levantamos del suelo, nos pusimos los zapatos y nos fuimos hacia el lago para quitar la piedra del medio. Me sentí muy feliz haciéndolo.

- Seguro que volveré a casarme, – me dijo Alena y se rió.

- Yo jamás, – le respondí y me tropecé con un tronco que, según creía yo, no estaba allí hace unos minutos.

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Alena KHPor
Alena KH

La palabra “ex” me ha acompañado durante gran parte de mi vida. Soy la ex-soviética, la ex-esposa, la ex-bailarina.

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“Si te dedicas fijarte en las piedras, un día te harás daño con un escalón.”

5 COMENTARIOS

  1. Nerea del Moral AzanzaNerea del Moral Azanza

    Jajajajajajajaja la última frase me ha hecho sonreír.
    Buenísimo Alena.
    Si te soy sincera yo desde hace muchos años desarrollé un mecanismo de defensa para dejar de sufrir: olvido todo lo malo, así que no puedo comparar, ni sentir rencor, ni dolor… no sé si es bueno o malo, sensillamente lo malo vivido desaparece de mi mente… No siempre ha sido así pero hace años que sí lo es, soy consciente de que hasta los 30 tuve una vida desastrosa, pero apenas recuerdo nada, y lo prefiero así… la vida a los 30 me dió una nueva oportunidad y yo la agarré con todo el entusiasmo del mundo, bueno, la vida y yo misma, que me lo curré mucho. Ahora puedo decir que soy muy feliz, que llevo 8 años muy feliz… por supuesto que me sigo equivocando y me siguen pasando cosas malas, pero, después de aquél infierno relativizo tanto… ya no siento los equívocos como irreparables y a penas sufro… creo que me he hecho muy fuerte, o tal vez sólo haya madurado… El caso es que no querría retroceder en el tiempo ni loca y sí, entonces siempre chocaba con las mismas piedras, y no hacía más que retirarlas de mi camino, pero volvía a hacerlo. Abrir mi mente, y trabajarla en muchos sentidos me ha ayudado… y ya no he vuelto a chocar con piedras semejantes… con piedras sí, obvio, pero no las mismas :)

    Un besote

  2. Avatar de Ronronia AdramelekRonronia Adramelek

    Uy cuantos frentes abiertos. A ver si no me enrollo mucho.

    Uno, “a los hombres no les gusta lo fácil ni que les trates bien”. Sobre esta opinión de tu homónima, no tengo estadísticas salvo la mía propia. Yo siempre se lo he puesto todo lo fácil que he podido a los hombres que me han atraído y les he tratado desde el primer momento todo lo bien que he sabido. Los pocos que se fueron para no volver, mejor para mí, porque esa criba evitó que perdiera el tiempo. A mí, al fin y al cabo, me gustan los hombres simples en el mejor sentido de la palabra, es decir, los que disfrutan de las intenciones claras, las relaciones sencillas y las cartas siempre sobre la mesa.

    Dos, el control. No sé si un exceso de control duplica los errores pero sí sé que hace que te pierdas un montón de cosas buenas que la vida pondrá a tu paso y que dejarse llevar por la amargura y el escozor de una experiencia mala puede evitar que vivas una buena que te cambie la visión general. No me gusta el boxeo pero el símil pugilístico a mí me va bien en la vida, prefiero llevar las defensas bajas y creer que soy buena encajando.

    Tres, el título del post. La piedra no será la misma pero todos tenemos un tipo de piedra en la que tropezamos más a menudo. Para unas son los casados guapos que tienen problemas en su matrimonio o los chicos malos a los que reformar. Para otros las chicas que les llevan al retortero sin darles nada o las misteriosas que en realidad están vacías por dentro. Para todos es bueno tratar de identificar ese tipo de escollos a ver si la próxima vez conseguimos no estozolarnos.

    Y cuarto, no hay derecho a que nadie tenga una cabaña apartada en un sitio tan maravilloso y que me de tanta envidia. ¡Hala!. :-)

  3. Avatar de Anita Patata Frita

    Que manía tenemos con pensar que si tenemos todo bajo control no nos “pasarán cosas”, y muchísimo menos las “mismas cosas de siempre”, pero si la gracia es que nos pasen muchas muchas muchas cosas no? Debe ser que me encanta la comedia y el drama, todo junto, y las piedras y llorar y reir, imagina que no pasase nada…

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