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Relaciones Sociedad

Las flores de Mohamed

Siento miedo cuando veo lo que pasa estos días, pero no odio.

Hay personas que pasan por nuestras vidas como el jabón, resbalando. Otras son importantes un rato, una época, y luego desaparecen como llegaron, sin más. A veces, solo a veces, la vida te pone en el camino alguien especial, alguien que llega para cambiarte, mejorarte, sumar. Hace veinte años, a mi vida llegó Mohamed.

Moha y yo nos conocimos de Erasmus, en el norte de Francia. Él era médico, nacido en Jordania y criado en Irak. Estaba aprendiendo francés, pues quería ejercer su profesión en Europa. Recuerdo nuestros primeros encuentros en los pasillos de la residencia universitaria: él apenas hablaba francés y mi inglés era muy pobre. Aún así, todos los días teníamos una pequeña conversación, llena de gestos, señas, palabras inventadas y muchas risas. Su mirada, su sonrisa era tan pura, tan de verdad que me alegraba el día. Poco a poco se forjó entre nosotros una gran amistad. Un día vino a buscarme para decirme que ya hablaba mejor francés, y por fin podríamos contarnos cosas de verdad. Y así fue.

Mohamed se convirtió en el amigo de todos, nuestro nexo de unión. Un hermano mayor que nos acogía en su cocina, nos hacía la cena: platos de arroz con especias y verduras que reconfortaban no solo el estómago, sino el alma. En aquellas veladas hablábamos de nuestros países, culturas, costumbres. Recuerdo sus historias sobre la Guerra del Golfo, el bloqueo, los bombardeos. Algo que para los demás no era más que una imagen en el telediario, lejana y borrosa. No eran relatos de terror, sino un canto a la vida, a la supervivencia, a valorar lo poco que tenían, estar vivos, vivir. Nos hablaba también del Islam, una religión que desconocíamos, y que él practicaba desde el amor y la paz que le daban sus creencias. En una ocasión enfermé y tuve que ser hospitalizada. Un día, Mohamed vino a visitarme y me trajo una planta de violetas, que me entregó con una frase en su precario español “flores para una flor”. ¡Cuánto nos reímos! Prometí que la cuidaría y regaría.

El curso escolar acabó, tuve que volver a España. Aquella mañana de finales de junio, mis amigos salieron a la puerta de la residencia a despedirme, mientras mis padres me ayudaban a meter los trastos en el coche. Recuerdo sus abrazos, sus caritas. Les prometí que volveríamos a estar juntos, que siempre seríamos amigos. Mientras el coche se alejaban, los veía a través de la ventanilla: Jesús, John, Sarah, Olivier, Roselyne, Betina y Moha. Fue la última vez que lo vi.

Las violetas estuvieron sobre la mesa de mi escritorio mucho tiempo. La planta florecía a menudo, aguantaba estaciones, descuidos, seguía estando bonita, sencilla, como la persona que me la regaló. Estalló la Guerra de Irak. Nada sabíamos de Mohamed, si había vuelto a su país, si se había quedado en Francia… Una mañana, al despertar, me encontré la planta muerta, las flores marchitas. Mi corazón dio un vuelco. Supe que algo le había pasado.

Veinte años después, y aunque lo hemos buscado con ahínco, nada sabemos de Mohamed. Cada vez que el terror golpea aquí o allá, qué más da, pienso en Moha como en una Sherezade: contando sus historias con moraleja, dibujando un mundo en paz, de gente que se respeta, que siente amor por el prójimo. Siento miedo cuando veo lo que pasa estos días, pero no odio. Y es que las flores de Mohamed florecieron en mi corazón.

Foto: Mina Fotos

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Sashimi BluesPor
Sashimi Blues

Madre, esposa, profesora de secundaria y otras etiquetas al uso. En Intersexciones doy mi visión sobre esa vida estable que algunos anhelan y otros demonizan.

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