las cicatrices pueden ser bellas
Cosas que pasan

Las cicatrices pueden ser bellas

Les envidié por un momento: tenían casa propia, una rutina establecida, dinero para poder ir de viaje una vez al año, un contrato fijo, un alisado permanente y unas dudas temporales. Ellos vivían esa vida, “la normal”, sin altibajos pronunciados y suponiendo- al menos- lo que les iba a esperar mañana. Yo no.

De acuerdo. Todos sabéis lo que me había pasado las últimas semanas. La mano. La maldita mano derecha. Pero el traumatismo en sí es lo de menos. Lo importante es todo lo que he aprendido de ello. Los que me leéis, sabéis perfectamente la obsesión que tengo de sacar las conclusiones de todo lo que pasa a mi alrededor. Puede que sea sano. Puede que no tanto. La cuestión es que eso de hacerme daño siempre me aporta algo. Y no estamos hablando de ningún tipo de desviación psicológica. Un día me hice daño en un dedo, otro, en la encía. Pero siempre- repito- siempre, sucede algo. No sé hasta qué punto ese algo me lo provoco yo, pero sucede (leer: “encontrarle un qué a todo”).

Ahora mismo estoy escribiendo con la mano izquierda. A pesar de que puedo hacerlo con las dos. Pero es un poco a lo Van Gogh. Al menos es lo que me gustaría imaginar. A todo el mundo le gustaría ser artista. Está muy de moda. No nos engañemos.

Alena Van Gogh. Suena bien. Pero no va a poder ser.

Fue muy patético. Me habría encantado cortarme la mano con la intención de poder describir el dolor. Pero no soy tan valiente. Todavía más me fascinaría ver la cicatriz y pensar que he salvado una vida y poder contar alguna historia bonita. Una así como: un niño cruzaba la calle y se le escapó una pelota. Iba a por ella, cuando vi como venía un coche. Lo salvé y lo invité a casa y, mientras le preparaba un Cola Cao, me corté con el cristal.  Pero ni pasa eso vale la historia. Me corté limpiando un vaso, limpiándolo. Así de sencillo. Así de desgraciado. Así de poco memorable y pintoresco.

Limpié un vaso agrietado y me abrí la mano. Sin pelotas, ni coches. Sin héroes, ni dramas. Pero también sin los niños asustados. Y para ser sincera, lo único que le podría ofrecer al pobre crío tras invitarle a mi casa habría sido una copa de vino. No, la historia no me habría salido bonita.

Pero hasta ese suceso poco heroico ha dado de sí.

Mi madre, como buena rusa, me ha buscado un cirujano plástico. Para una cicatriz de mierda. No sé cómo explicarle que las cicatrices femeninas también son sexys. Son un recuerdo. No necesariamente tiene que ser un recuerdo relacionado con un simple vaso de Ikea, sino de algo que me estaba ocurriendo en aquel momento de mi vida. Yo quiero a esa cicatriz, pero sigo poniéndome el aceite de rosa mosqueta. No sé bien si es para la tranquilidad de mis padres o para prolongar la sensación de tener una herida. Lo que sí sé es que quiero recordar es ese momento: el de la desesperación por no poder hacer las cosas cotidianas, el del placer de empezar a hacerlas y el de una etapa muy especial de mi vida.

Me corté. Fui a urgencias perdiendo sangre por la calle. Perdiendo unos trozos de mi pasado y, probablemente, de mi futuro. Trozos de algo que debería olvidar y de lo que estaría encantada de recordar el restro de mi vida. La perdía. Y me encontraba.

Los médicos me cosieron la herida, dejándome los hilos negros, como mi mente. Pero de seda, como mi vida.

Unas horas más tarde tuve que ponerme una vacuna contra el tétanos. Aquella vacuna me hizo aprender mucho. Llamadme loca.

Cuando estuve en la consulta del médico, la señora de la bata blanca, muy enfadada y tremendamente entrañable a la vez, me vio la mano y me dijo:

-      Necesitas una vacuna.

-      Eso creo.

-      ¿Cuándo te hicieron la última?

-      No sé, espera que llamo a mi madre…

-      Мама, когда мне делали прививку? В девяносто восьмом? Понятно…

La señora me miraba con desesperación. Yo la entiendo. A mí también me desespera no entender un idioma. De hecho,es lo que más me frustra. Escuchar hablar a alguien y creer que me está poniendo a parir con una sonrisa falsa.

-      ¿?

-      Dice mi madre que en el 98.

-      Vale. Tienes 31 años. ¿cierto?

-      Así es.

-      Pues, te tocaría ponerte la vacuna a los 40. Te la adelantamos. La próxima va a ser la última.

-      ¿La última? ¿Qué quieres decir con lo de “la última”?

-      Pues, que la próxima te la pondrán a los 70 años y ya está.

-      ¿Por qué ya está?

-      Porque ya no necesitarás más vacunas.

Aquello me mató. Estaba sentada en la consulta, viendo cómo la doctora llenaba una jeringa, y no paraba de repetirme: “Estoy a una vacuna de palmarla”.

Y algo se movió en mi desesperado cerebro. Algo muy bueno. Sentí que se me escapaban muchas cosas. Que algo no estaba haciendo bien. Que me levantaba, día tras día, trabajaba, hacía cuarto chorradas: limpiar el piso, leer un libro, escuchar la música y me iba a la cama de nuevo. A veces me escapaba de viaje. A veces estaba triste sin motivo. A veces escribía, cada día menos y cada vez más intenso. A veces, incluso, me arrastraba por la impotencia. Otras no entendía muy bien por qué lo hacía, o si escribir era lo que debería seguir haciendo.

Pero mientras se me hinchaba el hombro del líquido amarillento, decidí que seguiré haciendo lo que más me llena. Al menos hasta que me toque volver a vacunarme. Pensé en que las mejores cosas tienen tendencia a aparecer cuando haces algo sin pensar en el resultado. Me di cuenta de que, en el fondo, deseaba tener un final feliz, segura de que había vivido de la manera que más me apetecía.

Salí del hospital y me fui a la playa. Era un domingo. Pasé horas observando las familias felices que, como cada domingo, estaban de paseo con sus hijos. Veía a la gente que disfrutaba de lo que les quedaba del fin de semana y sabía que, gran parte de ellos, estarían frustrados al día siguiente por la llegada del lunes. Les envidié por un momento: tenían casa propia, una rutina establecida, dinero para poder ir de viaje una vez al año, un contrato fijo, un alisado permanente y unas dudas temporales. Ellos vivían esa vida, “la normal”, sin altibajos pronunciados y suponiendo- al menos- lo que les iba a esperar mañana. Yo no. Yo vivo en un constante caos, en el que los días son estresantes por el gran misterio que contienen. Los días se llenan de esperanza cada vez que abro los ojos. Mis días de sueños rotos e inestabilidad constante.

Pero esos son MIS días. Esta es mi manera de sobrevivir a ellos. Esa es mi forma de expresarme, de llenarme de energía y de esperar la siguiente vacuna. Con aspiraciones y con la incertidumbre. Con un labial rojo, a juego con mis cansados ojos, pegados constantemente a una pantalla. Con los proyectos eternamente archivados en “pendientes” y una filosofía de “ya veremos qué pasa”. Puede que no sea lo más sensato. Pero una, a mi edad, sabe qué es lo que le arranca una sonrisa en un día gris. Sabe que un cirujano plástico no es necesario. Que las cicatrices siempre son más bellas cuando más feas resultan ser.

Ahora, cuando suelto la típica broma al respecto, la de: “Ahora ya no podré seguir con mi gran carrera como modelo de manos. Tendré que dedicarme a algo”, miro mi cicatriz y pienso que tan sólo me queda una vacuna. Y me lleno de ganas de hacer todas aquellas cosas que siempre quise hacer.

¿TE GUSTA?  

+8 -0

Felicidad  Reflexiones  

7 comentarios

COMPARTIR


Alena KHPor
Alena KH

La palabra “ex” me ha acompañado durante gran parte de mi vida. Soy la ex-soviética, la ex-esposa, la ex-bailarina.

ÚLTIMOS POSTS

“Un cirujano plástico no es necesario. Las cicatrices siempre son más bellas cuando más feas resultan ser.”

7 COMENTARIOS

  1. La GraduadaLa Graduada

    Qué post tan bonito, y tan sincero. Porque cuántas veces en Internet la gente intenta “convencernos” (a través de los blogs, las fotos, el facebook, el Instagram) de sus vidas plenas y maravillosas, y qué poquito se habla de las dudas, los sueños rotos, la incertidumbre. O la envidia. O el dolor.

    Llámame egoísta, pero me gusta saber que tú también tienes tus malos días, Alena, tus días en que las “vidas normales” te saben a gloria. Y que también tienes tus días de subidón, y de vivir a tope, y tus días reflexivos. Qué sentido tienen las historias si no se comparte lo bueno y lo malo, el desaliento y la esperanza.

    Espero que en tu carpeta de proyectos pendientes se incluya una novela, y espero que pronto deje de ser “pendiente”. Ya sabes, ahora es el momento, sólo a una vacuna… Abrazos.

  2. EspoirEspoir

    Las cicatrices tienen mucho significado. Son un icono ritual en muchas culturas. Aquí, de alguna manera, también, aunque casi siempre negativo.

    A mí me gustan. Veo una historia en ellas, y las historias con dolor y sangre son más historias que las demás.

    Esa copa rota ha escrito en tu mano una nota recordatoria. Como cuando con el boli nos garrapateamos en el dorso de la izquierda -derecha si somos zurdos, o ambidextros como yo y con ganas de despistar- “comprar detergente”, “llamar Ana”, “pagar multa”. Bueno, en tu caso el mensaje es más profundo, duradero y trascendente. No está mal que se quede ahí ara siempre.

    Suerte.

  3. CristinaCristina

    Alena has escrito algo maravilloso y muy honesto .
    A mi también , como a Espoir , me gustan las cicatrices y casualidad Tengo una quemadura en la mano de uno de los peores días de mi vida, una marca de un día que se rompió algo pequeño pero importante dentro de mi .
    Cada cicatriz es un tatuaje que la vida te hace gratis .
    En realidad , ninguna vida es normal , en todas , todo puede cambiar en un segundo , así que ir de “ya veremos que pasa” no es más que clarividencia .
    Un beso , inventora de días .
    Por cierto , eres guapísima
    Por dentro y por fuera .

  4. monsieur le sixmonsieur le six

    Qué bonito, Alena :)

    No suelo ser muy fan de tus artículos literario-personales con toque melancólico, pero esta vez ha estado muy bien.

    Los que ya estamos a una sola vacuna de palmarla (y somos conscientes de ello), a veces apreciamos cosas que antes nos daban lo mismo. Cada cosa que hemos hecho tiene un significado especial, e incluso las cicatrices, lejos de ser algo a ocultar o borrar, son recuerdos de esa vida que sólo nos pertenece a nosotros.

  5. Avatar de Ronronia AdramelekRonronia Adramelek

    Yo tengo las piernas llenas de matados de lo burrobestia que era de pequeña y más de una calva en la cabeza como resultado de alguna pedrada. No son muchas cicatrices aún pero dudo que llegue a vieja solo con estas. Mi madre tiene una enorme y debajo tiene el marcapasos que la mantiene viva y activa y que espero que me la mantenga así muchos años. El montañés aún no tiene y espero no verle nunca enfermo o herido pero me temo que no va a poder ser.

    Que además de ser guapa y lista seas ambidextra ya me parece una exageración, un abuso y una falta de respeto para el resto de mujeres del planeta, que casi no escribimos ni con la mano buena :-)

Deja un comentario

TE PUEDE INTERESAR

rechazos
Relaciones

Mujeres holandesas de Amsterdam

Por Edu Batet | 13 mayo, 2016

Dice Joaquin Sabina que amor se llama el juego en el que un par de ciegos juegan a hacerse daño. Igual no hace falta llegar hasta el amor. A veces, e...

CONTINÚA LEYENDO >
relaciones toxicas
Relaciones

Yo soy tóxica. Pero tú también

Por Alena KH | 9 mayo, 2016

Hay tres cosas que están muy de moda últimamente: meditar, comprar libros para fotografiarlos y aislarse de las personas tóxicas. Lo de meditar tie...

CONTINÚA LEYENDO >