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“La teoría sueca del amor”: la soledad nuestra de cada día

Me pregunto cómo es que somos tan infelices si nadamos en la abundancia...

La sala estaba abarrotada. Mujeres, hombres, jóvenes, ancianos… hasta se escuchó llorar a un bebé, a pesar de que la cinta no está recomendada para menores de 12 años. Me es imposible decir a ojo cuántas personas debíamos de estar ahí, pero lo cierto es que no cabía un alma. Incluso hubo un breve amago por parte de la organización de poner más sillas, breve porque desistieron enseguida para colgar, orgullosos, por primera vez, el cartel de aforo completo.

La presentadora estaba estupefacta, en ningún pase de los Docs del Mes había visto la sala de actos tan llena. No pudo evitar preguntar qué hacíamos allí, tantas caras desconocidas en un barrio que para los que vivimos en el centro de Barcelona se siente como casi salir de la ciudad. Los espectadores sabían a que venían; unos por recomendación, otros por haber visto el tráiler. Hubo una chica que contó el caso de su amiga, que literalmente “huyó de ahí” — explicó — y le sugirió el filme como muestra del porqué.

Estaba claro que a todos nos movía la curiosidad y, por supuesto, que el amor vende y preocupa a partes iguales. Añádele las palabras teoría y felicidad en el título, más el concepto de soledad como trasfondo argumental y tendrás la receta para un auditorio pleno.

El reproductor se puso en marcha y vimos imágenes documentales de una Suecia que a principios de la década de los setenta decidió que había llegado el momento de otorgarles a sus ciudadanos la independencia absoluta. El ideal cobró forma en 1972 con la publicación del manifiesto político La familia del futuro: una política socialista para la familia. Ningún individuo sea padre, madre, abuelo, hijo, nieto o sobrino volvería a depender de otro. De ahora en adelante, al alcanzar la etapa adulta, seria económica y socialmente independiente de todos, para el resto de su vida. Sólo así, clamaban las autoridades, sería posible distinguir las relaciones auténticas basadas en el acuerdo y el deseo mutuos, y no en la necesidad. Sólo de este modo podría considerarse que una persona era verdaderamente libre. “La sociedad de los individuos”, clamaba una voz en off, La teoría sueca del amor, mostraron los créditos. Lo que siguió fue un completísimo documental de Erik Gandini que busca analizar las causas de la insatisfacción en la sociedad más autónoma e independiente del mundo.

Suecia tiene los estándares de vida más altos del planeta, miles de personas ven a dicho país como la tierra prometida de la seguridad económica y la estabilidad vital, pero ¿saben esas miles de personas que la mitad de la población sueca vive sola? ¿Y que una cuarta parte muere sola cada año? Sin familia, ni amigos, sin nadie que los pueda echar de menos. ¿Saben esas miles de personas que en Suecia existe un órgano oficial encargado de buscar cualquier rastro de conexión humana con el fallecido? ¿O que se organizan partidas de voluntarios cuya misión es tratar de encontrar a desaparecidos? ¿Qué en algunos casos el muerto ha llegado a pasar hasta dos años en su departamento? Con las hojas secas de los aloes como únicos testigos de su ausencia. ¿Y que los vecinos, a pesar de extrañarse un poco por el olor, no decían nada? Porque no es de su incumbencia, Suecia es el país de los seres humanos autónomos.

Tan autónomos que las mujeres ya no necesitan parejas para formar familias. “Quería un hijo, no una relación” –alegaba una de las entrevistadas. Por necesitar ni siquiera necesitan a los médicos, puesto que gracias a un visionario empresario danés ahora pueden recibir el esperma del donante en una caja de FedEx. Basta con apañártelas para abrir el envoltorio, calentar la jeringa que contiene los espermatozoides e inyectártelos cómodamente en el sofá de tu casa, con las piernas en alto, eso sí, y acompañando el gesto de un orgasmo, para facilitar el movimiento de los mismos hacia su objetivo.

Siete años, nada más y nada menos, tarda un refugiado llegado a Suecia en adaptarse y encontrar trabajo. Siete años durante los cuales es posible que no conozca a ningún sueco, porque no son más que apariciones fugaces por la calle. “Me pregunto cómo es que somos tan infelices si nadamos en la abundancia” –dice otra de las voces de la película. Y la respuesta es tan tópica que marea. Porque no es el dinero lo que da la felicidad, sino las relaciones humanas. Esa deliciosa y enriquecedora interdependencia a la que se refiere Zygmunt Bauman al final de la cinta, que nos salva del aburrimiento.

El ser humano es un ser social, repetían los profesores del colegio, pero con cada innovación tecnológica que sobreviene parece que se nos olvida. Hoy en día vivimos en dos mundos (vuelvo a parafrasear al gran Bauman), el online y el offline. Y a pesar de los depredadores cibernéticos, es el offline el más peligroso de todos, puesto que en Internet  nada es más sencillo que poner fin a una conversación incómoda, tan sólo debes abandonar el chat. El aislamiento lleva a la pérdida de las capacidades comunicativas, señala el sociólogo, cuanto más independientes somos, menos capaces somos de relacionarnos con otro ser humano.

“A los suecos les gustan las respuestas cortas” –cuenta en el documental Nhela, una mujer de origen sirio cuyo trabajo se basa en ayudar a los recién llegados. ¿Cómo estás? Bien. ¿Te pasa algo? No. Y luego nos preguntamos cómo puede ser que la tasa de suicidios sean tan alta. Podrás tener la asistencia médica que quieras, tantos formularios oficiales como necesites, pero ¿de qué te sirven si tus allegados han perdido la capacidad de comunicarse? Si no saben escuchar, ni gestionar lo escuchado. No debería extrañarnos que les sea más sencillo saltarse la fase del emparejamiento para pasar directamente a la procreación. No debería sorprenderos que rehuyan interesarse por el prójimo.

En el filme vemos actitudes que destilan un inquietante regusto a misantropía, pero su mensaje es una oda a la dicha de las pequeñas cosas que trae consigo el trato humano. Cuánta razón tiene Bauman cuando sentencia que “la felicidad no significa una vida sin problemas, implica tener que superarlos (…) Haces frente a los retos, lo intentas y te esfuerzas. Y entonces llegas al momento de felicidad cuando ves que has podido controlar los retos del destino. Y es justamente esto: la felicidad de haber superado las dificultades (…) lo que se pierde cuando crecen las comodidades”.

Añadiría que la felicidad tampoco puede ser una vida sin personas porque, como expresa el escritor noruego Carl Frode Tiller en Cerco (Sajalín, 2016): “…cuando ya no hay nadie que pueda documentar nuestra vida, cuando ya no hay nadie capaz de contar anécdotas sobre nuestra cabezonería o sobre nuestro mal humor mañanero, cuando ya no hay nadie que nos ría las gracias o se enfade con nuestro mal humor, cuando ya no hay nadie que nos recuerde quién somos y nos anime a ser quien podemos ser, nos derrumbamos y desaparecemos.”

Os recomiendo los dos, el documental y la novela.

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Alexandra SenPor
Alexandra Sen

Nací en Kiev y tengo un gato llamado Pushkin. Licenciada en Historia, reparto mi tiempo entre libros, copas de vino y labores editoriales.

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  1. Avatar de Ronronia AdramelekRonronia Adramelek

    Yo tuve un novio sueco. Estaba como un queso y debía de tener perras porque me hacía regalos caros constantemente. Digo “debía de” porque en un año nunca conseguí que me contara claramente qué hacía. Si le decía que le echaba de menos, cogía inmediatamente días libres en el trabajo, agarraba la moto, y se me plantaba en Zaragoza de tirón sin parar a dormir. Sin embargo, dos veces que se me ocurrió llorar en su presencia se largó rápidamente de vuelta a casa, porque llorar le parecía algo demasiado íntimo como para verlo. Le obsesionaba la salud pero bebía como un animal. Hablar con él era fácil siempre y cuando no entraras en profundidades sentimentales. Lo que acabó con la relación es que cuando se enfadaba se encerraba en sí mismo y no se le podía sacar qué le pasaba hasta que no se le había bajado el cabreo, pero yo no soporto eso, tengo que arreglar los conflictos enseguida porque, si no lo hago, mientras tanto no vivo. Sus amigos pensaban que él era el más “latino” del grupo, así que no sé cómo serían de cerrados los demás.

    Y luego están los del norte, que nacen en esas comunidades pseudocalvinistas en las que el consejo de viejos de la iglesia decide si estudias y lo que estudias, que uno piensa que aquí los curas tienen poder y allí hay separación de iglesia y estado, pero en Suecia hay pueblos enteros organizados así. El marido de una amiga es de un pueblo de esos: quería estudiar historia y tuvo que hacerse ingeniero porque así lo decidieron los patriarcas, o como los llamen. En esos debe de ser al revés, naces como en una secta y jamás te dejan estar solo del todo.

    El tiempo que traté con ellos, como “consorte”, me resultaron contradictorios, aunque imagino que yo a ellos se lo parecería también.

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