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Cosas que pasan

La pequeña gran tragicomedia

Me contó toda una película: que había estado con ella cinco años, pero que ya no la quería. Que él se quiso suicidar, y ella lo salvó, y que por ella había dejado las drogas.

Entré en el bar. Había mucha gente. Unas veinte mesas. Una persona por mesa. Cuando aparecí por la puerta, todos levantaron la cabeza. Algunos la volvieron a bajar (yo no era a la que esperaban ver), otros seguían mirándome. Entre esos últimos, había cinco hombres (deduzco que yo podía haber sido su cita a ciegas. Pero no), y dos mujeres. Una, morena con sonrisa juguetona. Otra, ella. Sabía que era ella aunque jamás la había visto antes: sus ojos nostálgicos y su tímida sonrisa me miraban con ganas de hablar.

Era ella. Julia.

Julia y yo nos conocimos a través del blog. Hay veces en las que comentaba en mis redes sociales. Con cada de sus aportaciones yo- mentalmente- construía su historia. Pero llegó el momento en el que quise conocerla entera. Por lo visto, ella también deseaba contármela. Y quedamos.

Hablamos del tiempo (¿por qué siempre se habla de la lluvia para romper el hielo?), de los temas tratados en el blog, de la situación actual del país y, no sé cómo, finalmente llegamos a su historia. Ella empezó su relato con un «Tengo 36 años y me ha pasado de todo.» Lo dijo riendo. Cuando se reía, parecía la mujer más feliz del mundo.

- Fui madre soltera a los 17 años, como casi todas mis amigas, – comenzó-. Pero a diferencia de ellas, a los 23 seguía soltera. Mi lista negra de galanes insufribles engordaba cada año, mi autoestima se venía abajo, y me corroía la envidia cada vez que otra amiga encontraba la “feliz estabilidad” que da el matrimonio con algún chico medianamente decente.

Resopló.

- Una de ellas, sin ir más lejos, se embarazó de un africano, y a la hora del parto ya estaba casada con un argentino. Luna, le llamaron a la niña.

- Bonito nombre.

- Ya. Mi hija tiene uno más simple.

Sacó el móvil del bolsillo de su chaqueta y me enseñó a una adolescente de cara redondilla con unos mofletes adorables. Rubia, como su madre.

Pidió al camarero que le traiga otra cerveza sin alcohol.

- Me aferraba a cualquier conato de relación con cualquiera que mostrara un mínimo interés por mí. Ya te advertía yo, Alena, que mi vida era más terror que comedia.

- Llamémosla “tragicomedia”.

- Bueno, vale. Resumiendo mis años de “juventud”: un largo desfile de hombres nefastos cruzaron por mi vida: el poeta muerto de hambre, que me propuso tener sexo pero yo tenia pagar la mitad de la habitación, y ya en el momento de pagar me dijo que su parte no la pagaba con dinero, sino con dos de sus libros, para que yo los vendiera y pudiera recuperar mi… inversión. Sí, sí, como lo oyes- me dijo al observar mi cara de indignación. – Luego llegó el chef, que a los cuatro meses de conocernos me propuso matrimonio, y como le dije que me parecía muy pronto, terminó conmigo y al mes se casó con otra. El siguiente los superó a todos: conocí a un policía, que resultó llevar una relación simultánea conmigo y con mi “mejor amiga”, ante la callada complicidad del resto de mis “amigas”.

- ¿Cuál fue el peor de todos?

- El galardón se lo lleva, con creces, Ramón. Gañán de gañanes, musculoso y bien torneado profesor de escuela, un mentiroso compulsivo de labios más sexys, cocainómano, autómata que montaba una Harley.

- ¿Dónde conociste al semejante personaje?

- Éramos compañeros de trabajo, y nuestra relación consistía básicamente en salir a comer juntos, e inventar algún pretexto para tardar de mas y echar un polvo en cualquier rincón oportuno. A eso, ya le podía yo llamar «una relación». Al grado de serle fiel, responder con un flamante “¡sí!”, si alguien preguntaba si tenía novio, y hacerme puñetas mentales sobre nuestro feliz futuro juntos.

No quería interrumpirla más. Julia continuó:

- Ante los compañeros, éramos pareja, pero nunca visitó mi casa o yo la suya, nunca conocí a sus amigos, por supuesto, mucho menos a su familia. Pero llevábamos ya un año saliendo juntos. Ya sabes: a veces cine, a veces charla, mucha risa, mucha cama. Hasta que un día, aparentemente nervioso, me llama para quedar en un parque. Entre tanto misterio de que tenía algo que decirme y el hecho de que al fin habíamos quedado para vernos cerca de mi casa, llegué a pensar que me iba a pedir matrimonio. Bien conozco el significado de la frase “nunca subestimes el poder de la negación”.

Me tomó ambas muñecas con una mano, y la otra metida en la bolsa de su sudadera, me miró a los ojos y me dijo: “«Te quiero mucho y por eso quiero que te enteres por mí, y no por la gente. Me caso el sábado.» Sacó la invitación y me la entregó. «Por si quieres venir…»

- ¿Así? ¿Sin más? ¿Sin darte ningún tipo de explicación?

- Ojalá no me la hubiese dado. Todo lo contrario: me contó toda una película: que había estado con ella cinco años, pero que ya no la quería. Que él se quiso suicidar, y ella lo salvó, y que por ella había dejado las drogas. Que se lo debía, pero a la que quería era a mí… Eso y todas las gilipolleces que le vinieron a la mente.

- ¿Y no te dieron ganas de partirle la cara?- pregunté, sabiendo que Julia jamás habría hecho algo por el estilo. Complicidad, supongo. No nos conocíamos de nada.

- No le reñí. No se si estaba más enfadada con él, por casarse con otra, o conmigo, por no haber visto las evidentes señales de que para este hombre, yo era un pasatiempo.

La verdad es que le creí porque le quise creer. Y me di cuenta que yo en realidad no lo quería, pero ya llevábamos meses saliendo y era decoroso para una chica en mis circunstancias. Entiéndeme, tener en mi currículum al menos una relación larga era todo un orgullo, porque todas las anteriores, además de desastrosas, habían sido muy breves. Así que él cumplió un rol en mi vida, y lo dejé ir sin rencores.

Mis rencores son aún más añejos, mas históricos y abarcantes. Mi rencor es contra mi sociedad, latina, católica y machista que nos inculcan desde pequeñas que el paso lógico en la vida es casarse y tener niños, así que, apenas salimos del cascarón, ya vamos con prisa.

- Hay tiempo para todo. Es curioso como nos intentan convencer de lo contrario.

- Es siempre tarde, Alena. ¡Siempre es tarde! El reloj biológico acecha, tus amigas ya se han casado, se murmura que eres lesbiana, a tu madre le da vergüenza cuando le preguntan si su hija sigue soltera. Se pone peor cuando se acercan los 30… Comienzas a buscar pretextos: una maestría, un doctorado, clases de pintura, ya vives sola pero ni se te ocurra comprarte un gato. Un tópico. Huye de la palabra “solterona” como del ébola. Antes de que crean que no has sido digna, nadie te ha escogido, eres la morraya, lo que sobra, lo que no se vendió y nadie quiere, ni regalado…

Mi rencor era contra mí misma, por sacar malas conclusiones, por deducir que si solo se acostaban conmigo y después pasaban de mí, era porque lo único valioso en mí era mi cuerpo, así que hay que invertir en la belleza; y que si nadie encontraba en mí nada valioso como para ser su pareja, entonces no valía en absoluto. Para terminar, llegué a pensar que si dando mi 100% no resultaba suficiente, era porque no tenía lo necesario para que nadie me amara.

- Cuánta gente habrá sentido lo mismo…- le respondí recordando la historia de mi amiga Marga que cayó en una depresión a los 33 años, creyendo que ya no le quedaban años para construir de si misma una nueva versión. Como si la necesitara de verdad. La impotencia nos hundía: a mí y al resto de sus amigas. Y cada día estaba peor….

- No lo sé. Yo me sentía muy sola en todo aquello. Mis amigas que se casaron a los 18 ya estaban todas divorciadas, tenían al menos tres niños. Estaban descuidadas, avejentadas y eran totalmente infelices en su relación de pareja. ¿Eso era lo que me urgía tener? ¡Eso era lo que yo envidiaba! Si hubiera sabido lo equivocada que estaba, me hubiera entregado a la vida de manera más serena. Hubiera tenido más sexo, pero sexo recreativo, no mercantilizado, sin esperar a cambio que no me abandonaran nunca para probarme a mí misma que todavía valía algo. Me hubiera relajado y hubiera salido más, hubiera disfrutado cada día, yendo a conciertos, bailando, riendo, teniendo amigos, comprendiendo la vida.

Pero todo este entendimiento me llegó después de cuatro años de casada. Con uno que, por cierto, resultó ser gay.

- ¡Lo que faltaba!

- Imagínate. Pero me liberé. Viví sola, mi hija ya estaba grande y también se iba de fiesta. Hacía lo que me daba mi real gana. Nadie me mandaba, nadie me exigía, nadie me evaluaba. Y justo cuando supe que por fin era capaz de vivir sola el resto de mi vida, apareció el hombre adecuado.

- Suele ser así. Sólo y cuando tú misma te quieres y te sientes capaz de vivir sola el resto de tu vida… Aparece alguien. A veces no aparece nunca, pero eso ya no es un problema, ¿verdad?

Julia volvió a sonreír. Me respondió algo así como que valió mucho la pena haber pasado por todo aquello. Que hubiese cambiado muchas cosas, probablemente. Pero, pasado los años, se daba cuenta, de que jamás se habría sentido tan feliz si no hubiese pasado por todas aquellas decepciones.

- Hoy vivo una relación donde las bases son el amor y la libertad – concluyó. – Decidí no tener más niños y me dedico a mí, a mi pareja, a vivir… No ha sido fácil, pero no merezco y no acepto nada menos que eso. Porque estar sola ya no es una amenaza, y así, por primera vez, estar o no en pareja es una verdadera elección.

Brindamos con nuestras cervezas sin alcohol.

- Por ti, valiente- le dije intentando digerir toda su historia.

- Por todas ellas, – me respondió haciendo el gesto hacia la calle.- Es importante no rendirse.

Se me ocurrió una idea y le pedí permiso:

- ¿Puedo llamar a una amiga para que venga?

- Claro. Hoy tengo toda la tarde libre.

Marqué el número de Marga. Ojalá Julia pueda hacer algo por ella. Algo que yo jamás pude.

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Alena KHPor
Alena KH

La palabra “ex” me ha acompañado durante gran parte de mi vida. Soy la ex-soviética, la ex-esposa, la ex-bailarina.

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