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Relaciones

La letra pequeña del soltero

Esa noche de cumpleaños que nunca olvidaré, la vez que me pidieron matrimonio y dije que sí.

Cerveza en mano, escucho atentamente a una amiga mientras me pone al día de su vida. Debido a la cantidad de horas que pasa delante de un ordenador, luce unas simpáticas ojeras de mapache. No puedo evitar observar su graciosa manera de gesticular mientras me explica sus proyectos laborales, su última mudanza y sus escarceos amorosos.

Parece mi turno en la conversación. Siempre tengo la manía empezar a hablar mientras estoy comiendo algo. En este caso, una patata brava que quema y que pica un poco; la típica situación que te obliga a soplar y aspirar a la vez, una oda a la estupidez.

Media patata brava después me arranco con mis cosas. Tengo que decir que he superado bastante la época de aburrirme cuando le explico mi vida a alguien y ahora incluso me siento cómodo contando las cuatro cosas que hacen que mi mundo gire en la dirección que me apetece, que no ha sido nada fácil, todo hay que decirlo.

Llegados a un punto abrimos el melón de los solteros y nos reímos un rato. Tenemos historias para escribir un maldito libro sobre todos los tics que acumulamos con la edad. Todos los traumas que hemos ido apilando en rincones y que definen nuestros miedos y nuestras inseguridades.

Y claro, no podía faltar hablar de ex’s un poco y de relaciones en general. En este episodio ya vamos por la segunda cerveza y nos aventuramos a hablar sobre las mochilas que llevamos encima y que sacamos a relucir cada vez que alguien nuevo intenta entrar en nuestras vidas. La puñetera mochila del pasado que nos lleva siempre a comparar todo lo que nos rodea y que a veces, incluso sin querer, nos fulmina todas y cada una de las decisiones que queremos tomar.

Y la maldita letra pequeña. Cada maldito contrato que con tus ex’s has redactado en tu cuerpo como si fuera un tatuaje y que condiciona todo lo que aparece en el futuro, sin dejar nunca espacio a poder empezar de alguna manera de cero. Siempre existe algo, por pequeño que sea, que te impide dejar entrar a alguien con la facilidad que debería.

Ojos de mapache va dando tragos a la cerveza mientras me explica que siempre le llama mucho la atención practicar sexo con alguien, que esa persona esté dentro físicamente y en cambio se encuentre a años luz de estar en tu interior. Y que esa sensación se acumule en ti y en la otra persona y convierta un momento tan íntimo en algo que parece un puro trámite extraño.

Para mí la letra pequeña siempre ha sido esa barrera que te impide conocer a la gente como te gustaría y, a su vez, ha sido el muro en el que me he escondido para no abrirme al exterior.

La cerveza se acaba y parece que nos cierran el bar. Es el momento de pensar en la retirada y sellar la noche con un abrazo, uno de esos que no llevan letra pequeña y que uno agradece enormemente.

Sentado en la moto y de camino a casa, voy pensando en la conversación que acabo de tener y en mi mochila, cada vez más vacía de cosas que me fastidian, cada vez más llena de recuerdos bonitos y de gente que ha pasado por mi vida para cambiarla y ponerla genialmente patas arriba.

Es en este momento que siento la necesidad de abrirla y recordar a todas las mujeres que han llenado mi vida de momentos inolvidables. Esa noche de cumpleaños que nunca olvidaré, la vez que me pidieron matrimonio y dije que sí, aquellos días en París cuando nevó, aquella noche que te miraba en la cama mientras comías canelones.

En esta mochila también hay espacio para las noches horribles, para los reproches y las peleas y los momentos que uno quiere enterrar en el olvido. Las heridas también nos ayudan a ver y a entender la vida y sus procesos. Porque, en el fondo, no existe letra pequeña que dure para siempre.

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