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Relaciones

La inocentada de perder la inocencia

Tres veces necesité para perder mi inocencia y no fue gracias a mi iniciativa. Es más, la definitiva fue gracias al miserable polvo de los pinos.

28 de diciembre, el día de los Santos Inocentes, la conmemoración cristiana de la matanza de niños menores de dos años que ordenó Herodes para intentar acabar con el recién nacido Jesús de Nazaret. Con el paso del tiempo se ha convertido en costumbre gastar bromas, las llamadas “inocentadas”, a todo ser viviente que se deje o incluso mejor si no se deja. Es típico (aunque no sé si se sigue haciendo mucho) colgar de la espalda de cualquier desprevenido un monigote blanco sin que se dé cuenta. Yo lo hacía de pequeño y recuerdo que requería mucha pericia pues casi siempre el individuo se daba cuenta, se giraba y me pillaba con el monigote a medio pegar entre su ropa y mis dedos. Las pocas veces que lo conseguía, veía orgulloso como mi inocentada se alejaba calle abajo. Aquello no tenía malicia ninguna. No sé si era más inocente la persona que se iba con el monigote colgando en su espalda o yo colgándolos. Supongo que yo, a fin de cuentas, porque no perdí la inocencia hasta bastante después.

Miro a lo lejos, en el tiempo, y me da la sensación que no perdí la inocencia hasta el tercer intento. Quedaría bien decir que tenía tanta que tuvieron que insistir para librarme de ella pero no, no es así. Lástima.

Debería tener unos 10 u 11 años cuando iba con mis padres de vacaciones de cámping en cámping con una caravana a las espaldas. Eran un montón de amigos con la misma afición trashumante que se reunían cada verano para dar la vuelta a medio país de prado en prado. Mientras los mayores iban haciéndose más mayores año tras año, los niños íbamos creciendo con todo lo que ello comporta y acarrea. El último verano en que toda aquella tribu lo pasamos juntos fue cuando perdí la primera de las tres partes de mi inocencia. Unos amigos de mis padres tenían una hija con la que me pasaba todo el mes jugando, agosto tras agosto. Jugar mucho con una chica a esa edad, incluso a cualquier otra, te acaba convirtiendo en algo más que en su compañero de juegos. Uno no sabe qué coño ha cambiado, qué clic se ha producido, pero se ve envuelto en algo más comprometido. El cambio de estatus de una relación entre dos personas se produce por un clic, un interruptor que enciende y apaga sentimientos. En realidad, tu propia vida es una malla de cables llena de interruptores (normales o de diseño) o una red de cañerías con grifos (de los de siempre o monomando) que se abren y cierran dejando pasar o cortando según tus deseos o tus necesidades. Lo bueno es tener una de las dos redes: o la eléctrica o la de agua. Las dos a la vez… cortocircuito asegurado. ¡Oh… ha enloquecido! ¿Enloquecido? No, electrocutado es más correcto.

Con la edad que yo tenía por aquel entonces, los interruptores de mi red eléctrica (son de esos antiguos tan chulos de las casas viejas en forma de pajarita de madera que dan vueltas sobre sí mismos montados sobre baquelita blanca) solo podían hacer dos tipos de clics: el que se produce conjuntamente en los implicados que es invisible e insonoro y el que uno de los dos activa esperando que el otro lo vea y lo escuche. En mi caso, no fue ni lo uno y mucho menos lo otro. Si existió, ni lo vi, ni lo escuché, ni lo olí… vamos, no me enteré de nada. Años después he incorporado al segundo tipo de clic una nueva opción y es cuando lo ves, lo oyes y hasta lo hueles pero sigues a lo tuyo como si nada pasara. Lástima que esta opción no solo no mejora nada el posible resultado final sino que puede empeorarlo. Mira, si la otra persona decide accionar el interruptor y tú no te enteras de nada, eres un iluminado que va a su bola y vive más o menos feliz en el país de Nunca Jamás pero si eres de los que sí que se da cuenta de que la otra está accionando el interruptor una y otra vez, clic y clic, y clic, y clic… y no haces nada, no quieres reaccionar, luego no te quejes si te estalla en la cara. A mi, cuando me ha pasado, no me quejado. (Tema interesante a recordar: lo de los diferentes clics para volver a hablar de ellos próximamente. Bah, no me hagáis caso, tomo notas por todas partes).

¿Por dónde iba? Ah, sí. No sé cómo se lo hizo pero aquella niña consiguió llevarme hasta una de las caravanas y una vez solos, me encontré tocándole involuntariamente una teta que pese a su (nuestra) corta edad recuerdo que no era ninguna tontería lo que tenía bajo su cuello. ¿Que cómo puedo afirmar que era involuntario? Joder, pues porque mi mano hacía de jamón york entre su mano y su pecho. No recuerdo si no la pude retirar porque estaba firmemente presionada o porque estaba paralizado de terror. Ese terror, ese extraño pánico fue el que hizo que no perdiera la inocencia de buenas a primeras. Necesité dos situaciones más y no se produjeron hasta algún año más tarde. La suerte fue que de la segunda a la tercera y definitiva no pasaron más de 24 horas, lo cual me permite hoy poder explicarlas.

Me ocurrió con mi primera “novia” real aunque no era mi primer amor. (Ah… el primer amor. Es curioso como el primer amor no siempre coincide con tu primera relación medianamente seria. Curioso también es quien piensa que el amor de su vida es siempre el último o con quien esté en ese momento. )

Ella, que responde a las iniciales M. S. H., y yo nos fuimos al campo. Siempre me ha hecho gracia leer en las noticias de sucesos las iniciales de las víctimas o agresores o delincuentes. ¿Para qué las ponen? ¿Para parecer altamente sobrados de información? ¿De que ellos saben quienes son pero no nos lo dicen porque somos escoria? Ah, sí, para mantener el anonimato y proteger su intimidad. ¿Y no podrían escribir solo su nombre? ¡Uy, no! No vaya a ser que escribiendo Manolo sepamos de qué Manolo hablan. Total, que han acabado implantando que si alguien habla de ti nombrándote solo con las iniciales o eres víctima de alguien o has robado y te han detenido o alguien está escribiendo sobre ti en un blog de como le hiciste perder la virginidad.

Iré abreviando que se me hace tarde. Con M. S. H., a quien llamaré María, acabé en el campo un domingo por la mañana. No me preguntéis qué diantres hacíamos allí porque solo os puedo contestar qué sí sé lo que NO acabamos haciendo. Bajo unos pinos, como croquetas sobre pan rallado, nos revolcamos durante un largo tiempo. Como yo seguía como abanderado de la inocencia, tuvo que ser ella, en esta ocasión María, quien volviera a agarrar mi mano y llevarla más allá de mi exploración exhaustiva del tipo de material con el que estaba confeccionada la cremallera de la bragueta de sus pantalones. No es que no supiera desabrocharla, no. Un sujetador aún se me podría resistir pero una cremallera… ¿por quién me habéis tomado? Fue porque ¡yo era aún demasiado inocente! A la vista está en que ponía mi empeño en dejar de serlo pero más evidente es que necesitaba empujones constantemente. Y no empujoncitos, no. Empujones de esos que te echan la cabeza hacia atrás. Al final me encontré con la mano sumergida en algo tan antiguo como un pubis con pelo. Alguno y alguna habrá por aquí que aún los recuerdan. Que a mi me da igual, que cada uno haga con sus pelotas y su coño lo que le dé la gana. Pero no se marca tendencia siendo hippie… dicen. El pubis con pelo es como el tocadiscos, existió pero muy pocos lo recuerdan. El tocadiscos, la cassette, el video VHS (que no son las iniciales del inventor que acabó detenido), la tele de tubo… todo es “vintage”. Pues yo, aquella mañana de domingo, me encontré con la mano entre un pubis “vintage” y la mano de María. Aquello acabó allí. No ocurrió nada más. No estaba preparado para ir más allá… al menos aquella mañana.

Al día siguiente, mi cuerpo amaneció lleno de ampollas. Al parecer el polvo que desprenden los pinos me causó una reacción cutánea extremadamente virulenta que imposibilitó que pudiera asistir a clase y me quedé en cama robozándome constantemente en polvos de talco para apaciguar el picor. Por la tarde y extrañada por mi ausencia en clase, apareció María mientras me encontraba solo en casa. Lejos de echarse atrás por encontrarse frente a un humano convertido en mazorca de maíz lo que hizo fue echarse… pero encima mío. Fue el último y definitivo empujón al destierro de la inocencia. No recuerdo si fue agradable o me retorcía de picor mientras perdía mi virginidad aunque sí sé que acabé con una media sonrisa en la cara, entre la felicidad y la vergüenza.

Tres veces necesité para perder mi inocencia y no fue gracias a mi iniciativa. Es más, la definitiva fue gracias al miserable polvo de los pinos. Claro que la inocencia, cada uno la pierde de distintas maneras y no siempre va ligada al sexo. Un simple hecho que marque tu vida puede hacerte perder la inocencia en cinco minutos pero en mi caso, creo que la perdí así, coincidiendo con “mi primera vez”. No sé, sea cual sea la inocencia que pierdes y sea cual sea la forma en que te ves “obligado” a perderla a mi ya me está bien como perdí la mía, decir adiós a la inocencia con una sonrisa mejor que con lágrimas. Lo de hacerme mayor vendrá más tarde porque aún hoy saldría a la calle a colgar monigotes de papel en las espaldas de la gente pero esa es otra historia.

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6 comentarios

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6 COMENTARIOS

  1. Avatar de Mr.DMr.D

    Jajaja mira que hacerme recordar como perdí mi virginidad inocencia en una época tan santorial.. tiene pecado! En aquella época esperaban que tú te lo trabajases… así que conseguí un apartamento vacío, velitas, algo para beber y una cinta de John Secada (en aquella era lo más! infalible! Nota para el futuro: buscar esa cassette! ). Y a los cinco minutos ya te das cuenta que algo no va bien… Obviando detalles ñoñas: qué manera de traumatizar a un menor!! Tu erre que erre, diciendo que eso ahí no entra y ella toda tozuda pq ya era la tercera vez que lo intentabais y el pavor/nervios la echaban para atrás… pues nada, que al final ella se salió con la suya y yo traumado de ver, a la persona que más quería hasta ese momento en mi corta vida, sufriendo y con cara de dolor infinito a menos de un palmo de mi cara.. super romántico oiga!!

  2. inmahlinmahl

    Leí el post esta tarde y me has tenido pensando en mi pérdida de la inocencia jaja, me ha traído muchos recuerdos!! Por ejemplo de cuando tendría unos 12 años y jugábamos al mítico juego de la “botella”, también me has recordado esa época en la que una empieza a descubrir ciertas cosas y a comprar la revista “Vale” para leer la sección de sexo jaja, qué años aquellos! buen post, feliz navidad!!

  3. Alena KHAlena KH

    Buff, la pérdida de la inocencia. Bonito escrito, 4Colors.

    La inocencia, lo que es la inocencia la perdí a una edad muy temprana, la pérdida de la virginidad ha tardado bastante más, por suerte.

    Me acuerdo perfectamente que, tras la pérdida de la segunda, pensé: si por esto la gente se separa y la lía, menudo coñazo xD Suerte que le cogí el gustillo unos años más tarde.

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