Jason-y-yo
Cosas que pasan

Jason y yo

Se llamaba Michael, de los Myers de toda la vida, un chico tímido con problemas familiares al que no le gustaba peinarse, ni una baby sitter con toda la vida por delante.

Jason y yo nos conocimos un viernes 13 de junio. Recuerdo bien la fecha porque, además de ser mi primer día de trabajo en el campamento Crystal Lake, también era el día de su cumpleaños y, a partir de ese momento y para siempre, la fecha de nuestro aniversario.

Yo me encontraba en un momento delicado, concretamente saliendo de una relación…tormentosa; pero cuando digo tormentosa no me refiero a que mi chico contestara los whatsapps 3 horas después de haberlos recibido. Estoy hablando de un matadero clandestino en Texas, sangre, vísceras, y la deliciosa melodía de una motosierra. Con Leatherface había llegado al pináculo de mi afición por los chicos malos, o por lo menos eso me había jurado a mí mismo. Así que allí estaba yo, magullado y vegetariano de por vida, aferrándome al consejo de la única amiga rubia y tetuda que me quedada, Alice, quien aseguraba que no había nada mejor que un verano en el campo, vestidos de verde caqui, y cantando frente a la hoguera estupideces cristianas que nadie pensaba respetar.

Jason siempre me hacía la broma de que lo nuestro había sido un “machetazo” a primera vista. Pero no estoy de acuerdo. La primera vez que nos vimos aquel viernes 13, a punto estuve de salir corriendo. Recuerdo muy bien aquella noche. No llevábamos ni 4 horas en Crystal Lake, y mi amiga Alice, 2 parejas de monitores pubescentes y yo, nos hallábamos en medio de la inevitable partida de strip-monopoly, cuando de repente e inesperadamente la luz se fue sin avisar de cuando volvería.

Entonces, mi dulce Alice, que no era precisamente conocida por tomar decisiones inteligentes, se levantó como por acto reflejo y dijo:

- Dios mío. ¿Qué ha podido suceder? Debería salir ahí fuera…al bosque oscuro…en plena noche…bajo la terrible tormenta…evidentemente sola…

- Ya voy yo Alice – acerté a decir para descanso de todos los presentes.

Y sí. Qué noche tan fría. Qué viento. Qué lluvia. ¿De dónde viene ese sonido? Tsh Tsh tsh ah ah ah shu shu shu…¿Quién estará buscando ovejas con este temporal? Por fin veo la puerta roja del cobertizo. Ahá, éste debe ser el generador. Mmmm…parece que alguien lo ha desenchufado. Un momento…¡¿Quién anda ahí?!

Y allí estabas tú. Mi Jason. Casi 2 metros de carne, harapos y moho. Iluminado por una luz cenital que ya habría querido para sí el arcángel anunciador. Pero no fue un canto angelical lo que escuché cuando te vi. Aquella máscara, lechosa e inexpresiva, me transportó en clase turista a los tiempos de mi primer amor. Se llamaba Michael, de los Myers de toda la vida, un chico tímido con problemas familiares al que no le gustaba peinarse, ni una baby sitter con toda la vida por delante.

Jason y yo hablamos toda la noche. De lo terrenal y lo divino. De lo malo y lo peor. Bueno, en realidad hablé yo, porque él sólo emitía gruñidos (un gruñido es una afirmación, dos un “eso sí que no”) y me mostraba sus propias ideas a través de dibujos descriptivos que tallaba con un impresionante cuchillo en la endeble madera del cobertizo.
- Creo que el destino ha querido que nos conociéramos en este viernes 13, Jason. Quiero ser para ti como un regalo de cumpleaños. Quiero que a partir de hoy todos los días sean tu cumpleaños. ¿Qué estás dibujando…? ¿Quieres…matar a todas mis amistades recientes y hacerte un sofá ecológico con sus cabezas…? Qué metáfora más desgarradora sobre la pérdida de los amigos cuando una relación de pareja funciona de verdad. Eres un poeta, Jason. Creo que hace ya 15 minutos que empecé a quererte.

Yo no podía esperar a contarle la buena nueva a Alice. Corrí tan deprisa hacia la cabaña que las gotas de lluvia ni siquiera podían tocarme. Pero al llegar, me di cuenta de que lo menos apropiado en aquel momento era una muestra de alegría. Alice estaba sola, más que asustada, e inconsolable.

- ¡Todos están muertos! – decía entre sollozos- ¡Un monstruo jugador de hockey quiere acabar con nosotros!

Intenté explicarle que no. Que aquél a quien llamaba monstruo tenía un gran corazón, y que su dueño ahora era yo.

- Por dios, se supone que es mío el papel de rubia tonta – proseguía Alice con una repentina confianza en sí misma, -ese nuevo novio tuyo va a acabar contigo, como casi lo hacen todos los anteriores, y lo sabes. Ahora me doy cuenta de que los locos no eran ellos. Acaba con esto. Acaba con Jason. Déjale antes de que sea demasiado tarde. Es el último consejo que te doy.

Y sí fue su último consejo, pero no por falta de elocuencia, sino porque la aparición inoportuna de un hacha vino a separar la rubia cabeza de Alice de su precioso cuerpo, impidiendo así que pudiéramos proseguir aquella charla tan constructiva.

De repente me encontraba huyendo otra vez. Con la muerte en los talones y el corazón en el intestino grueso. A través de un paisaje que ahora me parecía lúgubre, pero en el que hacía tan sólo unas horas creí que podía ser feliz junto a un psicópata llamado Jason. El mismo loco. Diferente máscara. Quizás debería detenerme ahora mismo y dejarme atrapar. Dejar de ser un superviviente. Quizás la única manera de sobrevivir al romance sea colocándome la máscara, hacerme con el cuchillo, y aguardar en el bosque a que algún incauto escuche mi señuelo: Tsh Tsh tsh ah ah ah shu shu shu.

No hay nada más terrorífico que una historia de amor.

13 MONTHS LATER…

Nunca imaginé que alguien como Fred podría fijarse en mí. Un hombre hecho a sí mismo. De ascendencia alemana. Curtido en el duro trabajo de la fábrica. Un artista de la orfebreía. Amante de los niños. Con ese estilo chic parisien que le dan ese sombrero ancho y su jersey a rayas. Sí. Definitivamente Freddy Krueger es el hombre de mis sueños. Por fin acabó mi pesadilla.

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