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Relaciones

¿Imbécil por qué?

Un rechazo que no era ningún rechazo, sino el fin de una historia.

Si hago un poco de memoria, la cosa de la que más se han arrepentido, tarde o temprano, muchas de las personas que conozco, es de haber amado desinteresadamente, de haber sido transparentes desde el principio y de haberse expuesto tanto ante un extraño.

Todavía tengo viva la imagen de una de mis conocidas, llamémosla María. Ella, sentada en el sofá de mi casa, calentándose las manos con una taza de té blanco y mirando fijamente la pared, sin siquiera pestañear, no paraba de hablar de lo imbécil que se sentía. Se sentía tonta por haberse entregado tanto a otro conocido mío, llamémoslo Juan.

Le pregunté: “¿Imbécil por qué?”

Y ella me enumeró todas y cada una de las cosas que sintió por Juan. Las sintió de verdad, con cada célula de su piel, sin importarle que no fuera recíproco, sin pedir nada a cambio, sin miedo a ser rechazada.

Ahora se sentía rechazada y tenía miedo. Y se sentía imbécil. Por haber amado sin protegerse. Como si protegerse sirviese de algo más que impedir que disfrutemos de lo que sentimos.

Mientras seguía mirando un punto fijo de la pared, me confesó que, desde el inicio de su relación, o lo que hubiese sido aquello, había sabido que tarde o temprano se iba a terminar.

Le pregunté: “Como cualquier relación en el mundo, ¿no?”

Y ella me enumeró todos y cada uno de los ejemplos de sus amigos que seguían juntos, años después, de los padres de los amigos que ya tenían sesenta y no estaban divorciados, insistiendo en que seguir juntos era el sinónimo de amarse. Supongo que estaba muy dolida y no razonaba bien. No discutí ese punto con ella. No era un buen momento.

La miraba y me despertaba ternura. Como cualquier ser humano con el “corazón herido”, lo que llega a ser “corazón intacto y ego aplastado”. Le dolía el rechazo de Juan. Un rechazo que no era ningún rechazo, sino el fin de una historia. Una historia que tuvo su inicio y su fin, fuese quien fuese el que había tomado la iniciativa para que terminase.

La miraba y me preocupaba que lamentase tanto haber amado, haberse expuesto y haberlo vivido. Que no se acordase de los bonitos momentos que vivieron juntos, de los viajes, de las noches que pasaron abrazados, de los conciertos y las sonrisas pícaras, de las copas de más y de echarse de menos.

Ahora se sentía rechazada y sentía miedo. Rechazada y humillada, según ella. Rechazada y con una herida al descubierto.

Le pregunté: “¿De veras te avergüenzas por haber sentido algo tan pulcro?”

Esperaba que volviera a enumerar la razones por las que amar era vergonzoso o humillante.

Pero ella no dijo nada. Acabó el té, se levantó del sofá y se fue.

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Alena KHPor
Alena KH

La palabra “ex” me ha acompañado durante gran parte de mi vida. Soy la ex-soviética, la ex-esposa, la ex-bailarina.

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