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Relaciones

Hasta que el divorcio os separe

Porque crecer implica casarte y casarte implica traer hijos al mundo.

Voy a contaros una historia absolutamente verídica. O tenía veintiséis años cuando conoció a E. Corría el mes de junio y ella era una jovencita muy guapa, a punto de cumplir los veinte, que acababa de aterrizar como becaria en el despacho de arquitectura donde él trabaja. En cuanto se vieron saltaron chispas y no tardaron ni una semana en iniciar un romance. La relación iba viento en popa; se querían, se adoraban, los amigos de ambos estaban encantados, la familia también. Pronto sonaron campanas de boda; ella tenía muchas ganas de vestirse de blanco, a él le parecía lo correcto a hacer. Hubo un anillo de diamantes y un vestido con cuatro cifras en la etiqueta, también hubo un gran banquete, un fotógrafo, fiesta hasta el amanecer y una casa nueva construida por los padres de él como regalo de bodas. Pero la cosa no funcionó y la historia terminó en divorcio. Hasta aquí todo normal, a la orden del día. Ahora viene cuando os digo que desde que se vieron por primera vez hasta la cita con el abogado pasaron tan solo seis meses.

Seis meses en los que la pareja tuvo tiempo de conocerse, enamorarse, casarse, convivir, tirarse los trastos a la cabeza y divorciarse. Impresionante, en Barcelona tardas más sólo en encontrar piso.

Creo que llegados a este punto es importante mencionar que la historia transcurre en Kiev (Ucrania) y el Este europeo, por lo que respecta a las relaciones, es otro mundo.

Siempre que voy de visita a mi país natal siento que viajo a otro planeta. Debe de tener que ver con mi educación orientada hacia los estudios y el saber valerme por mí misma, no a buscar marido. Y claro, luego pasa lo que pasa, y lo que ocurre es que acabo sintiéndome poco menos que una extraterrestre cuando, al pasear por mis parques favoritos, veo que las chicas de mi edad en vez de llevar libros bajo el brazo llevan bebés, o barrigones que más bien parece que las lleven a ellas. Porque crecer implica casarte y casarte implica traer hijos al mundo. Así es la vida, intentad rebatírselo a una abuela rusa, si es que os atrevéis.

Un psicólogo muy lúcido, Michael Labkovsky, argumenta que esta costumbre de casarse tan pronto en Rusia (léase los países de la antigua Unión Soviética) tiene que ver con un pánico genético inculcado a las mujeres tras la Segunda Guerra Mundial. Comenta Labkosvky que entre 1941 y 1945 contraer matrimonio después de los veinticinco era impensable y hacerlo antes ya constituía un logro, básicamente porque no había hombres. Con los años el contexto histórico cambió pero fue inevitable que ese miedo se transmitiera de madres a hijas hasta el día de hoy.

Ahora las autoridades rusas señalan que la edad del matrimonio crece y lo hacen con tono de alarma, por las consecuencias que puede tener para la demografía del país. La media de edad de los que pasan por el altar ha subido de los veinte años a los veinticinco, lo que reduce a la mitad el tiempo que una mujer tiene para ser madre. Ya que, ojo, hablamos de Rusia y ahí no es raro escuchar de una mujer que a los treinta y tantos se es mayor para dar a luz, que el cuerpo ya no sirve. Así se lo han enseñado madres, tías, suegras y abuelas. “Si quieres tener hijos cuanto antes mejor  –me decía siempre K–. Mírame a mí, cuanto tenga treinta y esté en la flor de mi carrera profesional mi hija ya será lo suficientemente mayor como para ir sola al colegio. ¿Me imaginas a esa edad pasando por todo eso de las noches sin dormir y los pañales?” Así hablaba la K de veintidós. Ahora tiene treinta y seis, una hija de catorce, y se ha casado por segunda vez con un hombre para el cual ella es su cuarta esposa (casarse pronto también es cosa de ellos). Por supuesto ha tenido otra niña. Tanta prisa, tanto miedo a quedarse atrás, para luego volver al punto de partida diez años más tarde.

El suyo no es un caso aislado: naces, creces, estudias, te casas con tu novio de la universidad, tienes hijos, te divorcias y te vuelves a casar (una década después según las estadísticas) para empezarlo todo de nuevo. Ese es el cuadro simplificado de la mujer rusa  –siempre hay excepciones pero resulta imposible hablar de ello sin generalizar–.

No me extraña que a las pobres las tengan fritas. Durante las tres semanas que duró mi viaje me preguntaron una vez a qué me dedicaba y cincuenta si aún no pensaba en casarme. Que ya tenía una edad, que se me iba a pasar el arroz, que luego no encontraría marido. La tormenta sólo amainaba cuando les decías que tenías pareja. Entonces suspiraban aliviadas, aún no estaba todo perdido.

Si ir de vacaciones a Rusia a punto de cumplir los veinticinco y sin anillo de compromiso ya fue un deporte de riesgo, no me puedo imaginar que hubiera pasado si además hubiese estado soltera. Casi que temo menos a los leones africanos que a las abuelas rusas, ahí como mínimo tienes guías que te indican cómo moverte.

Años después de su divorcio me encontré con O. Hablamos de Ucrania y de España, de lo diferente que era la vida en ambos países. Él se lamentaba de la crisis, la caída de la grivna y de que ya estaba harto de que todo el mundo le recordase que tenía que volver a casarse. “Tengo treinta años y estoy divorciado, si no quería casarme la primera vez, ¿cómo pretenden que vuelva a hacerlo ahora?”. Y con asombro añadía “¿En serio aún no te presionan? Me mudaría a Europa sólo para que dejaran de decirme cuando debo pasar por el altar”.

Me pregunto cuántos jóvenes habrán emigrado por ese motivo antes que por la crisis. Suerte que mi compañera de piso estudia psicología social, le pediré que lo investigue para su tesis y luego os cuento.

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Alexandra SenPor
Alexandra Sen

Nací en Kiev y tengo un gato llamado Pushkin. Licenciada en Historia, reparto mi tiempo entre libros, copas de vino y labores editoriales.

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