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Forever Young

He visto mucho dolor, demasiadas lágrimas y la negra sombra de la muerte acechar las aulas.

Hoy os voy a confesar un secreto. Tengo quince años. Sí, sí. Es más, hace quince años que tengo quince años. La edad del pavo es mi estado natural. Me enamoro dos veces a la semana, lloro sin saber el porqué, nunca tengo que ponerme y nadie me comprende. De lunes a viernes, soy adolescente. Cinco días a la semana soy profesora de secundaria.

Mi profesión suele convertirse en centro de conversación. Cuando conozco a alguien y me pregunta a qué me dedico, suelo saber de antemano que cara va a poner. Seguramente la misma que estás poniendo tú ahora. Una mezcla de susto, repulsión y envidia a partes iguales. Por algo a los docentes nos consideran profesión de riesgo. Ríete tú de los bomberos. Una clase llena de adolescentes un viernes a última hora puede considerarse zona de peligro inminente. Lo mismo vuela una silla que surge el amor en el aula. Todo ello rodeado de ese tigre hormonal que vuelve la atmósfera irrespirable. La leche.

Hay trabajos alimenticios, a los que acudes con desgana y que sirven, principalmente, para pagar las facturas, y profesiones llenas de vocación. Ese es mi caso. No os voy a mentir diciendo que siempre quise ser profesora. De hecho, en mi época universitaria, no lo contemplaba como una opción. El azar hizo que un verano diera clases particulares en una academia y ahí surgió la vocación. Desde entonces la educación se convirtió en mi pasión.

¿Qué por qué os cuento todo esto? Pues porque este es un blog sobre relaciones, y nuestra forma de relacionarnos con el sexo que nos atrae surge en la adolescencia. Esa época que, por muy buena que fuera, todos tendemos a olvidar y a no comprender. Llegados a la edad adulta, olvidamos a aquella hormona con patas que pasaba las horas muertas encerrada en su cuarto, escuchando la música a tope y colgada del teléfono. Nos da un puntito de vergüenza ver las fotos del instituto, la cara llena de granos, los estilismos imposibles y los más que dudosos gustos musicales. Los besos furtivos, el primer desengaño, los parasiempres y nuncajamases. Volverte a cruzar, años después, con el chico que te hacía temblar cuando te miraba por los pasillos y comprobar, entre pena y triunfo, que a ti te han sentado los años infinitamente mejor que a él.

Y mientras que en muchos de vosotros afloran recuerdos casi olvidados, mi yo adolescente sigue conmigo a diario. Compartir rutinas con mis alumnos me mantiene joven y despierta. Sé qué canciones se escuchan, cuál es la película de culto, los famosos que enamoran, los must-have de Bershka. Los lunes por la mañana veo en sus rostros las emociones vividas el fin de semana. Envidio sus ganas de comerse el mundo, la ilusión de lo nuevo, lo fácil que pueden llegar a desconectar, olvidándose de sus obligaciones y quehaceres básicos.

Y me alegro infinitamente de haber sido joven en el mundo analógico. Imaginad qué puede hacerla a la autoestima de un adolescente el doble check o los me gusta de Facebook. Vivir pendiente de ser aceptado no solo en las aulas, sino también en el 2.0. Cuando suena el timbre, todos sacan los móviles como locos, rezando por tenerlo lleno de notificaciones como si de medallas al más popular se tratara. He visto mucho dolor y sufrimiento por culpa de un mensaje malicioso o de una foto poco agraciada. ¿Qué va a ser de esta generación, condenada desde demasiado pronto a competir por ser aceptada? Con vocación de madre hermana mayor intento darles consejo. De qué sirve decirles que con el tiempo olvidarán tanta tontería, si ahora es para ellos SU realidad. He visto mucho dolor, demasiadas lágrimas y la negra sombra de la muerte acechar las aulas. No, no me cambiaría por ellos por nada del mundo.

Y como toda cruz, también hay una cara. Millones de carcajadas, bromas, momentos surrealistas, respuestas disparatadas, inocencia, picardía. Podría contaros mil y una anécdotas dignas de la mejor comedia. Muchos de los momentos más divertidos y entrañables de mi vida los he vivido dando clase. Los alumnos pueden ser muy pesados, desesperantes, no os voy a engañar. Sin embargo, a veces, surge algo mágico, una complicidad, un cariño. Reencontrarte tiempo después con alguien al que le diste clase y que te recuerde y te mire con admiración y alegría. Nada puede hacerme más feliz.

Así que, cuando os crucéis con un grupo de jóvenes chillones, no los miréis con desprecio. Son como vosotros eráis, como serán vuestros hijos. Volved por un segundo a aquellos años, que seguro que tuvieron más de bueno que de malo. No dejemos de ser adolescentes. Comámonos la vida a cada paso.

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Sashimi BluesPor
Sashimi Blues

Madre, esposa, profesora de secundaria y otras etiquetas al uso. En Intersexciones doy mi visión sobre esa vida estable que algunos anhelan y otros demonizan.

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5 COMENTARIOS

  1. Avatar de MacatMacat

    No me considero una nostálgica, pero me gustaría sentir durante un día las emociones, las risas, la complicidad con los amigos, las despreocupaciones,… de la misma manera que lo hace un adolescente. No hecho de menos esos años, pero sí que hecho de menos la intensidad con la que los vivíamos.

    Muy buen artículo. Te admiro y te compadezco un poco. Desde mi experiencia puedo decir que éramos un poco inaguantables a veces.

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