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Relaciones

Follar de lejos no es follar

Una relación a distancia también es esto. Es estar tan cerca como lejos.

Las relaciones a distancia son una movida. En mi histórico hay dos. En la primera yo vivía en Valencia y él en Madrid. En la segunda los dos vivíamos en Madrid, en el mismo barrio y en la misma casa. Hasta dormíamos juntos.

¿Qué es una relación a distancia? ¿A partir de cuántos kilómetros se considera a distancia? ¿Si ella vive en Madrid y él en Toledo es “a distancia”? ¿Y cuándo es peor: cuando hay más kilómetros de por medio o cuando hay menos cosas a salvo entre ambos? ¿Las relaciones a distancia también deberían medirse en días que no ves a tu pareja? ¿Es quedar solamente los fines de semana? ¿Es compartir vacaciones? ¿Acaso es morirse del asco?

Las relaciones a distancia quizás no existen. Quizás la relación entendida como “vidas paralelas” se rompe y empieza a vivirse una relación atípica, una relación “al estilo del chef”, es decir, como las ensaladas, con todo lo que va sobrando y está a punto de ponerse malo. Los abrazos se sustituyen por el recuerdo de los abrazos, sus manos frías entrando por el pijama por tus manos templadas, los besos por un muac por Whatsapp, las cosquillas por escalofríos y las notas en la nevera por alguna postal que llegará a destiempo. Esperar se convierte en desesperar. No sé, quizás deberían llamarse “escisión a distancia”, spin-off o simplemente, putada.

Solemos entender por relación a distancia aquel amor que se estira como un chicle entre dos ciudades. Pero, ¿y qué pasa cuando las relaciones a distancia son en la misma ciudad o en el mismo sofá? ¿Qué pasa cuando no ves a tu pareja en toda la semana porque no tienes ganas? Pasa que la pompa de chicle te explota en la cara. Eso es lo que pasa. Porque también es distancia, lo que no es seguro es que sea relación.

Y aquí está el verdadero drama. Tener una relación a distancia en la misma ciudad o en el mismo sofá. Cuando en la cama hay cinco horas de diferencia entre los dos. Cuando eliges el camino más largo para llegar a casa. Cuando sólo hay nueve paradas de metro entre vosotros y te parece dar la vuelta al mundo. Cuando no te apetece. Cuando en las fotos solo sales tú.

Cuando llegas a casa y prefieres abrazarte al sofá. Cuando os evitáis en la cocina y haces cena para uno. Cuando no compartís mesa ni mantel. Cuando ya no te asomas a la cocina para espiarle ni él lleva puesto tu delantal favorito. Cuando ya no te pilla asomada en la puerta ni te susurra si tienes hambre. Cuando a la señora del tercero ya no se le caen las pinzas al verte escondida bajo ese cutre delantal.

Cuando alargas la ducha y acortas los polvos. Cuando follas mirando al techo obviando sus ojos porque piensas en el fin y no en el medio. Cuando folláis con medio pijama puesto y nadie gime ni suspira ni grita ni pide más. Cuando los besos sólo son bocas que chocan a un ritmo incierto y casi molesto. Cuando le tiras del pelo con odio y él aprieta los dientes buscando terminar rápido. Cuando no consigues mojarte y a nadie le importa. Cuando al llegar ni os despedís.

Una relación a distancia también es esto. Es estar tan cerca como lejos. Son kilómetros convertidos en calles, paradas de autobús, pasos, habitaciones, pasillos o en huecos en el sofá. Es poner fronteras en una misma casa. Son esos polvos de emergencia a los que llegas por error. Es quererse de lejos, es pensar en él y en otros. Es verle a él en los ojos de otros. Es ver a otros para no pensar en él. Es un maldito drama.

Un drama porque os encontráis y os esquiváis. Porque tu relación es así y te conformas. Porque piensas que tampoco estáis tan mal, que podría ser peor. Porque estando al lado os echáis de menos. Porque la distancia la ponéis vosotros. Porque vuestro chicle ya no tiene sabor y porque será relación pero no es, ni de lejos, amor.

Y porque follar de lejos no es follar, es como estar follando solo.

 

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PaulaPor
Paula

Publicista. Parezco normal, pero no.

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